Las ocupaciones de las hadas

La gente suele creer que las hadas pasan el tiempo jugando, saltando, bailando… y aun cuando eso sea cierto hasta cierto punto, sólo lo es exactamente hasta cierto punto.
Porque las hadas, siempre bajo la supervisión de la Reina de la comunidad, hilan, tejen, hacen pan, que es uno de sus alimentos más queridos, o cocinan. Salen al bosque y recogen todo aquello que puede servirles de alimento o para tejer telas suntuosas, para confeccionar los ricos vestidos que lucen en las ocasionales fiestas y saraos que celebran en algunos días del año.
Estas festividades nada tienen que ver con las fiestas religiosas del país en que viven, sino más bien con algunos de los sucesos que han marcado su existencia: su origen, su traslado de un país a otro, el día en que un hada, como por ejemplo ocurrió al parecer con Lolanthe, regresa a la comunidad tras haber enviudado o haberse simplemente cansado de la vida entre los mortales.
A dichas fiestas acuden las hadas bellamente ataviadas, provistas de sus mejores galas, y en ellas invitan a los elfos, gnomos y duendecillos que viven por la región, con los que suelen mantener estrechos lazos de amistad. En efecto, incluso se producen casamientos también entre hadas y elfos, o gnomos, pero esas bodas no causan ninguna inquietud en la comunidad, puesto que, como suele decirse vulgarmente, «todo queda en casa».
Normalmente, los saraos en los que toman parte las hadas se celebran en los claros de un bosque, y el grupo de hadas, aunque al baile asisten gnomos o elfos, se halla bajo la experta dirección de la reina, la cual siempre es muy dictatorial y definida en sus órdenes.
Los asistentes forman un círculo que se va ensanchando gradualmente en torno a la reina, y al mismo tiempo por encima de la hierba y la maleza brilla un sutil resplandor. Entonces empiezan todos los bailarines a dar vueltas alrededor de la dictatorial reina, cada vez con mayor rapidez, hasta que en un momento dado un miembro del círculo, que generalmente suele ser un elfo o un gnomo, sale al centro, y delante y en torno de la reina, traza pasos de baile sumamente intrincados, saltando a alturas insospechadas en un ser tan diminuto, pues algunas veces el bailarín alcanza incluso la copa de algún árbol, y no demasiado bajo sino tan alto como un roble o un álamo.
Son los duendecillos, especialmente, los que alcanzan estas mayores alturas, y los que saben trenzar las más atrevidas y complicadas cabriolas.
Naturalmente, en estos bailes feéricos no falta la música, y música de calidad, una música inefable, proporcionada por el arrullo de las hojas, el balanceo de las flores, y el rumor de la brisa. Y las hadas, con sus dulces vocecitas, entonan cánticos, bien alegres, bien sentimentales, a cuyo compás el baile varía de ritmo.
Después, cada cual se dirige a su cobijo, una flor, el hueco de un árbol o arbusto, debajo de una seta… Y todos duermen, porque también el cuerpo de las hadas y demás Gente Menú-da necesita restaurar las fuerzas mediante el sueño. Y ello no es de extrañar, pues es sabido que también los vegetales duermen hasta que los despierta el rocío. ¡Ah, cómo les alegra a las hadas la llegada del rocío, una especie de ducha vivificadora que les restituye gran parte de sus energías, con las que iniciar una nueva jornada!

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