Giordano Bruno (5)

Ahora bien. Durante esta primera fase, Giordano mantuvo una actitud de humilde contrición. Conocía de sobra los métodos inquisitoriales y el final que le estaba reservado si no se andaba con mucho ojo. Cualquiera diría que buscaba, consciente y astutamente, la reconciliación. Ante los inquisidores de Venecia se muestra sinceramente arrepentido de los posibles errores que hubiera podido cometer. Pero eso sí, niega firmemente las acusaciones más vulgares (todas aquellas que rozan la blasfemia), a la vez que reconoce haber tenido dudas de carácter teológico.
Su defensa, en esta primera fase, es muy hábil. Comienza declarándose arrepentido de cualquier error, niega las más burdas acusaciones, se humilla ante los inquisidores, incluso se arrodilla ante ellos, los llama «Vuestras Señorías ilustrísimas», y promete, después de haber reconocido sus dudas, una completa rectificación:

«Y si de la misericordia de Dios y de Vuestras Señorías ilustrísimas me es concedida la vida, prometo hacer una reforma notable de mi vida, recompensar el escándalo que he dado con otros tantos hechos edificantes».

En esta primera fase de su proceso Bruno confía en poder ser rehabilitado en su antigua orden. Quiere salvar la vida, y nada le cuesta pedir disculpas. Puede que crea que el tribunal que lo está juzgando lo va a condenar a unos cuantos años de clausura en un monasterio dominico. Pero a la vez se ha mostrado como teólogo y filósofo. Ha expresado sus dudas teológicas abiertamente, ha expuesto sus teorías filosóficas ante un tribunal de la inquisición, aclarando que se trata de las dudas de un filósofo. Establece así una clara distinción entre el pensamiento racional y la fe. Sutilmente, está invitando a los inquisidores a sumarse al debate. Les propone unos argumentos, y les está pidiendo veladamente que los rebatan. Es más, en un momento de los interrogatorios, sugiere la posibilidad de ir a Roma para entrevistarse con el nuevo Papa, Clemente VIII, en cuya sensibilidad cultural confiará Bruno hasta el final de su vida. Sencillamente, los inquisidores venecianos se encuentran sobrepasados. No están juzgando a un vulgar hereje. Están ante un pensador profundo que posee vastísimos conocimientos de teología, que conoce la patrística, que nombra con soltura a Santo Tomás y a San Agustín, y que conoce a la perfección las Sagradas Escrituras. El proceso a Bruno sobrepasa al Tribunal de Venecia. Los inquisidores venecianos no se sienten capacitados para señalar dónde se encuentran los errores heréticos dentro de las tesis defendidas por Giordano. Así que deciden remitir la causa al Santo Oficio de Roma.
En Roma se abre para Bruno una esperanza que acabaráfinalmente frustrada. Ingresa en el Palacio de la Inquisición el día 27 de febrero de 1593, y en otoño de ese mismo año un nuevo acusador se añade a la acusación de Mocenigo. Se trata de Celestino de Verona, un monje capuchino que estuvo con él preso en las cárceles venecianas y ahora se encuentra preso en Roma. Esta nueva denuncia complica su proceso. Hasta entonces sólo había un testigo de las supuestas blasfemias heréticas del filósofo. A partir de ahora hay dos, y muy pronto se suman otros cuatro, que delatan a Bruno alegando que también ellos han oído de su boca afirmaciones injuriosas contra la religión.

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