Herejías menores: Hechicería

Ya hemos hablado de la caza de brujas que tuvo a media Europa en vilo a partir de mediados del siglo XV, del sadismo patrocinado por el Malleus Maleficarum y de las actuaciones criminales de muchos inquisidores, verdaderos psicópatas que al arrimo de la fe daban rienda suelta a sus impulsos sanguinarios. Pero todo ese horror lo hemos situado más allá de los Pirineos. Poco hemos dicho del caso español, de cómo fue reprimida la hechicería en España. Y es que la solución inquisitorial española frente a la brujería fue muy distinta de la europea. Aquí se incoaron menos procesos por brujería, y los que hubo se circunscribieron, fundamentalmente, al norte de España, sobre todo a Navarra, La Rioja y el País Vasco, de cuya lengua (el euskera) procede la voz «aquelarre».
¿Qué pasó entonces? ¿Es que no hubo en España brujas? ¿No se celebraron aquí misas negras? ¿No se le rindió culto al demonio? ¿No pulularon por nuestras ciudades los íncubos y los súcubos, extenuando sexualmente a los desprevenidos? ¿No copularon con el diablo las hechiceras españolas en monstruosa promiscuidad?
Respuesta: sí. También en España se habló de todo eso, e incluso las leyes de Castilla venían declarando herejes a los brujos desde 1370. Pero si aquí no se inició una espeluznante caza de brujas como en Europa, ello se debió al escepticismo con el que los inquisidores españoles acogieron el tema. La Inquisición española no creyó nunca en las brujas. De hecho, la Suprema llegó a desaconsejar a sus inquisidores la lectura del libro de Sprenger y Kramer, el Malleus Maleficarum.Ya hemos visto los métodos que utilizaba el Santo Oficio. Los inquisidores españoles sabían perfectamente que el tribunal era una empresa de control social, e incluso de recaudación de bienes patrimoniales. Y las brujas no eran un buen negocio. En vez de comenzar campañas de represión que dieran pábulo a los sueños supersticiosos del pueblo, impusieron una estrategia más efectiva: el silencio, la discreción, la cautela a la hora de procesar a las brujas. Evitaron así el ruido y la publicidad. Ignorando a la brujería, ésta acabó desapareciendo con el paso del tiempo.
Aún así, hubo algunos casos famosos. Es célebre el auto de Logroño de enero de 1609, el caso del doctor Torralba y el asunto de las brujas de Navarra, así como el de las monjas de Madrid de 1628 y algunos otros, ya menores. Pero en general, la represión aquí se mantuvo dentro de límites razonables.
En España, la hechicería estuvo siempre relacionada con el curanderismo, la prostitución y la alcahuetería. Los clásicos de la literatura castellana dan buena cuenta de ello, sobre todo La Celestina y sus continuaciones, pero también El Crotalón y hasta El Coloquio de los perros de Cervantes, que además de ser una obra maestra del diálogo lucianesco es también un auténtico tesoro para la historia de la nigromancia.
Pero sin duda la imagen de la bruja española es la que nos da Fernando de Rojas en La Celestina, es decir, la de una alcahueta capaz de aliviar los males de amor por medio de sus artes mágicas, conocedora del ser humano, intrigante y ladina, fabricadora de pócimas curativas y charlatana con capacidad para quebrar virtudes.
Daremos cuenta únicamente del caso de las brujas de Navarra, donde en 1527 dos niñas de once y nueve años se declararon brujas, tiraron de la manta y descubrieron a otras supuestas hechiceras alegando que las reconocían por una señal inequívoca que tenían en el ojo. Don Marcelino Menéndez y Pelayo dio buena cuenta del caso en su Historia de los Heterodoxos españoles, y a él acudo para recuperarlo una vez más; de modo que oigamos al famoso polígrafo:

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