Jan Hus (1372-1415)

Jan Hus podría ser considerado como el más curioso de todos los herejes habidos y por haber. Toda su vida fue un hereje que huía de la herejía. Lo que es seguro es que nunca fue un hereje vocacional.Y sin embargo, alrededor de su figura se convocan todos los tópicos del heterodoxo impenitente; se hizo en vida con el kit completo del perfecto hereje, con muerte en la hoguera incluida, vivito y coleando. Y aún así sería inexacto, y hasta injusto, considerarlo un heresiarca. Si lo fue, lo fue a su pesar. Hoy es considerado el mayor teólogo y reformador checo, y el primer gran reformador de la Iglesia, anterior a Lutero, además del impulsador indiscutible de un movimiento de disidencia social y religiosa de amplitud y consecuencias desconocidas hasta entonces en el mundo cristiano bajo la mirada de Roma. Nació en una pequeña aldea de Bohemia, y nunca tuvo excesivas ambiciones personales, salvo la de predicar la palabra de Dios. Nunca pretendió ser un revolucionario, pero sí estuvo comprometido del lado de los que veían con pesar la corrupción moral de la Iglesia y quisieron reformarla desde dentro, manteniéndose siempre en los límites de la doctrina ortodoxa del catolicismo. Jan Hus se dedicó en un principio a fustigar los vicios del clero, vituperando los excesos de la Iglesia y mostrando el contraste con la Iglesia primitiva, pero sin entrar en cuestiones teológicas, sino tan sólo morales.
Dos hechos influirán de manera sobresaliente en su vida; el primero y fundamental fue el conocimiento de la obra de John Wicliff, el segundo y definitivo fue el naciente nacionalismo bohemio. El primer hecho lo llevará a ser considerado el discípulo más aventajado de un hereje, aunque Hus siempre pergeñó una teología moderada dentro de la ortodoxia, separándose de las proposiciones más heterodoxas del reformista inglés, al que sin duda admiró y defendió cuando en 1409 el Papa Alejandro V señaló que la obra de Wicliff era herética. Y aún hizo más; cuando el arzobispo de Praga, Zbynek, prohibió que los maestros checos enseñaran las doctrinas de Wicliff, Jan Hus, que era por aquel entonces rector de la Universidad de Praga, se negó a obedecer. Y cuando el mismo arzobispo ordenó la quema de los libros del inglés, Jan Hus predicó contra la quema de esos mismos libros, lo que le valdría la excomunión y el destierro. A partir de entonces se radicaliza la postura de Hus, imparable en su propósito de denunciar los vicios de la Iglesia. El punto más álgido ocurrió cuando el Papa Juan XXIII se puso las sandalias del pescador. Los ataques de Hus a la corrupción promovida por este papa fueron durísimos. Una de las pocas proposiciones realmente heréticas del reformador checo, alejada de la ortodoxia católica, es precisamente la cuestión del origen del poder papal. En una de sus obras más importantes, De ecclesia, Hus afirmaba que el papado no era una institución de origen divino, y por tanto podía ser eliminada en caso de incurrir en error y herejía, tal y como estaba ocurriendo con el Papa Juan XXIII.
(Aquí creémos necesario aclarar una cuestión importante. Este Papa al que nos estamos refiriendo, Juan XXIII, llamado Baldassare Cossa, y hoy considerado como Antipapa, no debe ser confundido con Ángelo Giuseppe Roncalli, Papa entre 1958 y 1963, también con el nombre de Juan XXIII, impulsador del más importante y hasta revolucionario concilio ecuménico de los tiempos modernos, el Vaticano II, y considerado por muchos, incluso por heterodoxos teólogos de la Iglesia como Peter de Rosa, como la «quintaesencia del ser humano». De hecho, Peter de Rosa, en su obra Vicarios de Cristo, interpreta la inteligente elección, por parte del cardenal Roncalli, de este controvertido nombre, como una encubierta denuncia, del que iba a ser inminente Papa, hacia tantos papas herejes y criminales como ha tenido la Iglesia Católica a lo largo de su historia).
El segundo hecho relevante en la vida de Hus, el nacionalismo bohemio, lo convertirá en un domador de multitudes, pero también en un hereje, por las implicaciones religiosas que todo movimiento social puede tener. Por ejemplo, Jan Hus no tuvo el menor temor a la hora de afrontar la osadía de traducir la Biblia al checo, o de predicar en esta misma lengua, en contra de lo que hacían sus colegas, partidarios de hacerlo en alemán. Pero claro, el nacionalismo de Hus lo ganó para el pueblo, y cuando en noviembre de 1414, el Concilio de Constanza lo convoque para dar cuenta de sus posturas heterodoxas, alrededor de su figura se crea un auténtico movimiento de disidencia social, religioso y nacionalista que va a seguir con gran interés lo que sucede con el hombre al que ya consideran un líder. Jan Hus cometió el desliz, como tantos otros pensadores, de acudir al concilio para defender allí sus tesis, confiando en ganarse a los padres conciliares para su causa, contraria a los proyectos del Papa Juan XXIII. Craso error. Desde su llegada fue tratado como un hereje. Se le apresó en la fortaleza de Gottlieben, se le sometió a interrogatorio y a tortura, y finalmente se le condenó como hereje. El concilio anatematizó sus obras, en las que encontró medio centenar de proposiciones heréticas, la mayoría mal interpretadas o sacadas de contexto. Finalmente, el seis de julio de 1415 fue relajado en la hoguera, y su muerte provocó lo que se conoce como Movimiento Husita, una de las grandes herejías nacionales que tuvo en vilo a la cristiandad durante más de dos décadas, y que sin duda dio pábulo a otros descontentos para iniciar la verdadera Reforma, ya con mayúsculas, dentro del mundo cristiano.

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