La naturaleza de las hadas

Respecto a la naturaleza de las Hadas existe cierta confusión. Hay quien afirma, por haberlas visto, que su constitución es semejante a la de las mujeres de la raza humana. Otros, en cambio, aseguran que su contextura es mucho más sutil, mucho más tenue, como formada por un tejido semejante al tul, casi transparente, pero, sin embargo, cohesivo, de manera que sus cuerpos nunca se deforman.
De todos modos, es posible que ambas opiniones sean exactas. Porque si, como hemos visto en los dos ejemplos anteriores, un hada puede adoptar una identidad de mujer y volver a recuperar la suya propia a voluntad, es casi seguro que si quieren aparecerse a los ojos de un ser humano lo hagan con aspecto femenino, mientras que en su estado natural, cuando son invisibles al ojo humano, su constitución sea mucho más sutil.
Es muy probable, pues, que el cuerpo de un hada esté formado por una materia parecida al vapor, si bien la forma del hada es, pese a ello, definida y duradera. El material de su cuerpo, por lo tanto, debe de ser como el vapor que surge de una cafetera o de un recipiente con agua en ebullición, aunque coloreado con diversos tonos. Se trata, con toda seguridad, del gas más fino que se conoce, menos detectable que, por ejemplo, el helio.
Las hadas tienen un cuerpo coloreado, casi siempre de blanco o verde, pero con unas tonalidades muy luminosas, como conviene a su carácter, usualmente alegre, juguetón, a veces incluso desenfadado.
Es verdad que existen algunas hadas malvadas, como podemos ver en el caso de la Fata (hada) Morgana, rival del mago Merlín, según la leyenda de Camelot y los Caballeros de la Tabla Redonda. Pero en general, las hadas son buenas, amables y favorecedoras del género humano.
Mas, a pesar de esta naturaleza etérea, las hadas son una réplica de las mujeres humanas. Por lo cual no les resulta difícil adoptar su aspecto al hacerse visibles. Sin embargo, la fuerza de un pensamiento o un sentimiento puede modificar la forma en que se manifiesten: como plantas, piedras, animales, llamas de fuego muy rojas, o brisas e incluso huracanes. Todo lo cual atestigua el poder mágico de que están dotadas las hadas.
Cuentistas como los Hermanos Grimm y Hans-Christian Andersen, por no citar sino a los más conocidos, representaron casi en todos sus relatos a las hadas como seres más bien regordetes, de cara muy simpática, a veces un poco distraídos, debido tal vez a su mucho trabajo para ayudar a la raza humana, y siempre provistos de la varita mágica (la varita, de avellano o saúco generalmente, siempre ha sido signo mágico por derecho propio, especialmente desde los antiguos tiempos de los sacerdotes egipcios y Moisés.)
Las hadas tienen, según la tradición, el cabello rizado u ondulado, y unas alas, si bien no las precisan para volar, puesto que no necesitan servirse de ellas para surcar el aire. Cuando se aparecen a los hombres, sus ropajes son como de seda blanca, o de algún color tenue: rosa, verde o azul, y pueden lucir un sombrero con flores o plumas de diversos colores. En sus apariciones, normalmente muy escasas, acostumbran a estar rodeadas de un aura o halo, que añade más misterio a su persona. Un «vidente» que tuvo la fortuna de ver a un hada en cierta ocasión, la describió de esta manera:

Era de un color claro, y reía mucho, denotando su felicidad. Era de expresión muy abierta, sin temor alguno, y estaba rodeada por un aura de radiación dorada, que permitía adivinar el perfil de sus alas. También había cierta expresión burlona en su actitud, como si disfrutara al observar de qué modo la estaba estudiando un ser humano. De repente, sus modales cambiaron y se puso muy grave. Extendió los brazos y pareció concentrarse, lo que tuvo por efecto una disminución del tamaño del aura, como si se introdujese en el interior de su cuerpo.
Habiéndose mantenido en esta condición unos treinta segundos, exhaló toda la energía que acababa de acumular, la cual surgió en todas direcciones, como en rayos de una extraña potencia dorada, que al parecer afectaron a todas las flores y plantas que se hallaban dentro de su bastante limitado campo de acción. Otro efecto de esta radiación fue que vibraran y adquiriesen como un aura astral doble todos los vegetales que nos rodeaban.

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