Herejías menores: Bigamia

Para entender por qué la bigamia estuvo tan extendida entre los siglos XVI y XVII en España, hay que tener en cuenta el ambiente de represión que impuso el Santo Oficio. Hemos visto cómo la delación fue moneda de uso comente a partir del siglo XV, y cómo el simple despecho de los otros podía llevar a una persona ante los tribunales y posteriormente a la cárcel, a galeras e incluso al quemadero. Por desgracia, nadie está a salvo cuando la sospecha de una culpa basta para hacer de cualquiera un culpable.

Tampoco cuando la Inquisición se convierte en un monstruo con mil ojos y mil oídos dispuesto a imponer el terror en todo el territorio nacional, pues de la existencia de la herejía dependía su propia existencia. Por decirlo de un modo simple, era necesaria la disidencia para el mantenimiento del burocrático sistema represor del Santo Oficio. De ahí que nunca dejarán de existir herejes.

Primero fueron los criptojudíos y los criptomusulmanes, y cuando esta gran veta de heterodoxia estuvo agotada o empezó a decaer, surgieron mil y una formas de persecución que mantenían con vida a la bestia.

Resulta lógico, por tanto, que mucha gente reprimida que había estado en el punto de mira de los tribunales de la Inquisición y que había salvado el pellejo por falta de pruebas inculpatorias, decidiera cambiar de aires, de familia y hasta de identidad con tal de seguir viviendo. Pero no era tan fácil.

El monstruo tenía familiares por todas partes, que eran sus ojos y sus oídos, y también sus manos cuando se trataba de apresar al astuto procesado que quiso burlar a la justicia cambiando de nombre. Además, la Inquisición nunca daba por cerrado un caso que no estuviera resuelto. Podía quedar durante años parado, latente, hasta que un día era rescatado del olvido al haber sido detenido el viejo sospechoso, al que ahora se le descubría un nuevo delito, el de bigamia, pues al cambiar de identidad había cambiado también de mujer sin viudez previa. Ya existían las pruebas, ya era un hereje, ya podía recibir su merecido.

Otros casos, claro está, no eran tan rebuscados, y resultaban mucho más cotidianos. En una época que sacraliza el matrimonio y no permite el divorcio, pero sí la espantada, resulta comprensible que se multiplicaran estos casos. La gente huía, simplemente, ponía tierra de por medio y trataba de rehacer su vida después de una primera unión desgraciada. Pero ya sabemos que el mundo es un pañuelo, de modo que un mal día alguien delata a alguien, se descubre el pastel y sale a la luz el enredo. Y ahora resulta que ese padre de familia modélico es en realidad un bígamo.

Ya ves, qué vergüenza, quién lo hubiera dicho. Y ya tenemos un nuevo hereje, cuyo delito no es tan grave como para ser llevado al quemadero, pero que sí resulta muy adecuado para una condena perpetua en galeras, con lo que nos ahorramos un remero a sueldo del estado. Era la pena que solía aplicarse en los casos de bigamia, además del correspondiente meneo de latigazos en la espalda, que en algunos pertinaces individuos con varias mujeres llegó a los doscientos.

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