Herejías menores: Sodomía (1)

Más curioso aún es el caso del licenciado Juan Bautista Ortegón, quien fuera llamado «hijo del diablo por los cuatro costados», debido a las muchas posibilidades sexuales que ofrecía este hombre en la cópula amorosa. Su causa se tramitó en Panamá en 1631, aunque el tribunal que lo juzgó fue el de Cartagena de Indias. Enseguida escandalizó a los inquisidores encargados del proceso. Debió de ser éste un tipo con mucho desparpajo, pues parece que no se cortó un pelo a la hora de confesarle sus prácticas al severo tribunal de la Inquisición. Según parece, alborotó con sus declaraciones durante los interrogatorios. Entre otras cosas, afirmó lo siguiente: que no sabría precisar si el sexo «era más rico por delante o por detrás», ya que a él le gustaba mucho por ambos lados; que, según su opinión, no existía órgano más erógeno que el ano; que «él sabía complacer a los hombres más aventajados porque sabía lo que a ellos les gustaba»; y que, en el colmo de la salacidad: «con el culo le tapaba la boca a cualquier cabrón». Su proceso duró cinco años, transcurridos los cuales quedó en libertad ante el asombro de mucha gente. Pocos podían comprender que (según dejaron escrito sus inquisidores) después de confesar todos los «pormenores del discurso de su vida, que resulta a veces llena de torpezas tan asquerosas que la pluma se resiste a entrar en ese terreno», pudiera salir tan campante este sodomita tan declarado. Y es que, según parece, poco antes de su puesta en libertad, lo visitó en su celda, una noche, requiriendo sus servicios, el inquisidor Veles y Argos, quien más tarde se mostraría indulgente a la hora de dictar sentencia.
Pero sin duda el mayor escándalo por sodomía que se dio en América fue aquél en el que estuvieron implicadas las más altas autoridades civiles, militares y eclesiásticas de la ciudad de Quito. Su protagonista absoluto fue un negro esclavo llamado Andrés Cupi, hombre pollancón e incontinente que traía loquito a su amo, el párroco de Malambo, quien no debía de ver con buenos ojos las infidelidades de su fámulo. Celoso, ofendido y desconsolado por la reiterada actuación del negro Andrés, el mosén de la parroquia lo acusó ante el tribunal de la ciudad de Lima «por haber corrompido con el pecado nefando a otros esclavos de la parroquia». Enseguida dio con sus huesos en la cárcel y se le abrió proceso. Pero no acabó aquí la sucesión de escándalos que estaba dispuesto a protagonizar el promiscuo personaje. La intimidad de la prisión le ofrecía múltiples posibilidades para dar rienda suelta a su lubricidad, de modo que se dejó llevar y comenzaron las declaraciones, algunas realmente simpáticas, como la de un recluso que confiesa haber amanecido con «el trasero baborreado y amortiguado». O esta otra, aún más explícita:
«estando este testigo en el calabozo durmiendo con los demás negros, se acercó a él un negro que le dicen Andrés Cupi, le metió una pierna entre las piernas y le empezó alzar la camisa y quererle volver boca abajo. Y juntamente con esto le llegó con la mano a la boca, no sabe si fue para besarle o para taparle la boca. Al querer volverle a poner boca a bajo, le mordisqueó las tetillas y le metió el dedo en el culo, y entonces este testigo, desbocado de excitación, agarró a Andrés por las muñecas y con su gigantesco miembro a punto de explotar lo penetró por atrás».
Esto no sólo demostraba que era culpable de sodomía, sino que era reincidente y hasta pertinaz, hereje relapso con agravante de rebeldía, terquedad e insistencia en su conducta sicalíptica, por lo que fue condenado a sufrir la máxima pena en garrote vil. Ahora bien, el correctivo no llegó a producirse y el reo quedó libre. No contaban los inquisidores con la defensa que tenía preparada Andrés Cupi; el chantaje lo libró de una muerte segura. El mantenimiento de la moral pública fue su gran baza; la ignorancia en la que debía mantenerse la población le salvó la vida. Su proceso se suspendió al descubrirse que nuestro hombre había mantenido repetidos asaltos sexuales con las siguientes personas, o por decirlo de otro modo: que le había baborreado y amortiguado el trasero:
«al obispo de Huamanga, al presidente de la Real Audiencia de Quito, Dr. Manuel Barros de San Millán, a un oidor de Charcas, al prior del convento de los dominicos de Cuzco, al Capitán de Lanzas y Arcabuces del Virrey, al corregidor de la Villa de Potosí, a tres frailes cuyos nombres no recuerda, a varias encomenderos y gentiles hombres al servicio de Su Majestad, a cientos de hermosos, rollizos y rubios jovencitos miembros de las familias más nobles y al mismísimo párroco de Malambo».
Ahí era nada. En un caso como éste, más valía conocello y no enmendallo.

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