Galileo Galilei

Cuenta una piadosa leyenda que Galileo Galilei, en 1633, después de abjurar públicamente de sus ideas ante el tribunal de la Inquisición, pronunció en voz baja, ya cuando se iba: eppur si muove, es decir: y sin embargo, se mueve, en relación al movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol, por cuya demostración fue procesado, humillado y obligado a una publica retractación ya en su vejez. Pero tan sólo es eso, una leyenda compasiva de la que debemos dudar. A la luz de cómo ocurrieron los hechos resulta imposible creer en ella. Sin duda la abjuración de Galileo no fue sincera. Se desdijo sólo para salvar la vida, y hasta el final de sus días siguió, en secreto y con arresto domiciliario, investigando sobre el asunto. Pero su proceso fue tan grave y humillante, el asedio a su conciencia tan feroz, y su declaración ante los inquisidores tan explícita, que no podemos confiar en que el viejo sabio tuviese aquel día ni el humor ni el coraje suficientes para proferir, aun en voz baja, tal osadía. Veamos cómo ocurrió todo.
En 1543 Nicolás Copérnico publicó su obra De revolutionibus orbium celestium, libro al que debemos considerar como el punto de arranque de una nueva manera de acercarse a los fenómenos naturales. En ella Copérnico aventuraba, como hipótesis de trabajo, la tesis de que la Tierra no era el centro del Universo y que se movía alrededor del Sol, estrella que permanecía inmóvil y a la que había que considerar como centro del Universo. Nacía así la nueva Astronomía. Con posterioridad, otros tres grandes astrónomos continuaron la concepción copernicana y llegaron a construir el nuevo modelo cosmológico heliocéntrico, que no sólo tendría gran repercusión en el campo científico, sino también en el teológico y metafísico. Fueron Ticho Brahe (1546-1601), Johannes Kepler (1571-1630), y sobre todo Galileo Galilei (1564-1642).
Ticho Brahe, todavía en el siglo XVI, ya había cuestionado la visión del mundo de inspiración aristotélica, recogida de su Física, la canónica y aceptada por la Iglesia, que distinguía entre el mundo sublunar y el mundo celeste, considerado este último como incorruptible. Lo que demostró Brahe en 1572 fue que también en el universo las cosas nacen y se destruyen, que las estrellas aparecen y desaparecen. Pero no será hasta 1609 cuando se inicie el camino hacia la comprensión del universo tal y como hoy lo concebimos, incluida la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol, es decir, que no es un objeto inmóvil tal y como postulaba el sistema astronómico tolemaico; y mucho menos el centro del universo como insinúa el Génesis bíblico y aceptaba la Iglesia de Roma como verdad incuestionable.
En ese año llega a conocimiento de Galileo un nuevo objeto óptico, especie de catalejo, creado por un artesano holandés, que es capaz de agrandar los objetos por muy alejados que éstos se encuentren. Enseguida se interesa por él y comienzan sus investigaciones. Basándose en la teoría de la refracción, Galileo perfecciona el instrumento y crea el primer telescopio. Por aquel entonces es profesor de matemáticas en la ciudad de Padua, y el primer uso que le da al objeto inventado es puramente militar. Durante una ceremonia a la que fue invitado, entregó su telescopio al Dogo de Venecia, que quedó maravillado ante el hecho de que los navíos enemigos pudieran ser avistados desde tan lejos, lo que daría enormes ventajas a su armada. El telescopio fue presentado ante el senado, y Galileo obtuvo notoriedad inmediata. Desde ese momento se convirtió en una de las máximas autoridades del momento.
Ahora bien, sólo era un primer paso hacia su revolución científica. Galileo no tardaría demasiado tiempo en volver su telescopio hacia el cielo y comprobar con sus propios ojos cómo la humanidad había estado equivocada durante miles de años. Ya en 1601 nuestro hombre había escrito un folleto en el que simpatizaba con las ideas de Copérnico, y en una carta dirigida a Kepler le había manifestado su propósito de encaminar sus estudios hacia la demostración de la hipótesis copernicana. Cuando en 1610 descubra cómo los satélites de Júpiter giran alrededor de ese planeta, obtendrá la primera prueba del error que mora en la astronomía tolemaica, que afirmaba que todos los cuerpos celestes giran alrededor de la Tierra. Evidentemente no era cierto, pues no cabía duda de que los satélites de Júpiter mantenían un movimiento celeste cuyo centro era el planeta Júpiter y no la Tierra. La duda de Galileo fue inmediata, ¿y si Copérnico estaba en lo cierto? Y aún más, ¿no se podría llegar a una demostración científica del heliocentrismo por medio de su telescopio, con la simple observación de las estrellas?

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