Giordano Bruno (1)

Ahora bien, a este personaje no se le puede considerar un religioso en sentido estricto. A diferencia de otros teólogos que se deslizaron hacia la herejía por su heterodoxia en materia de fe, Giordano se desvincula muy pronto de sus pretensiones teológicas, derivando hacia un pensamiento puramente filosófico. Pero por aquel entonces la filosofía era una senda paralela a la de la religión, con la que en muchos momentos se cruza de modo inevitable. Y así, ya en 1576 va a entrar en disputas con sus compañeros dominicos por ciertas dudas doctrinales que le suscitaron las doctrinas protestantes, motivo por el cual abandona la vida monástica e inicia una verdadera peregrinación por Europa.
Desde este año, y hasta 1592, en que será encarcelado en una prisión inquisitorial, Giordano Bruno viaja por Roma, Lyon, Ginebra, Toulouse, París, Londres y finalmente Frankfurt. Son los años en que desarrolla toda su actividad como filósofo. Así se convierte en un pensador libre con ciertas preocupaciones en materia de fe, en el autentico iniciador del racionalismo moderno. Por toda Europa va dejando las huellas de su pensamiento, que publica aquí y allá en forma de libro. Los títulos de sus más importantes obras son éstos: De umbris idearum, Cantus circaeus, Sigillus sigillorum, II can-delaio, Cena delle ceneri, De la causa, Principio e Uno, De l’infmito, universo e modi, Spaccio della bestia trionfante, Cabala del Cavallo Pegaso e del Asino Cillenico, De gli eroici furori, De mínimo, De monade, De inmenso et innumerabi-libus y De imaginum compositione, que giran alrededor de cuestiones como el arte de la memoria artificial, el monismo panteísta, la negación de la autoridad filosófica del clero, las dudas sobre la Trinidad y la Encarnación del Verbo, la existencia de un alma universal, la infinitud del universo en contraposición a las tesis aristotélicas, la defensa del sistema copernicano o la exaltación de las virtudes civiles.
La filosofía de Bruno es compleja y sobrepasa las pretensiones de esta crónica, por lo que me limitaré a decir que su conflicto con la iglesia de Roma, e incluso con la protestante, va a surgir de su planteamiento panteísta y de la valoración que él hace de la «religión natural» y de la»ética racional». Para Bruno el universo es concebido como un todo unitario pero infinito, donde Dios coincide con la naturaleza, que va a ser considerada como un gran ser animado del que todos formamos parte. Así concebido, el universo no tiene centro, lo infinitamente grande coincide con lo infinitamente pequeño, pues es la expresión más acabada del infinito poder de Dios. En cuanto a la religión, Giordano Bruno parece entenderla como una herramienta necesaria para organizar la vida cívica de las masas que son incapaces de regirse por la razón, pero subordinada siempre al ámbito de lo racional, de la filosofía, de la que forma parte. Esta idea resulta ya totalmente revolucionaria, pues niega los postulados de Santo Tomás de Aquino, que consideraba a la filosofía como «esclava de la religión».
Giordano Bruno, desde su absoluto racionalismo, venía a proponer una especie de pacto social entre los dos grupos de individuos capaces de hacer un uso adecuado de la racionalidad; al otorgarle a la religión una función cívica, los filósofos no debían implicarse en el gobierno de las masas populares, competencia que le dejaba a la teología, y los teólogos no debían entrometerse ni en la labor ni en la vida de los filósofos, destinados a ampliar el ámbito de conocimiento del ser humano. Establecía de este modo una distinción entre la dimensión de la duda filosófica y la dimensión de la fe. Por supuesto que una persona puede tener dudas teológicas sobre los dogmas de la Iglesia, venía a decir Giordano, pero este es un problema individual de un ser pensante, y en nada perjudica ni al poder de la Iglesia ni a la gloria de Dios. Mucho antes que Galileo, ya el filósofo Bruno había planteado la saludable necesidad de distinguir entre esas dos esferas. Y ya entonces se encontró con la incomprensión de las autoridades eclesiásticas. Varias décadas después, Galileo Galilei, desde su absoluto cientifismo, intentará inútilmente proponer lo mismo, planteando la distinción entre la investigación científica de la naturaleza y la verdad de la fe.

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