Hadas capturadas

Los matrimonios de hombres humanos y hadas parecen haber sido generalmente matrimonios por captura, excepto en el caso de las Gwrachs de Gales, que solían ceder al galanteo. No obstante, al igual que las novias capturadas, imponían un tabú, que a la larga siempre era violado. Edric el salvaje es un ejemplo temprano de novia feérica, completado con el tabú y el retorno final de la esposa al País de las Hadas. Muchas otras esposas son selkies o doncellas focas, capturadas gracias al robo de sus pieles de foca. Cuando, al cabo de años de vida de matrimonio, recuperan sus pieles, vuelven de inmediato al mar.
El antiguo cuento de los niños verdes de Ralph de Coggeshall es un cuento insólito de hadas capturadas, pues, de la pareja, el muchacho languideció y murió, y la muchacha nunca regresó a su país subterráneo, sino que se casó y vivió como una mortal, aunque conservando algo de la extravagancia feérica.
Dispersos por todo el país existen cuentos sobre la captura de pequeñas hadas indefensas, la mayoría de las cuales a la larga escapan. Las más famosas son los leprechaums. El hombre lo bastante atrevido como para apresar a uno espera hacerle entregar, mediante amenazas, su puchero de oro, pues el Lepracaun es un acumulador, pero no consta ningún caso en que el hombre haya tenido éxito. La regla establecida por primera vez por Kirk según la cual un hada sólo puede ser vista entre dos parpadeos vale también para él. Por mucha fuerza con que se lo agarre, uno no puede dejar de mirarlo, de lo contrario se escurrirá entre los dedos como el agua. Quizá la misma regla valía para el pixy del Ockerry, sobre el que escribió William Crossing en sus Tales of Dart-moor Pixies. Una anciana que vivía en los Moors se dirigía a su casa, de regreso del mercado, con un cesto vacío, ya que había vendido toda su mercancía. Cuando llegó a las proximidades del puente que cruza Blac-kabrook en el Ockerry, una pequeña figura apareció dando un salto en medio del camino y empezó a hacer cabriolas delante de ella. Tenía unos cuarenta centímetros de estatura, y la mujer identificó a aquel ser como un pixy. Se detuvo un momento, preguntándose si no debería volver atrás, no fuera que acabara extraviada por un pixy; pero recordó que su familia la estaría esperando, y siguió adelante decidida. Cuando llegó al puente, el pixy se giró y brincó hacia ella, y la mujer, de pronto, se inclinó, cogió al pixy, lo metió en su cesto y cerró la tapa, pues pensó para sí que, en vez de que el pixy se la llevara, ella se llevaría al pixy. El pequeño individuo era demasiado alto para dar saltos dentro del cesto, pero empezó a hablar y a increpar a la mujer en una jerga desconocida, mientras ésta, orgullosamente, se apresuraba para llegar a su casa, ansiosa de mostrar su presa a la familia. Al cabo de un rato el parloteó cesó, y la mujer pensó que el pixy tal vez estaba taciturno o dormido. Pensó que le echaría una ojeada y levantó la punta de la tapa con mucha precaución, pero no había rastro de él allí dentro: se había ido como un trozo de espuma evaporada. No parece que a la mujer le ocurriera nada malo y, a pesar de perder al pixy, estuvo muy orgullosa de su hazaña.
Dos cazadores furtivos de Lancashire, al poner sus sacos en la entrada de dos madrigueras de conejos e introducir un hurón por la tercera, se vieron recompensados con unos animales que forcejeaban dentro de los sacos. Ataron al hurón, y cada uno cogió su saco. Mientras subían a Hoghton Brow oyeron horrorizados una vocecita que salía de un saco y llamaba: «Dick, ¿dónde estás?», y desde el otro saco una voz dijo claramente:
«En un saco, sobre una espalda, subiendo a Hoghton Brow.»
Como un solo hombre, arrojaron los sacos, llenos de pánico, y huyeron corriendo hacia su casa. A la mañana siguiente se aventuraron cautelosamente a subir a la colina, y allí encontraron los dos sacos muy bien doblados, pero no había rastro alguno de las hadas. Se llevaron tal susto que abandonaron la caza furtiva y se convirtieron en laboriosos tejedores, como el resto del pueblo. Este cuento se encuentra en el libro de James Bowker Goblin Tales of Lancashire, y otro parecido sobre el robo de un cerdo aparece en «West Sussex Superstitions», de C. Latham. Skillywiden y Coleman Gray hablan de pequeñas hadas que fueron llevadas a casas humanas pero que finalmente regresaron con su propia familia. En el cuento, más triste, el de hermano Mike, el pequeño cautivo no escapa, sino que languidece y acaba muriendo. Ruth Tongue tiene la historia de un espíritu acuático bastante raro, un ASRAI, que languideció y se derritió con el calor del sol como una medusa varada cuando un pescador lo apresó y trató de llevarlo a su casa para venderlo.
La mayoría de estas hadas, grandes o pequeñas, parecen impotentes para vengar el daño que se les hace, aunque otras hadas se vengan de ofensas mucho más insignificantes con desgracias y enfermedades, o incluso la muerte.

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