Fray Luis de León

Se ha dicho muchas veces que Caín fue español, que la envidia es el vicio nacional, que España es un país cainita donde conviene vestir el éxito con humildad para no despertar el resentimiento de nuestro envidioso vecino, que sentirá en sus entrañas el miserable dolor por el bien ajeno hasta el punto de urdir la trama que haga caer a quien goza del premio que a él le fue negado.
España siempre fue un país de envidiosos, de ahí que siempre se haya vivido pendiente del otro, de lo que hace y de lo que dice, de lo que tiene y de lo que carece, de lo que pierde y consigue y de las formas que tuvo de conseguirlo, siempre tan sospechosas para el español de pura cepa. Un país en el que sus ciudadanos propenden a entrometerse en la vida del prójimo con tanta ansia como la española no puede ser más que un país enfermo. Y probablemente todos nuestros males históricos se deban a este vil sentimiento que tenemos localizado en la patriótica médula espinal. Si a todo esto le unimos la incuria y el secretismo con que aquí se ha practicado la delación, tenemos ya los dos elementos que han constituido un continuo en la vida nacional, es decir, el espíritu del acusica y el ambiente de recelo; la sospecha perpetua y la denuncia; la difamación y la calumnia aliada con el fiscal acusador que presta oídos al intrigante.
Era inevitable y fatal que dicho pudridero se instalara en la entraña del pueblo español. Durante los casi cuatro siglos en los que actuó la Inquisición, una vez al año, el domingo de Cuaresma, los tribunales decretaban lo que se conocía con el nombre de edicto de delaciones, consistente en que todo ciudadano estaba obligado a pasar por la «oficina» del Santo Oficio para denunciar a los conocidos sospechosos de herejía o de inmoralidad. De este modo, cualquiera podía ser denunciado con gran facilidad a un familiar del Santo Oficio. Ni siquiera importaba lo que hubiera dicho o hecho. Bastaba con que Fulano, amparado en su secreta confesión, denunciara a Zutano de haber incurrido en errores dogmáticos para que éste fuera sospechoso. Podía ser incluso una útil y vengativa herramienta para acabar con el enemigo, pero también con aquel al que se le envidia la mujer, la inteligencia, la belleza, la bondad, la suerte, la familia, el tesón o cualquier otra cosa.
A partir del siglo XV, por capricho de la Santa Inquisición, la delación fue moneda de uso corriente entre los españoles. Ocho días después del edicto de delaciones se publicaba el edicto de anatemas, donde se declaraba incurso en excomunión mayor a toda persona que, sabiendo de otra susceptible de ser considerada hereje, no lo hubiera referido a los Inquisidores. Siempre fuimos un país de envidiosos, incluso lo teníamos asumido, pero gracias al celo profesional de nuestros inquisidores nos convertimos también en un país de delatores.
Y así es como se explica que hasta un sabio de la talla de Fray Luis de León, probablemente nuestro mayor lírico con el permiso de San Juan de la Cruz, un ferviente y sincero católico y toda una eminencia universitaria, pasara casi cinco años encerrado en una prisión acusado de herejía. También en este caso la envidia y la delación se aliaron con la acusación particular. El propio Fray Luis lo dejó escrito en unas famosas y horacianas quintillas, A la salida de la cárcel:

Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.

Pero veamos cómo ocurrió todo.

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