Herejías menores: Solicitación (2)

Actitud ésta que no debería sorprendernos lo más mínimo, si tenemos en cuenta que en aquella época el convento era un lugar de reclusión habitual donde eran encerradas muchas jovencitas de modo obligado; muchachas que, en tantos casos, carecerían por completo de vocación religiosa y que sólo iban a tener ocasión de conocer al guapo predicador que ante ellas exhibía su virilidad altanera, tan sugerente. La efervescencia hormonal de las novicias debía de ser considerable, llegando en ellas la obsesión erótica hasta el paroxismo, disponiéndolas para el galanteo y la seducción, tentando con afiladas armas a ese reprimido fraile o a ese virtuoso sacerdote con poder para absolverlas del ímpetu juvenil, y hasta del impulso que las arrebataba a diario y las conducía hacia el pecado. Demasiada tentación para cualquiera. Se entiende, claro está; no es fácil disponer de un serrallo y renunciar a solazarse en él de vez en cuando.
Para colmo de tentaciones, en aquella época la confesión se oía en cualquier sitio, con el confesor sentado o de pie, y la penitente allí mismo, arrodillada ante él, sin pared que mediara entre ellos, con lo delicados que son siempre estos asuntos. Era durísimo, por supuesto, y los elementos parecían conspirar contra el confesor, que trataría por todos los medios de alejarse de ellos. Pero cómo: esa carne femenina a la vista, ese olor que siempre embriaga, esa soledad de los dos allí juntos, esa tiniebla del templo que invita a la intimidad, esa confidencia de ella, esas amables palabras de él, la comprensión mutua, las miradas que se cruzan y hablan, que piden, que suplican, que exigen. Ah! Debía de ser insoportable.
Y por eso se inventó el confesionario, ese aposento destinado a lavar las conciencias, pero también a evitar el pecado. Finalmente, las autoridades eclesiásticas comprendieron que un confesor es un hombre sometido a una prueba muy difícil de superar. Había que ayudarlo. La solución llegó en 1614. Desde entonces, tal y como establece la regla, entre el confesor y la confesada debía de haber una pared, «cuya parte destinada a oírse mutuamente se halle cerrada con hoja de lata cuyos agujeros de comunicación sean tan pequeños que no permitan la entrada de un dedo».
Lo que se dice ni un dedo. Que no hubiera lugar para las insinuaciones. Que el confesor estuviese protegido contra la tentación que supone siempre una mujer a la vista. Por este motivo, aún en el siglo XVIII, en 1781 para ser exacto, un edicto de la Inquisición recomienda que:
«las mujeres sean sólo oídas a través de las rejas de confesonarios cerrados o sitiales abiertos pero situados en la nave central o en capillas abiertas y bien iluminadas».
Aún así, y a pesar de tales prescripciones, desde mediados del siglo XVI abundaron los casos de solicitaciones. Y los solicitadores o solicitantes fueron juzgados como herejes. El primero de ellos se dio en 1533, y su caso fue instruido por el Tribunal de Toledo. El penitenciado era Pedro Pareja, vicario de Ciempozuelos (provincia de Madrid), quien había dejado embarazada a una de sus feligresas. Se le impuso una multa, se le desterró de la parroquia y fue privado del derecho de confesar mujeres.
Aunque la Inquisición persiguió estos delitos, evitó siempre la publicidad de los mismos. Eran asuntos internos, ropa sucia que se lavaba en casa: una reprimenda, una multa para que no se volviera a repetir, una reconciliación privada, un destierro y mucho ayuno en el monasterio.

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