Levitación de las hadas

Es muy raro que en los cuentos de hadas tradicionales las hadas viajen movidas por alas. Generalmente vuelan por los aires sobre tallos de hierba cana, ramitas o manojos de hojas de hierba transformados, que usan como las brujas usan las escobas, y lo más frecuente es que leviten usando una contraseña. Aubrey, en sus Miscellanies, da uno de los ejemplos más antiguos de estas contraseñas: «Horse and Hattock» [Caballo y Sombrerito]. Estas palabras tienen evidentemente poder para hacer levitar objetos y también personas, pues Aubrey nos cuenta que un colegial, al ver un torbellino de polvo y oir gritos agudos de «Horse and Hattock» que salían de él, gritó «¡Caballo y Sombrerito mi cabeza!», e inmediatamente su cabeza se elevó en el aire y se unió al grupo. «Hupp, Horse and Handocks» es otra contraseña. Otra más larga que aparece en el Shetland Folk Book es ligeramente más elaborada:

Arriba caballo, arriba sombrerito
Cabalgad con el torbellino
y yo sé que cabalgaré con vosotros.

En el breve cuento de «El Señor Negro de Cunblane», que Simpkins incluye en County FolkLore , las instrucciones son cortas y explícitas: «Brechin a la boda» y «Cruinan al baile», pero el Señor Negro nunca supo su destino final, ya que quebrantó un tabú al gritar «¡Bien hecho, viejo arado de Watson!» -pues esto era su montura- y se encontró solo y de nuevo en el surco del que había partido.
Las historias de levitación feérica más comentes son aquellas en que el invitado al vuelo va con sus anfitriones, hadas, piskies, trows o brujas, de parranda a una bodega lejana, bebe demasiado y a la mañana siguiente se encuentra solo en la bodega con una copa de oro en la mano y ninguna explicación convincente de su presencia en el lugar.
Cuando los juerguistas son brujas, los medios de levitación son a menudo gorros rojos, pero hay una leyenda de hadas, contada por E. M. Leather en The FolkLore of Herefordshire, en la que se usan gorros blancos. El argumento y el rescate final del muchacho se parecen mucho más a los cuentos de brujas:
Erase una vez un muchacho que, yendo de camino hacia su casa, se desvió del buen camino sin darse cuenta y se perdió en un gran bosque. Llegó la noche y el muchacho, que estaba muy cansado, se tumbó en el suelo y se durmió. Cuando se despertó, al cabo de dos o tres horas, vio a un oso tendido a su lado, con la cabeza apoyada en el pequeño atado de ropa del joven. El oso se puso en pie, y el muchacho se asustó mucho al principio, pero, viendo que el oso era muy manso y pacífico, dejó que el animal le guiara fuera del bosque, a un lugar desde el que se veía una luz. Dirigiéndose hacia ella, descubrió que procedía de una casita de turba. Llamó a la puerta, y una mujercita abrió y le invitó amablemente a entrar. Dentro vio a otra mujercita sentada junto al fuego. Después de una buena cena, le dijeron que debería compartir con ellas la única cama que había en la casa. El muchacho se durmió profundamente, pero sus compañeras de cama le despertaron cuando el reloj dio las doce. Las mujercitas saltaron de la cama. Una de ellas dijo: «Alia voy», y la otra «Yo sigo», y desaparecieron de golpe, como si se hubieran ido volando. Temeroso de quedarse solo en la cabana, y viendo otro gorro blanco colgado de la cabecera de la cama, el muchacho lo cogió y dijo: «Yo sigo». Inmediatamente fue transportado al círculo feérico que había delante de la puerta de la cabana, en el cual las mujercitas estaban danzando alegremente. Entonces una dijo: «Allá voy a la casa de un caballero», y la otra, «Yo sigo». Por consiguiente, el muchacho hizo lo mismo, y se encontró encima de una alta chimenea. La primera hada dijo: «Abajo por la chimenea», y el resto repitió la fórmula habitual y bajaron todos, primero a la cocina y luego a la bodega. Allí empezaron a recoger botellas de vino para llevárselas; abrieron una y se la dieron al muchacho, que bebió con tanta avidez que se quedó dormido. Al despertar se encontró solo y, asustado y tembloroso, subió a la cocina, donde se encontró a los criados, que lo llevaron ante el dueño de la mansión.
El joven no pudo dar ninguna explicación satisfactoria del porqué de su presencia en la casa, y fue condenado a la horca.
En el patíbulo vio, abriéndose paso ansiosamente entre la multitud, a una mujercita que llevaba puesto un gorro blanco y otro en la mano. La mujer preguntó al juez si el prisionero podía ser colgado con el gorro, y aquél consintió. Subió, pues, al patíbulo y puso el gorro en la cabeza del joven, diciendo «¡Allá voy!», y el muchacho dijo rápidamente «¡Yo sigo!», y se fueron volando como un relámpago hasta la casita de turba. El hada le explicó que le había molestado que cogiera el gorro mágico, y que, si las hadas le ofrecían su amistad, en el futuro nunca debía tomarse libertades con sus propiedades. Así lo prometió el muchacho, y, después de una buena comida, le dejaron partir hacia su casa.
Las hadas también tenían la costumbre de hacer levitar edificios, castillos e iglesias si su situación no les convenía. A veces transportaban el edificio al lugar que preferían. En muchas de las historias, el agente es un animal monstruoso, un gato o un cerdo; otras veces es el Diablo, pero alguna que otra vez es una multitud de hadas, como en la anécdota que cita George Henderson en The Popular Rhymes, Sayings and Proverbs of the County of Berwickshire, «Las Hadas y Langton House». Los versos con que producían la levitación eran:

Levanta una, levántalas todas,
la pared de delante y la de detrás.
Levanta y llévate Langton House,
y déjala en el suelo en Dogden Moss.

Afortunadamente su intención se vio frustrada por la rápida pronunciación de una plegaria.

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