Faltas condenadas por las hadas

Las hadas poseen un código moral propio y son estrictas en cuanto a su observancia. Podemos deducir algo de su naturaleza a partir del grado de severidad con que castigan las infracciones de su código. En primer lugar, son un pueblo secreto y castigan todo intento de espiarlas o cualquier violación de la intimidad de las hadas, a menudo con todo su poder. En los diversos relatos acerca del ungüento de las hadas se dan varios grados de culpabilidad. A veces la comadrona de las hadas se toca el ojo por inadvertencia con un dedo aún embadurnado de ungüento, y a menudo se le concede el beneficio de la duda y sólo se le quita la visión feérica. En el cuento de «Cherry de Zennor», Cherry cometió la ofensa consciente de espiar a su amo por celos, pero se le dejó la visión de su ojo humano y sólo fue expulsada del País de las Hadas. En el relato paralelo de Jenny Per-Muen, Jenny no mencionó el ungüento y dijo que la habían devuelto del País de las Hadas cuando el año y el día por el que la habían contratado expiró. Por el hecho de haber contado sus aventuras no se les impuso más castigo que la imposibilidad de volver.
El castigo más severo le fue impuesto con razón a Joan, ama de llaves del Squire Lovell, en el relato titulado «Cómo perdió Joan la visión de su ojo». Este castigo le fue impuesto por puro entremetimiento. Joan no estaba llevando a cabo ninguna tarea legítima, sino que simplemente iba a hacer una visita amistosa a Betty Trenance, que tenía fama de hechicera, pero que en realidad era un hada. Joan espió por el ojo de la cerradura antes de llamar a la puerta y vio a Betty untando los ojos de sus hijos con un ungüento verde, que escondió cuidadosamente antes de ir a abrir. Joan, sin embargo, consiguió apoderarse del ungüento y se tocó el ojo con él con el resultado habitual. Cuando reveló su visión feérica al marido de Betty, éste no sólo le cegó el ojo derecho, sino que la obligó con engaños a cabalgar en un caballo diabólico que casi la sumergió en el estanque de los patos de Tol-dava en compañía del Diablo y toda su tropa.
Las personas que espiaban las fiestas de las hadas o se jactaban de recibir favores de ellas, por lo general eran castigadas, a veces con desgracias y enfermedades, y los que robaban tesoros de las hadas lo hacían con peligro de su vida. A los espías a menudo sólo se les castigaba con pellizcos, como le ocurrió a Richard de Lelant, el viejo pescador que vio la iglesia de Lelant iluminada y se subió a una ventana para atisbar. Dentro de la iglesia vio el funeral de una reina hada, y se descubrió estúpidamente al lanzar una exclamación de sorpresa. Inmediatamente, las hadas volaron hacia él, pinchándole con armas puntiagudas. Salvó la vida gracias a poder huir. El viejo avaro en la colina de las hadas del relato de Hunt, que trató de apoderarse del estrado y la mesa reales en las fiestas de la Colina, mereció un severo castigo. En el momento en que levantaba el sombrero para cubrir con él la mesa, sonó un silbido, le lanzaron encima mil telarañas y quedó amorrado al suelo, donde le pincharon, pellizcaron y atormentaron hasta el canto del gallo. Por la mañana fue renqueando hasta el pueblo, no más rico que antes, y atormentado permanentemente por el reumatismo. Hay que reconocer que lo tenía bien merecido.
La falta de generosidad, la rudeza y el egoísmo desagradan mucho a las hadas, como muestran muchos cuentos de hadas populares. También les desagradan los individuos sombríos, y les encanta la gente de ánimo alegre.
Uno de los rasgos más notables de las hadas es su gran interés por la limpiezay las costumbres ordenadas. Esperan encontrar las chimeneas que visitan bien barridas y con agua fresca dispuesta para su uso. La ruptura de este hábito a menudo merece un castigo, como en el cuento de la lechera que olvidó dejar agua clara para los bebés de las hadas y que se negó a levantarse cuando se acordó de ello. Su compañera se molestó en levantarse de la cama para poner el agua y fue recompensada con seis peniques de plata, pero la lechera recibió como castigo una dolorosa cojera que duró siete años. Los que echan broncas y los maridos que pegan a sus mujeres son candidatos al castigo. Ruth Tongue cuenta en County Folklore la historia de un viejo granjero pendenciero, azote de su familia, que encontró la muerte en una ciénaga a causa de la mala voluntad de las hadas. En resumen, las faltas que más condenan son la curiosidad indebida, la mezquindad, el desaliño, el mal genio y los malos modales.

Volver a Hadas

Artículos relacionados