Poder sobre las hadas

Tanto la gente del campo como los sabios magos deseaban tener poder sobre las hadas, y elegían este poder en vez del arma de doble filo que era la sumisión a Satán. Generalmente perseguían su objetivo con métodos bastante distintos. El más brutal y directo era la simple captura. Las esposas feéricas se capturaban de este modo, como se ve en la historia de Edric el salvaje y en muchos cuentos de las Roane o Doncellas Focas. Pero otras Hadas capturadas lo eran por su codicia, como Skilly-Widden, el muchacho feérico. Las hadas a las que más se deseaba apresar eran los Leprechaums, o zapateros feéricos, del mismo tipo que el Cluricaune, pero no se sabe de ningún caso en que sus capturadores consiguieran retenerlos. Un cuento típico sobre ellos es el que cuenta Thomas Keigh-Tley en Fairy Mythology. Thomas Fitzpatrick, un joven granjero de Kildare, iba paseando un día de fiesta y de pronto se le ocurrió sacudir el heno y atar la avena, pues el tiempo parecía que iba a cambiar. Mientras trabajaba oyó un golpeteo como el de un triguero, sólo que la estación estaba demasiado avanzada para que este pájaro llamara. Por consiguiente, se fue a hurtadillas a ver lo que podría ser y, atisbando entre los arbustos, vio a un hombrecito diminuto con un minúsculo delantal de cuero que daba golpes con un martillo para encajar un tacón en un zapatito. Tom comprendió que aquél no era otro que el Leprechaum. Sabía que el Leprechaum era el ser más rico de todo el País de las Hadas y sabía que si podía mantener la vista fija en él podría obligarle a entregar al menos una de las ollas llenas de oro que tenía escondidas por los campos. Así, pues, se abalanzó sobre él y lo agarró fuertemente al tiempo que le amenazaba con las peores cosas que podía imaginar si no le mostraba dónde estaba escondido su oro. Estuvo tan feroz que el hombrecito se asustó mucho, y dijo: «Ven conmigo y te enseñaré dónde está escondido.» Tom casi pegó los ojos en el hombrecito, que le guió a través de rocas y maleza, y arriba y abajo y de un lado para otro hasta que llegaron a un campo cubierto de bolyawns [hierba cana]. Señaló una planta grande y dijo: «Cava bajo este bol-yawn y encontrarás una olla llena hasta los bordes de guineas de oro.» Era un día de fiesta, por lo que Tom no llevaba la pala consigo. Así, pues, ató una de sus ligas rojas alrededor del bolyawn. «Ahora ya no me necesitas» -dijo el Leprechaun. «No, no» -dijo Tom-. «Ahora que me has enseñado dónde está el oro voy a ir a buscar una pala.» El Leprechaum desapareció como una gota de agua en la arena. Tom fue a buscar la pala corriendo como el viento. Estuvo fuera sólo un momento, pero cuando volvió había una liga roja atada en cada uno de los bolyawns de aquel campo. Esto, o algo parecido, es lo que le ocurría a todo aquel que trataba de enriquecerse a expensas de un Leprechaum.
Un sistema de adquirir poder sobre un hada que a veces resulta es el de conocer su nombre. Los intentos de lograr tal cosa siempre son ofensivos para las hadas, y a veces la imposición de incluso un mote ahuyentará a un hada que frecuente un lugar. Los relatos de Tom Tit Tot y de Whuppity Stoorie ilustran este poder. Edward Clodd escribió un libro importante, Tom Tit Tot, sobre el poder del nombre pronunciado. El apropiarse de posesiones de las hadas -los gorros rojos de los ELFOS escandinavos, el peine de una sirena, etc.- puede dar un poder igual; pero todos estos métodos pueden ser peligrosos cuando los emplea una persona inhábil. Los conjuros de los magos generalmente se consideraban más eficaces. Personas sencillas como Anne Jefferies usaban versos y llamadas feéricas, pero los encantamientos para obtener poder sobre las hadas más elaborados, y en particular los que servían para encerrarlas en un cristal o un anillo, se encuentran en los manuscritos mágicos de los siglos XVI y XVII.

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