Herejías menores: Fornicación simple

«¿Qué fin puede aguardar a un reino que premia malsines, alimenta cuadrillas de ladrones, destierra vasallos, deshonra linajes, ensalza libelos, multiplica ministros, destruye el comercio, ataja la población, ama arbitrios, roba los pueblos, confisca bienes, hace juicios secretos, no oye a las partes, calla a los testigos, vende noblezas, condena nobles, alienta gabelas, y arruina el derecho de gentes?» Antonio Enríquez Gómez

Que nadie se llame a engaño; con fornicación simple nos referimos, naturalmente, a la coyunda de toda la vida, al apareamiento natural del macho y la hembra, a la feliz cópula a cualquier hora, e incluso, si me apuran, al recurrido revolcón al calor del heno cuando aprieta la urgencia de cama y no se la encuentra.
¿Acaso es esto posible?, se estará preguntando el lector apasionado de esta crónica. ¿Es posible que un hombre y una mujer adultos, en plena posesión de sus facultades mentales, irreprochablemente cristianos y ortodoxos, comulgantes y de misa diaria, respetuosos con nuestras costumbres, obedientes y sumisos católicos que nunca se metieron a discutirle al cura de su parroquia en lo que a la materia teológica se refiere, pudieran ser considerados unos herejes? Pues sí.
Imaginemos, como ejemplo ilustrativo del caso, a un guapo mozo de veintidós años en tierras toledanas, en pleno verano, asado de calor, de regreso al pueblo después de una dura jornada en el campo. Viene molido por el esfuerzo y se encamina a casa de su novia, que es una bella muchacha de diecinueve años, rolliza de carnes, rosadita de cara, alegre y sanota, escrupulosamente casta, decentísima, aún virgen como está mandado y obliga la fe, a la espera de posibles que hagan realidad el bodorrio con matanza de cochino y festejo familiar. Y así las cosas, nuestro apuesto joven, a quien llamaremos Pepe, llega a casa de su amada, a quien llamaremos María, y se encuentra con que la joven está sola, pues su madre y su hermana han salido a hacer un mandado y regresarán tarde. ¿Qué piensa el fogoso varón en tales circunstancias? ¿Qué se le pasa por la cabeza ante tamaña fortuna? «Esta es la mía», se dice el chico como es lógico, y sin más dilación requiere a su novia en amores y aun le muestra la penosa circunstancia en que se halla, pues su sola presencia lo desvaría, lo aturde y lo endurece, a la vez que trata de convencerla con estas palabras: «mira cómo me tienes, María, ¿no te da na verme cómo me ves?» Pero la chica se resiste, por supuesto, ella conoce las reglas, los principios, los mandamientos, lo que dictan la moral y el recato, lo que ordena el sacerdote desde el pulpito, y no está dispuesta a dejarse vencer, no caerá ante la tentación de la carne. Ella no. Y por eso le dice, solemne y pura y un pelín ofendida: «ni hablar, Pepe, ya lo sabes, aún no estoy preparada, aún no ha llegado el momento de inmolar mi virtud». Pero el chico es paciente y zalamero.»Anda, tonta», señala él, embaucador y ladino, «si esto no es malo, mujer, si ya verás que gusto tan rico y lo bien que nos lo vamos a pasar».Y lo dice mientras desliza una mano floja por debajo del refajo de la chica, que siente en la carne la premura de una caricia que la exalta. Y es entonces cuando se dan un beso. Es sólo un beso, una inocencia, un mínimo consentimiento. Pero el chico es listo y la lujuria lo hace diestro, le aviva el ingenio, lo vuelve osado. Entretanto, la chica no parece oponer resistencia, e incluso ayuda y se coloca para facilitar la faena, aunque todavía un escrúpulo la inquiete y así lo expresa: «¡Ay, Pepe, por Dios, que esto no puede ser bueno tan pronto!»; o bien:»¡ay, Pepe, por Dios, que esto es pecado grave, que no estamos casados y es ilícito ¡»Pero el otro es atrevido y razonador y pronto la consuela con una argumentación artera: «que no, tonta», le susurra al oído, «que ya verás cómo no, que no hacemos mal a nadie, que nadie se va a enterar, que no hay por qué contarlo», mientras sigue a lo suyo, con urgencia pero expeditivo y certero. Y en esto que por fin María se convence o eso parece, y «ay, Pepe, por Dios», le dice «ay, Pepe, Jesús, María y José», comenta,»ay, Pepe, que yo no sabía que esto estaba tan rico», exclama exaltada,»ay, Pepe, que si llego a saber esto no te hago esperar tanto», y otras lindezas que la pierden y disipan y esa misma noche la pondrán contra las cuerdas cuando sobrevengan el remordimiento y la virtud aplazada.

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