Funerales de las Hadas 1

Cuando llegaron a la iglesia sonó la primera campanada de las doce, y ellos siguieron adelante mientras las campanas repicaban. Un momento después se detuvieron, pues empezó a sonar el toque de difuntos. Contaron los tañidos, y después de dar veintiséis la campana se detuvo -Robin tenía veintiséis años. Se preguntaron cuál de sus compañeros podía ser, pero decidieron que lo averiguarían por la mañana y apresuraron el paso hacia el pueblo. Pero cuando llegaron al camino y al pabellón de entrada de la antigua abadía, la puerta de ésta se abrió de golpe y salió una pequeña figura negra con un gorro rojo en la cabeza.
Agitaba las manos y cantaba una dulce pero triste endecha, e iba seguido por una procesión de personajes vestidos como él, en medio de los cuales estaba un pequeño ataúd con la tapa abierta de modo que dejaba ver el rostro del muerto. Los dos hombres se retiraron hacia el seto, pero cuando el ataúd pasó por delante de ellos el viejo Adam se inclinó hacia adelante y a la luz de la luna vio la cara del muerto. «¡Robin, muchacho» -dijo- «es la imagen tuya lo que tienen en el ataúd!» Robin se adelantó y vio que, en efecto, era la miniatura de su propia cara. La campana seguía tocando, y el cortejo funeral siguió su camino hacia la iglesia. Robin tomó el incidente por un aviso de muerte y decidió saber cuál era el momento fijado. Adam intentó impedírselo, pero él corrió detrás de los feeorin y, tocando al que iba delante, preguntó temblando: «¿Por qué no me dices cuánto tiempo voy a vivir?» Y en el mismo instante, con un relámpago y unas gotas de lluvia, toda la procesión desapareció, y los dos hombres marcharon hacia su casa de la mejor manera que pudieron en medio del viento y la lluvia.
A partir de entonces Robin fue un hombre distinto. No hubo más parrandas ni diversiones para él. Su único consuelo era sentarse con el viejo Adam por la noche y hablar sobre aquello que habían visto y oído. Al cabo de un mes Robin se cayó de un pajar y quedó herido de muerte.
Esta es la relación más completa que tenemos sobre un funeral de aviso, pero hay noticias de ellos en Galloway y en Gales. Las velas de muerto galesas se cuentan entre los fenómenos del tipo will o’ the wisp estudiados por Aubrey y Sikes, pero se atribuyen a los espíritus de los muertos, más que a las hadas.
El funeral de una auténtica hada, de la propia Reina de las Hadas en realidad, aparece descrito por Hunt en Popular Romances of the West of England. He aquí una versión abreviada del cuento.
Una noche, un hombre llamado Richard volvía tarde a su casa con una carga de pescado de St Ivés cuando oyó la campana de Lelant Church que tocaba con un son grave y sordo, y vio una luz que salía de las ventanas. El hombre se acercó y espió el interior de la iglesia. Esta estaba brillantemente iluminada, y una multitud de personas pequeñas avanzaba a lo largo del pasillo central con un féretro llevado por seis de ellas. El cadáver estaba descubierto; era pequeño como la muñeca más diminuta y de una belleza pálida. Los presentes llevaban mirto florido en las manos, así como coronas de pequeñas rosas. Cerca del altar habían cavado una pequeña tumba. El cuerpo fue depositado en ella, y las hadas arrojaron sus flores, gritando fuerte: «¡Nuestra reina ha muerto!» Cuando uno de los pequeños enterradores lanzó una palada de tierra en la tumba, se levantó un clamor tan desolado que Richard lo repitió como un eco. Al instante las luces se apagaron y las hadas se abalanzaron hacia él como un enjambre de abejas, pinchándole con puntas afiladas. Richard huyó aterrorizado, y se consideró afortunado por haber escapado con vida.
Es de notar el hecho de que a estas hadas, que mostraron el disgusto normal por los intrusos fisgones, y en consecuencia por una violación de la intimidad de las hadas, no les asustó el crucifijo ni la consagración. Debían pertenecer realmente a la corte bendita.

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