Herejías menores: Iluminismo, alumbramientos, dexamientos y quietismos

En pleno siglo XVIII, cuando Giacomo Casanova fue encerrado en la terrible prisión de Los Plomos de Venecia, tuvo ocasión de leer un libro fundamental, que caló hondo en su alma, le hizo reflexionar sobre lo humano y lo divino, y varias décadas más tarde le inspiraría una reseña que incluyó en sus célebres Memorias. Para las gentes de buen vivir, de ortodoxia fuera de toda duda, Casanova no fue más que un ligón y un sinvergüenza, pero para el heterodoxo que trata de encontrar razones para la lucidez en toda forma de disidencia, la especulación a vuela pluma de este vividor constituye un motivo de gozo, un aliciente, e incluso, por qué no, una verdad que quedó oculta entre las páginas de la historia.
Nos apetece incluir aquí esa reseña del veneciano por lo que tiene de propuesta de comprensión para los casos que ahora nos ocupan. El libro en cuestión es La ciudad mística-, su autora, sor María de Jesús, llamada de Agreda; y la valoración del Caballero de Seingalt es ésta:
«Leí todo cuanto puede dar a luz la extravagancia de la imaginación exaltada de una virgen española, de una beatería aberrante, melancólica, enclaustrada, y con unos directores espirituales ignorantes, hipócritas y mojigatos. Todas aquellas visiones quiméricas, fantásticas y monstruosas iban decoradas con el nombre de revelaciones. Enamorada y amiga muy íntima de la Santísima Virgen, había recibido orden de Dios mismo para que escribiera la vida de su Divina Madre: las instrucciones necesarias, que nadie podía haber leído en parte alguna, le habían sido proporcionadas por el Espíritu Santo.
Comenzaba la vida de María, no por el día de su nacimiento, sino en el de su Inmaculada Concepción en el seno de su madre Ana. Aquella sor María de Agreda era la superiora de un convento de la Orden de San Francisco, que ella misma había fundado en su casa. Tras narrar con todo detalle todo lo que hizo su divina heroína durante los nueve meses que pasó en el seno materno, nos revela cómo a los tres años barría la casa, con la ayuda de novecientos criados, todos ellos ángeles que Dios le había destinado y cuyo comandante era el propio príncipe Miguel, que iba y venía de ella a Dios y de Dios a ella para facilitar su recíproca correspondencia.
Lo que más sorprende de este libro es la seguridad en que todo lector juicioso ha de encontrarse de que no hay nada que la autora, fanática, pueda creer que ha inventado: la invención no puede llegar a estos extremos; todo está relatado de buena fe y con plena convicción. Estas visiones son las de un cerebro sublimado, que, sin sombra de orgullo, embriagado de Dios, cree que solo revela lo que el Espíritu Santo le inspira.
Aquel libro se había impreso con el permiso de la muy santa y muy horrible Inquisición. ¡Yo no podía más de asombro! Aquel libro, lejos de despertar o aumentar en mi espíritu cierto fervor, o un simple escrúpulo religioso, me incitaba a pensar que todo lo que consideramos místico, o incluso dogmático, es mera fábula.
El tono de este libro y de todos sus semejantes ha de traer consecuencias, porque, por ejemplo, un lector de mente más sensible que la mía y más influida por lo maravilloso, se arriesga, al leer esto, a volverse visionario y víctima de la manía de escribir, como aquella desdichada virgen.
La necesidad de ocuparme en algo hizo que pasara una semana entregado a la lectura de esta obra maestra del desatino, fruto de un cerebro sublimado. Me guardé muy mucho de decir al carcelero nada respecto a esta obra: empezaba a estar obsesionado. En cuanto me vencía el sueño, me daba cuenta de la peste que la hermana de Agreda contagiaba a mi espíritu debilitado por la melancolía, por la mala comida, la falta de aire y de movimiento y por la horrible incertidumbre sobre la suerte que se me reservaba. Mis extravagantes sueños me daban risa cuando, ya despierto, hacía por recordarlos. Si hubiera tenido los materiales adecuados, los habría escrito, y tal vez habría producido en mi calabozo una obra todavía más llena de sinrazones que la que el caballero Cavalli tan ingeniosamente había escogido para mí.
Esto me permitió ver hasta qué punto se equivocan los que atribuyen al espíritu del hombre cierta fuerza positiva: es tan solo relativa, y un hombre que se estudie bien no podrá encontrar en sí mismo sino debilidad. Me di cuenta de que, aunque el hombre raras veces se vuelve loco, ello, sin embargo, es posible; porque nuestra razón es como la pólvora, que, a pesar de que es fácilmente inflamable, no arde nunca sino por contacto con una chispa. El libro de esta española posee todas las cualidades para sorber el seso a un hombre; pero para que tal veneno haga efecto, hay que aislar a su víctima, encerrarla en Los Plomos y privarla de toda ocupación».

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