Galileo Galilei (2)

Nuestro hombre, anticipándose a lo que le puede caer encima, decide viajar a Roma para aclarar el asunto. Aquí hay que tener en cuenta la enorme fama de la que disfruta ya Galileo. Además, mantiene magníficas relaciones con altas personalidad de la vida política y eclesial, sobre todo con el cardenal Maffeo Barberini, del que se considera amigo personal. Al igual que Giordano Bruno unos años antes, Galileo cree poder hacer entrar en razón a las autoridades de la Iglesia. En febrero de 1616 hay ya una primera censura formal a la principal tesis del científico, aquella que afirma que el Sol es el centro del mundo y que la Tierra no permanece inmóvil, sino que gira a su alrededor.
El de 1616 es un año especialmente importante en el proceso de Galileo. En este año tuvo dos encuentros que van a ser fundamentales en su vida, y que explican el excepcional trato que recibió y lo rápido que se resolvió este primer escollo en su causa. La primera entrevista la tuvo con el famoso cardenal Bellarmino, al que ya conocemos por su intervención en el proceso de Giordano Bruno. Por mandato del papa Pablo V, Bellarmino llama a Galileo y le invita a abandonar sus opiniones sobre el Sol y la Tierra y la novedosa relación existente entre ellos. Bellarmino le ordena a Galileo que ni enseñe ni defienda las tesis de Copérnico como si fuesen ciertas, y ante esto, Galileo se somete y promete obedecer. Ahora bien, Bellarmino dejó a la vista, en su admonición, una zona de sombra, a la que posteriormente se acogerá Galileo con astucia: ¿le estaría permitido plantear tales tesis, especular sobre ellas, defenderlas o enseñarlas, como hipótesis? Más adelante lo veremos.
La segunda entrevista la mantiene con el mismísimo papa, Pablo V. El pontífice recibe en Roma a Galileo y pasea durante una hora con él amigablemente. Se muestra cordial con el científico. Es más, incluso llega a tranquilizarlo. Mientras él viva, le dice Pablo V a Galileo, ni la Congregación del Santo Oficio ni él mismo prestarán oído a los calumniadores. Galileo puede estar seguro. Mientras el actual papa esté sentado en la silla de Roma, Galileo estará a salvo.
Este encuentro ha despertado diversas interpretaciones por parte de los estudiosos de la vida y milagros de Galileo Galilei. Efectivamente, Pablo V murió en 1623, y en todo ese tiempo Galileo no fue molestado. Es más, ni siquiera se incluyeron sus obras en el índice de libros prohibidos. Por tanto, son muchos los estudiosos que sostienen que la actitud del papa fue ejemplar y sincera. No obstante, me parece interesante incluir aquí la interpretación que de ese encuentro y de las amables palabras del papa, dan Benazzi y D’Amico:

«Palabras curiosamente tranquilizadoras, que en realidad forman parte de una estrategia bien conocida por los mismos inquisidores: alternativamente amenazar y tranquilizar, mostrarse protectores con quien está en su poder».

Por nuestra parte, preferimos no adherirnos a ninguna tesis. Quizá desconfiar de la buena voluntad del pontífice resulte excesivo, pero sin duda conviene recordar que en los documentos del proceso de Galileo Galilei, cuando Pablo V ordena a Bellarmino que llame ante él al científico, dictamina que:

«lo conmine a abandonar dichas opiniones; y si se niega a obedecer, el Padre Comisario, ante un notario y dos testigos, lo intimará con la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras a enseñar o defender esta doctrina y opinión, o a tratar sobre ésta; si no lo aceptara será encarcelado».

Ya hemos visto que no hizo falta llegar a métodos tan drásticos. Galileo aceptó la propuesta de Bellarmino, lo que significa que no hizo falta intimidarlo con «la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras».
Nuestro hombre contaba por aquel entonces con cincuenta y dos años. Estaba en plena posesión de sus facultades mentales. Se siente con la razón y sabe que no está todo perdido. A partir de este momento pondrá todos sus esfuerzos en continuar con sus investigaciones, pero sin ofender a Roma. No abandonará sus tesis copernicanas heliocéntricas, pero el modo de exponerlas será mucho más sutil que antes. No las dará abiertamente, pero las dará igualmente. Confía en poder ganarse, poco a poco, a la Iglesia Católica para su causa. Aún cree que podrá convencerla de la necesidad de distinguir entre la investigación científica y la verdad de la Iglesia, dos polos que no tienen por qué estar enfrentados. Una vez más, como Giordano Bruno, cree en la posible concordia entre razón y fe.

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