Donatismo

A mediados del siglo III, en el norte de África, todavía en la época de las grandes persecuciones, se establecieron algunas clandestinas comunidades de cristianos que iniciaron ya cierto tipo de organización eclesiástica, pese al acecho de las autoridades imperiales, lo que acabó provocando el enfrentamiento entre los propios cristianos. Debido al acoso, muchos cargos eclesiásticos se vieron obligados a abjurar de su fe para conservar la vida, pero otros muchos se mantuvieron fieles a la palabra de Cristo y redoblaron sus esfuerzos para mantener viva su religión en aquellas tierras. Poco después, cuando llegó el primer periodo de tolerancia, los que habían salvado el pellejo quisieron tornar a su antiguo credo, actitud que chocó con el rigor de buena parte de la comunidad cristiana, muy sensible todavía a la vieja traición. ¿Acaso eran dignos de Cristo quienes lo habían negado hacía tan poco?, debían de preguntarse muchos de los cristianos de aquella época. Y así, poco a poco, se fue creando en el norte de África un ambiente rigorista y severo que tendría a su máximo valedor en la figura del obispo Donato, ya a principios del siglo IV.
Con Donato como defensor de la más austera autenticidad cristiana, los rigoristas negaron el reingreso de los viejos apóstatas, y aún más, comenzaron a declarar como inválidos los sacramentos administrados por los ministros de la Iglesia que, después de haber abjurado, eran ahora admitidos oficialmente por la autoridad romana, recién convertida al cristianismo. Para los donatistas, el insulto era evidente. Es más, resultaba casi una indecencia que quienes hasta hacía unos años habían apostatado, vinieran ahora declarándose los valedores de la fe en Cristo, mientras ellos, que habían dado la cara en los tiempos difíciles se veían igualados a esos impíos. Para ellos, claro, era inadmisible, y por tanto no lo admitieron.
Y no sólo no lo admitieron, sino que declararon la lucha hacia los nuevos cristianos, tan sospechosos, además de crear una iglesia cristiana paralela sin vinculación con Roma. Tal actitud fue condenada como herética en el Concilio de Arles del año 314. A partir de entonces, el inicial problema religioso se torna en conflicto social. El arraigo del donatismo en el norte de África fue enorme y de enormes consecuencias, al surgir un grupo subversivo, de apoyo a la heterodoxia de Donato, con el nombre de circumcelliones, en su mayoría indígenas bereberes que se lanzaron a perseguir a la minoría afrorromana ortodoxa.
Tal situación se mantuvo hasta principios del siglo V, cuando las dos obediencias en disputa celebraron una reunión en la ciudad de Cartago, en el año 411. A esta Conferencia asistió Agustín de Hipona, el primer gran teólogo del cristianismo, quien tuvo ocasión de discutir sesudas cuestiones de fe con los heterodoxos donatistas que, según parece, comprendieron el error en que se hallaban y poco a poco fueron virando en sus posturas hasta integrarse en la ortodoxia. Sea como fuere, lo cierto es que a mediados del siglo V la fuerza del donatismo, hasta entonces tan pujante en el norte de África, se había prácticamente difuminado.

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