Comida de las hadas

Existen diversos relatos acerca de la comida feérica. Las hadas pequeñas y buenas, como las del cuento de la pala rotade Worcestershire y sus variantes, cuecen pastelitos deliciosos que dan a sus benefactores. Las hadas de quienes se cuentan los cuentos sobre préstamos a menudo piden que les presten grano, y lo devuelven honradamente. Según afirma J. G. Campbell en su libro Superstitions ofthe Highlands and Islands of Scotland, a menudo toman prestada harina de avena y devuelven el doble, pero siempre de cebada, pues ésta parece ser su grano natural. Las hadas también roban la esencia nutritiva de la comida humana y dejan una sustancia sin alimento. KIRK dice que roban el «foy-son» de la comida humana, y Campbell usa el término gaélico «toradh». El cuento del Arrendatario de Auchririachan ilustra este aspecto. Por lo demás, su comida, aunque por el efecto del ENCANTO parece rica y elegante, consiste en hierbas. San Collen, en el Cuento de San Collen y el rey de las hadas, rechaza desdeñosamente el banquete de las hadas calificándolo de «hojas de árbol». Según Campbell consiste en «brisgein» (esto es, raíces de argentina), tallos de brezo común, leche de ciervos rojos y cabras, y harina de cebada. El diminuto rey de las hadas de Herrick celebra un banquete proporcionado a su pequeño tamaño, pero no muy apetitoso para un mortal ordinario:
Una vez puesta la mesa sobre un pequeño champiñón, tras breves oraciones, atacan el pan; un grano del más puro trigo tostado a la luz de la luna, con algún granito de arena brillante sobre el que comer sus bocados selectos; luego por tres veces celebran un banquete menos grande que encantador.
Y ahora, debemos imaginar primero a los elfos presentando, para calmar su sed, un puro aljófar de rocío recién caído,
servido y endulzado en una azul y grande violeta; tras lo cual, sus ojos alegres empiezan a recorrer toda la mesa, en la que avista las antenas de mariposas finas como el papel, de las que come, y prueba un poco de lo que llamamos baba de cuclillo.
Al lado se encuentra un pudin de bejín, pero no lo bendicen sus manos, que estaba demasiado crudo; pero luego, sin tardanza, se arroja intrépido sobre la médula de junco azucarada, y come la dulce bolsa de las sabias e hinchadas abejas: alegrando su paladar con cierto acopio de huevos de hemíptero; ¿qué más querrá? Barbas de ratón, un muslo hervido de salamandra, una tijereta ahumada y una mosca; con el gusano del jilguero, encerrado en la concavidad de una nuez, tostado como su diente.
Una pequeña polilla recién cebada en un trozo de tela: con cerezas mustias; orejas de mandragora; ojos de topo;
con ello, lágrimas de venado muerto: la untuosa papada de un caracol; el corazón roto de un ruiseñor celebrado con música; con un vino no arrebatado de la embellecedora parra, sino suavemente prensado del lado tierno de la más dulce y exquisita rosa de té, y servido en una exquisita margarita, que él bebe ávidamente para hechizar la sangre y fortalecerla; hecho lo cual hizo bendecir la mesa a su sacerdote; el banquete ha terminado.
Es dudoso que esta dieta tenga algún fundamento popular. Puede ser muy bien producto de la fantasía de Herrick. En uno de los cuentos más horripilantes de Lady Wilde, el rico banquete servido en la corte de las hadas le pareció a un visitante mortal de la cocina el cuerpo de una vieja bruja. Es seguro que todos los alimentos servidos en el País de las Hadas llevaban especias y estaban transformados por el encanto.

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