Cuentos de Hadas: Edric, el salvaje

Los hombres de Shropshire debían de estar bien familiarizados con las hadas hace quinientos años. Se decía entonces que nuestro famoso campeón Edric el Salvaje había tenido por esposa a una doncella elfo. Cuentan que un día, volviendo de cazar en el bosque de Clun, Edric se perdió y estuvo errando hasta que se hizo de noche. Iba solo, con la única compañía de un joven paje.
Finalmente vio en la distancia las luces de una casa muy grande, hacia la que dirigió sus pasos, y cuando llegó a ella vio en su interior a un gran número de damas que danzaban. Eran extremadamente hermosas, más altas y más grandes que las mujeres de la raza humana, e iban vestidas con vestiduras de lino de formas graciosas. Danzaban en círculo con movimientos suaves y ágiles al tiempo que cantaban dulcemente una canción cuyas palabras el cazador no pudo entender. Entre ellas había una doncella qué superaba a todas las demás en belleza y a cuya vista el corazón de nuestro héroe se inflamó de amor.
Olvidando los temores de encantamiento que en el primer momento se habían apoderado de él, corrió alrededor de la casa buscando una entrada, y cuando la encontró se precipitó al interior y agarró a la doncella que era el objeto de su pasión apartándola del lugar que ocupaba en el círculo. Las danzantes se le echaron encima con dientes y uñas, pero, ayudado por su paje, consiguió escapar de sus manos y llevarse a su hermosa cautiva.
Durante tres días enteros, ni sus caricias ni su insistencia lograron que ella pronunciara una sola palabra, pero al cuarto día rompió de súbito su silencio.
«¡Qué tengas buena suerte, amado mío!» -dijo ella-, «y la tendrás, y gozarás de salud, de paz y de prosperidad en tanto no me hagas ningún reproche a causa de mis hermanas o del lugar del que me arrebataste, o de nada relacionado con ello. Pues el día en que lo hagas perderás tanto a tu esposa como a tu buena fortuna; y cuando me aleje de ti, te consumirás de añoranza y morirás rápidamente».
El juró por todo lo que era más sagrado que siempre sería fiel y constante en su amor por ella: y se casaron solemnemente en presencia de todos los nobles de cerca y de lejos, a quienes Edric invitó a su banquete nupcial. En aquellos momentos, Guillermo el Normando acababa de ser coronado rey de Inglaterra. El rey, enterado de esta maravilla, deseó ver a la dama y comprobar la verdad de lo que se contaba; y ordenó a la pareja de recién casados que acudiese a Londres, donde entonces tenía la corte.
Allá fueron, pues, y con ellos un gran número de testigos de su país que llevaban el testimonio de otros que no podían presentarse ante el rey. Pero la maravillosa belleza de la dama fue la mejor prueba de su origen sobrehumano. Y el rey les dejó regresar en paz, muy maravillado.
Pasaron muchos años felizmente, hasta que una noche Edric volvió tarde de cazar y no encontró a su esposa. La buscó y la llamó durante un rato, pero en vano. Al fin, ella apareció. «Imagino» -empezó él con aire irritado- «que serán tus hermanas quienes te han entretenido tanto tiempo, ¿no?»
El resto de su recriminación se dirigió al vacío, pues en el momento en que sus hermanas fueron mencionadas ella desapareció. El dolor de Edric fue abrumador. Buscó el lugar donde la vio por primera vez, pero ni sus lágrimas ni sus lamentos pudieron hacerla volver. Clamó día y noche contra su propia locura, y fue languideciendo hasta que murió de pena, tal como su esposa había predicho hacía mucho tiempo.

El mundo de las Hadas

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