Danzas de las hadas

Son el ejercicio festivo que de modo más general se atribuye a las Hadas, grandes o pequeñas. Las hadas, hermosas o repugnantes por igual, son expertas en ello. En la literatura, a partir del siglo XVI, encontramos constantes referencias a las hadas como danzantes. En la anónima The Maides Metamorphosis, producida más o menos en las mismas fechas que «Sueño de una noche de verano», tenemos a un agradable conjunto de fiestas de hadas, acompañadas por la canción siguiente:

A la luz de la luna retozamos y jugamos,
con la noche empieza nuestro día;
mientras danzamos cae el rocío;
danzad todos, rapazuelos,
ligeros como la abejita,
de dos en dos y de tres en tres:
allá vamos, allá vamos.

Y en una época posterior del mismo siglo tenemos al jovial Obispo Corbet de «Farewell Rewards and Fairies»:

Por la mañana y también al atardecer
alegres estabais y contentos,
ni sueño ni pereza tenían
aquellas bonitas damas.

Cuando Tom volvía a casa de trabajar,
o Ciss se levantaba para ordeñar,
alegre, alegre seguía su tambor,
y ágilmente saltaban sus pies.

En el siglo XIX, cuando los cuentos de hadas habían empezado a liberarse de la tendencia dieciochesca hacia el moralismo y la alegoría, encontramos a los grotescos enanos de «Amelia y los Enanos», de J. H. EWING, que son tan amantes de la danza como el hada más delicada y elegante. Todos estos adornos literarios son fíeles a la antigua tradición del amor de las hadas a la danza y a la música. En una de las primeras anécdotas antiguas sobre hadas, el héroe de Edric el salvaje ve a su futura esposa feérica danzando en una casa del Bosque de Clun. Entre las numerosas variantes galesas de «Rhys en la Danza de las Hadas» tenemos el cuento de un joven que penetra en un anillo feérico o en un viejo molino y desaparece de la vista de su compañero, que sólo puede oir la música y no ve nada. En muchas versiones, el compañero es acusado del asesinato de su amigo, pero por fortuna sólo cuando ya casi ha pasado un año. Consigue convencer a sus jueces de que le acompañen al lugar donde desapareció su amigo. Todos oyen la música y, mientras alguien le agarra por los faldones de la chaqueta, él pone un pie dentro del anillo y de un tirón saca de dentro a su amigo, lastimosamente enflaquecido y llevando todavía sobre el hombro el tonel que llevaba cuando penetró en el anillo. E imagina que aquel único baile aún no ha terminado.
Los trows de Shetland tienen dos clases de danzas; los henkies realizan una especie grotesca de «danza de la oca», poniéndose de cuclillas en el suelo con las manos apretadas en torno a los muslos, saltando arriba y abajo y lanzando alternativamente hacia adelante las piernas; los demás trows danzan de forma exquisita, con pasos intrincados.
John AUBREY, en un fragmento ya citado, describe una auténtica danza de anillo de las hadas, vista por su maestro, y los pellizcos con que aquéllas castigaron al intruso. Las hadas diminutas y amorosas con las que Anne Jefferies afirmaba relacionarse danzaban y jugaban en el palacio al que la condujeron. Es imposible hacer una lista de todas las ocasiones en que se ha visto danzar a las hadas, pero tal vez valga la pena mencionar que muchas melodías de danza han sido supuestamente memorizadas por violinistas o gaiteros hábiles. Quizá las más conocidas de estas melodías sean la «Danza de las Hadas» de Escocia y el «Aire de Londonderry».

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