Violación de la intimidad de las hadas

Desde los tiempos más antiguos se ha sabido que las hadas eran gente secreta. No les gusta que las miren, no hay que penetrar en su territorio y no se debe alardear de los favores que conceden. Dame Tryamour, la amante de Sir Launfal en la narración en verso del siglo XII, va y viene de forma invisible para los ojos mortales, y el héroe no puede alardear de su amor. Cuando Launfal es inducido a hablar de ella, todos los valiosos regalos que ha recibido se desvanecen, y él queda reducido a la pobreza. Al final, sin embargo, el hada se aplaca y vuelve a otorgarle su favor -final insólitamente feliz de lo que casi invariablemente constituye una tragedia-. En una de las leyendas de las Highlands recogidas en Waifs and Strays of Celtic Tradition, «Las dos hermanas y la maldición», Mairearad (Margaret) tiene un enamorado feérico que le prohibe hablar de él, pero en un momento de confidencias la muchacha habla de ello a su hermana, que promete que este secreto «antes saldrá de su rodilla que de sus labios». Sin embargo, la hermana falta a su palabra y difunde el secreto, por lo que Margaret pierde a su amante. Se va de casa y vaga por las montañas, donde se la oye cantar lamentaciones hasta que desaparece. No se la vuelve a ver hasta que ella o su hijo sale del «cairn» para vengar la traición de Dun Ailsa contra Brown Torquil, su hijo.
Uno de los cuentos más corrientes desde los tiempos isabelinos hasta hoy es el de los mortales agraciados por las hadas, que han recibido dinero de éstas hasta “que han revelado su origen, momento en el que los dones cesan para siempre. Este rasgo se menciona a menudo en los relatos isabelinos sobre las hadas. Exactamente la misma historia está registrada en los archivos de la School of Scottish Studies, y una anécdota similar, «Dinero feérico», la cuenta también Sean O’Suilleabhain en Folktales of Ireland. La intimidad de las hadas ha de ser respetada incluso por los transeúntes. El padre de la muchacha que vio la Cabalgata de Edric el salvaje le dijo que se pusiera un delantal sobre la cabeza para no verla. En los Goblin Tales of Lancashire de Bowker, los dos aldeanos que ven pasar el funeral de las hadas se esconden detrás de un roble para no ser vistos, y sólo cuando se excita su curiosidad se adelantan para ver el cadáver del catafalco, en el que reconocen al más joven de los dos. En muchas leyendas irlandesas, personas que dormían inocentemente en una colina feérica han sido cegadas o arrojadas por un peñasco por las irritadas hadas que vivían en ella. En el Ulster, la gente evita los caminos feéricos, especialmente los primeros días de trimestre, que son los días en que las hadas suelen trasladarse.
En resumen, aunque las hadas están dispuestas a revelarse a los mortales a quienes favorecen, o cuyos servicios desean procurarse, fácilmente se ofenden y se vengan si alguien presume de este favor.

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