Náyades 1

Las hadas acuáticas tienen un trabajo muy semejante al de las hadas del mar, cuidando de quienes cruzan o nadan en ríos, lagos y embalses, y ocupándose también de los peces que surcan esas aguas. Ellas son, por ejemplo, quienes guían solícitamente a los salmones cuando remontan los ríos para el desove, y las que después los guían, así como a las crías, de nuevo hacia el mar.
También la nieve tiene sus hadas propias, y entre ellas destaca la llamada Reina de las Nieves, que vive en los países escandinavos.
Hans-Christian Andersen es quien habla de la Reina de las Nieves en una de sus narraciones infantiles.

Érase una vez un chiquilín que desde su humilde cabana veía cómo la nieve giraba en remolinos causados por la ventisca. De pronto, sus ojos sintiéronse atraídos por un extraño copo de nieve, formado como de un tejido sumamente delicado, mucho mayor que los otros copos, el cual fue a parar sobre la tierra, justo delante de la ventana desde la que atisbaba el muchachito.
De repente, aquel copo de nieve creció, transformándose en una hermosísima dama, que empezó a revolotear por entre la ventisca. Poco después le sonrió dulcemente al niño y desapareció. El pequeño, atraído por tan rara visión, salió al patio de la cabana y allí encontró a la Reina de las Nieves que le esperaba montada en un trineo muy blanco, tirado por dos blanquísimos caballos.
Ella le ayudó a subir al trineo y le obligó a sentarse a su lado, sobre unas pieles mullidas y muy blancas, como de armiño. Al instante, los caballos emprendieron el galope y el trineo se elevó por los aires. Entonces, la Reina de las Nieves posó sus helados labios sobre la frente de su pequeño acompañante, y éste sintióse invadido por un frío espantoso que le dejaba aterido todo su cuerpo.
La Reina le sonrió, acariciándole el cabello, y transcurridos unos minutos, el niño se olvidó de sus padres, y pareció como si parte del calor retornara a su cuerpo.
Finalmente, el trineo llegó al palacio de la Reina de las Nieves, que se alzaba en un desierto completamente helado, en el país de los lapones. Allí, sin duda, el niño habría muerto transido de frío, pero contento de estar en tan bello paraje, si una amiguita que lo quería con todo su corazón no hubiera ido en su busca.
Recorrió todo el país, y fue aún mucho más allá, hasta que por fin lo encontró. Protegida por la pureza de su corazón y la fuerza de su amor, logró finalmente liberar a su amiguito del embrujo que lo atenazaba, y se lo llevó consigo a su pueblo, donde brillaba un esplendoroso y cálido sol.
La Reina de las Nieves, al verse sola en su helado palacio de cristal, lloró lágrimas de sangre, esperando
que algún día encontraría a un jovencito que quisiera hacerle compañía en su helada soledad. Cada lágrima de sangre de las vertidas por la Reina de las Nieves -añade la leyenda-, se convirtió en un rojo clavel, que milagrosamente sobrevivieron al intenso frío de aquella estéril campiña.

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