Herejías menores: Solicitación

Que a nadie le extrañe la atenuación del castigo a la hora de aplastar la herejía cuando los herejes son los llamados hombres de Dios. El Manual del Inquisidor ya contemplaba esta posibilidad, y la resolvía con total cinismo:
«No hay que ser muy celoso en perseguir a religiosos y sacerdotes, pues el proceso de un sacerdote siempre puede interpretarse como proceso a todo el clero».
Había que andarse con ojo, por supuesto, no fuera a creer la chusma ignorante que en el seno de la Iglesia se cometían idénticos atropellos a la moral propugnada y estaban los herejes al orden del día disfrutando de barra libre al arrimo de la toga. Lo que nos conduce al caso de los solicitantes, complejo capítulo eclesiástico sobre el que habría que reflexionar con un poco de mesura.
Seamos justos y atrevámonos a mirar la realidad de frente, sin prejuicio religioso ni rencor anticlerical, y aceptemos que la Iglesia fue siempre comprensiva con los pecados de la carne. Es cierto que los padres de la Iglesia y otros sañudos capellanes nos enseñaron que el placer sexual es pecado, un verdadero delito, de los más sucios que cometerse puedan, pero luego, en el día a día, la cosa era distinta y aflojaban su rigor evangélico y hacían la vista gorda. En la teoría se mostraban inflexibles, pero en la praxis fueron tolerantes. De hecho, basta con echar una hojeada a la literatura castellana medieval para comprobar cómo los clérigos mantuvieron siempre barraganas (concubinas) de modo más o menos oficial y sin el menor problema, siempre y cuando lo llevaran con discreción y sin escándalo. Como se sabe, en España se practicó mucho ese célebre consejo latino que afirma: si non caste, caute es decir: si no vives castamente, sé cauto.
Así fue al menos hasta mediados del siglo XVI. En esta época, la reforma protestante le echó una severísima mirada a las pequeñas licencias que se concedían nuestros clérigos en materia sexual, iniciando una verdadera campaña de propaganda contra lo que, según los luteranos y otras especies de protestantes, era una verdadera aberración de las costumbres. Para los luteranos, esos sacerdotes católicos amancebados eran, simple y llanamente, unos corruptos y unos hipócritas. En realidad, gentes sin fe ni moral que vivían al amparo de la Iglesia como verdaderos picaros. El luterano, cejijunto, riguroso y puritano, era incapaz de comprender que la barragana, la concubina del cura de pueblo, constituía una verdadera tradición, una costumbre que venía de lejos y hasta una necesidad imperiosa para un hombre que, aunque entregado a Dios, tenía sus urgencias en la Tierra. Los luteranos lo tenían muy fácil, porque ellos, claro, propugnaban el sacerdocio universal, contrario a la Iglesia Católica. Según los protestantes, cualquier persona podía predicar el mensaje de Cristo, cualquier persona podía ser sacerdote de sí misma y, por tanto, los pastores reformistas, atrevida variante de nuestro cura de toda la vida, podían casarse y tener hijos. Así, sin más. Por la cara. Y claro, jugando con ventaja se ponían muy dignos y afirmaban muy resueltos que los clérigos católicos eran unos corruptos por buscar una salida limpia y discreta a sus necesidades perentorias. En fin, que los pastores del protestantismo europeo, casados y con la carne satisfecha, reconvenían al clero católico por predicar primero la castidad y entregarse luego a la lujuria.
¿Qué es lo que ocurrió entonces? ¿Cómo se combatieron los argumentos de la Reforma que venía de la Europa septentrional? Muy sencillo. Bajo el pontificado del papa Pablo III, se convocó en la ciudad de Trento un concilio cuyo primer objetivo, nunca alcanzado, fue lograr la unión de todos los cristianos, recientemente divididos por las ideas protestantes. Y en este Concilio de Trento, que se reunió por primera vez en 1545, fue donde se valoraron y discutieron, entre otras muchas cuestiones, las críticas que la reforma protestante vertía sobre el clero católico, impulsándose desde entonces una estricta y represiva moral sexual que dio al traste con la figura de la barragana y del arcipreste cachondo, para crear un nuevo espécimen, aún desconocido, que recibiría el nombre de solicitante, un clérigo hereje que sufrirá desde entonces la persecución del Santo Oficio.

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