Juana de Arco: Doncella, heroína y relapsa (2)

Pero detengámonos un segundo a valorar lo ocurrido, porque estamos realmente asombrados. Vamos a ver, ¿qué ha pasado aquí? ¿De verdad una niña de diecisiete años ha podido convencer al rey y a todo un ejército para que se pongan bajo sus órdenes y se lancen a una lucha que todos presumían imposible? ¿En serio? Y sí, eso fue lo que ocurrió, por increíble que parezca o, por decirlo más exactamente, por milagroso que parezca. No sólo resulta extraordinario que los franceses vencieran en Orleans, bajo las órdenes de una muchacha sin conocimientos militares, a un ejército enemigo adiestrado en la lucha y que había demostrado ser claramente superior en los últimos años. Más sorprendente aún resulta creer que los propios soldados franceses aceptaran ir a la batalla bajo el mando de una mujer de diecisiete años que, de modo espontáneo, así como quien no quiere la cosa, le sugiere al rey que le dé la oportunidad de salvar Francia porque ella ha oído unas voces que le aseguraban que la victoria iba a ser suya. Uno se imagina a aquellos valerosos caballeros, armados hasta los dientes, sucios de varios días, vencidos por la desgana, temerosos ante una muerte casi segura, sitiados por un ejercito deseoso de acabar de una vez por todas con el asunto, ante una niñata que no puede ni con el peso de una espada de las de entonces, ¡y no sale de su asombro! Y sin embargo así fue, es verídico, ocurrió, vencieron los franceses en Orleans, y Juana de Arco se convirtió en «La Doncella de Orleans», heroína de Francia, a la cabeza del ejército que cambió el rumbo de la Guerra de los Cien Años.
La historia es tan sorprendente que se ha tenido que recurrir a la leyenda, o eso se presume, para hacerla explicable, o para hacerla entendible. ¿Cómo es posible que el futuro Carlos VII aceptara entrevistarse con Juana de Arco y oír lo que ésta le tenía que decir? Cuenta la leyenda que el delfín Carlos la puso a prueba. El día de la entrevista colocó en su lugar a un general que se hizo pasar por él, y Carlos ocupó el sitio del otro a la espera de la actuación de la muchacha, quien, guiada por las divinas voces que la acompañaban, se dirigió directamente hacia Carlos y no hacia aquel otro que ocupaba su real puesto. Y así se supone que supieron todos que la divina novedad que portaba la muchacha no era fruto de su invención.
Sea como fuere ahí está la historia de sus campañas militares, y con eso basta. Pero como los caminos del señor son inescrutables, la victoria de Juana de Arco no fue completa. En el sitio de Compiegne cayó presa de los borgoñones, aliados de los ingleses, quienes la condujeron ante el tribunal eclesiástico de Rúan para que fuese juzgada.
Comienza así el proceso inquisitorial contra Juana de Arco, un proceso que algunos historiadores pretenden considerar como únicamente político, cuando la realidad es que fue un proceso mixto que se adelantó en casi un siglo a la típica actuación político-religiosa de la Inquisición española. Sin duda, en el juicio a Juana de Arco hubo intereses políticos, pero fue, sobre todo, un proceso en materia de fe, llevado a cabo con el consentimiento de la Inquisición medieval y según los métodos inquisitoriales instaurados por los hermanos dominicos.
Quien abre el proceso contra Juana es Pierre Cauchon, obispo de Beauvais y consejero del rey de Inglaterra, quien es perfectamente consciente, desde un principio, de que juzgar a Juana de Arco, condenarla por herejía y relajarla en la hoguera, no sólo supone dar un golpe de gracia al ejército enemigo, sino acabar con la esperanza de todo un pueblo. Para entonces, Juana de Arco no era sólo un jefe de tropa, sino un líder espiritual, casi una enviada divina que se había ganado la confianza de toda Francia. Y por eso la va a juzgar la Inquisición y no un tribunal civil. Debía quedar claro que Juana era una hereje, una devota del mal. Su muerte en la hoguera bajo la acusación de herejía probaría que era culpable. Al morir ella moría el mal y triunfaba Dios.

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