Ungüento de las hadas

Es el bálsamo, a veces un aceite y otras veces un ungüento, mediante el cual la vista humana atraviesa el encanto al que las hadas pueden someterla y ve las cosas como son en realidad.

También penetra en los encantamientos que producen la invisibilidad. Donde se nos habla más de ello es en las historias de comadronas de las hadas. La primera versión del cuento aparece en los escritos del autor del siglo XIII Gervasio de Tilbury, en su explicación sobre las Dracae de Bretaña. Aun siendo una versión muy antigua, ya ofrece la historia completa: el traslado, por la noche, de una comadrona humana a una casa desconocida, el ungüento que le dan para que unte los ojos del recién nacido, y la extraña iluminación que se produce cuando la mujer inadvertidamente lo usa en uno de sus ojos; iluminación que va seguida, como en todos los relatos posteriores, por la inocente revelación de su visión prohibida y el cegamiento del ojo que ve.

Existen docenas de relatos similares con ligeras modificaciones, pero el profesor Rhys da la que podría ser la historia completa, el cuento de Eilean. El ungüento feérico aparece en otro relato ligeramente distinto, Cherry de Zennor. En este cuento una muchacha campesina que busca trabajo es contratada por un viudo feérico para que haga de niñera de su hijo pequeño, y una de sus obligaciones es untar los ojos de su pupilo todas las mañanas. Su amo es cariñoso y amable, y ella es muy feliz con él, hasta que la curiosidad que le inspiran las cosas extrañas que suceden en su nueva casa la lleva a usar el ungüento en sus propios ojos, y entonces ve toda clase de cosas a su alrededor y a su amo, que es tan cariñoso con las pequeñas hadas en el fondo del manantial como lo ha sido siempre con ella.

Los celos la impulsan a delatarse, y su amo, con pesar, la despide, aunque no le hiere los ojos. Del relato se deduce claramente que la primera esposa del amo feérico era una mortal, lo que sugiere que el ungüento sólo era necesario para las hadas híbridas, pues las hadas completas podían ver a través del encanto por su propia naturaleza.

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