Introducción al mundo de las hadas

El término hada deriva del latín fatum, término que define al destino. El vocablo se transformó posteriormente en el francés fée, del que nacen las palabras inglesas fey y fairy, y que en español dio origen al adjetivo feérico, poco difundido, que alude a todo lo relativo a las hadas.

El vocablo anglosajón fairy (hada), como así también muchas de sus traducciones a otros idiomas, tiene un significado mucho más amplio que su traducción hispana, ya que involucra a todos los seres elementales, masculinos o femeninos, que componen la familia de la «gente pequeña» o, como también se la conoce, «gente menuda», «buena gente», «vecinos olvidados» y muchos otros nombres. En esta ocasión, sin embargo, para unificar criterios respecto de los géneros gramaticales, hemos decidido utilizar el término «hada» para las entidades femeninas (sirenas, elfinas, brujas, ondinas, banshees, etc.), y «elfo» para las masculinas (duendes, gnomos, murrughach, silfos, pookhas y demás).

Ya Shakespeare, en su inolvidable Sueño de una noche de verano, separó las hadas de los elfos; las primeras mantienen en forma constante una apariencia humana, aunque pueden desplazarse por el aire —con alas o sin ellas—, y su tamaño suele variar entre unos pocos centímetros hasta la estatura humana o más; los elfos, por su parte, están divididos en varias especies.

Sin embargo, existe una característica invariable para toda la «gente pequeña»: no son ni malos ni buenos; son criaturas extrañas, con principios éticos y valores (si pueden llamarse así) diferentes de los de los seres humanos, y pueden o no aceptarnos en su círculo.

Poseen un poder mágico incomprensible para los hombres; son el poder y la inspiración, pero no piensan ni sienten como los humanos, y eso los hace encantadores algunas veces, y nefastos al minuto siguiente.

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