Comadrona de las hadas

Entre los temas que giran en torno de la Necesidad de los seres humanos por parte de las hadas, encontramos, desde los tiempos más antiguos, historias de mujeres mortales a las que han ido a buscar para que actuaran como comadronas de madres hadas. Una de las más recientes es la de una comadrona de distrito a la que fue a solicitar un anciano desconocido que subió al autobús cerca de Greenhow Hill, en Yorkshire, y que condujo a la comadrona a una cueva situada en la ladera de Greenhow Hill, cuyos ocupantes resultaron ser una familia de PIXIES. Lo interesante, dado que los pixies no son nativos de Yorkshire, es que en Greenhow Hill habían trabajado unos mineros oriundos de Cornualles. Esta anécdota estaba en circulación en la década de 1920 y en años posteriores. El motivo del ungüento de las hadas no aparece en esta versión. La versión más antigua del cuento de la comadrona se encuentra en la obra del siglo XII Otia Imperialis, debida a Gerbacio de Tilbury. El más completo, tal vez el único cuento completo de la comadrona de las hadas, lo da John Rhys en Celtic Folklore. Da la versión galesa -consignada por escrito por William Thomas Solomon, que lo escuchó de su madre, quien a su vez lo había aprendido de una anciana de Garth Dorwen unos ochenta años antes-, y la traducción inglesa:
Hace mucho tiempo, vivían en Garth Dorwen un anciano y su esposa. Fueron a Carnarvon para contratar a una sirvienta en la Feria de Todos los Santos. En aquellos tiempos, era costumbre que los jóvenes y las muchachas que buscaban un trabajo se situaran en lo alto del actual Maes, junto a una pequeña eminencia verde en la que hoy se encuentra la oficina de correos. El anciano y su mujer se dirigieron a aquel lugar y vieron allí a una joven de pelo rubio, que estaba un poco separada de los demás; los ancianos se le acercaron y le preguntaron si quería un puesto. Ella contestó que sí, hicieron el trato enseguida, y la muchacha se presentó en la casa a la hora convenida. En aquellos tiempos, durante las largas noches de invierno, era costumbre dedicarse a hilar después de la cena. Pero la sirvienta salía a hilar al prado a la luz de la luna, y la Tylwyth Teg iba a cantar y a bailar en su presencia. Y, en un momento dado de la primavera, cuando los días ya eran más largos, Eilian se escapó con la Tylwyth Teg y no volvieron a verla más. El campo donde fue vista por última vez se llama aún hoy el Campo de Eilian, y el prado se llama el Prado de la Doncella. La anciana de Garth Dorwen tenía la costumbre de ayudar a las mujeres a dar a luz, y estaba muy solicitada en todas partes. Algún tiempo después de la huida de Eilian, un caballero se presentó ante la puerta una noche en que había luna llena, aunque llovía ligeramente y había un poquito de niebla, para recoger a la anciana y llevarla con su esposa. Así pues, se fueron en el caballo del hombre, y llegaron a Rhos y Cwrt. En aquella época, había en el centro del rhos algo así como un terreno elevado que parecía una vieja fortificación con muchas piedras grandes encima, y un gran montón de piedras en el lado norte: aún se ve hoy en día, y se conoce con el nombre de Bryn i Pibion, pero yo nunca he visitado ese lugar. Cuando llegaron, entraron en una gran cueva y pasaron a una habitación en la que estaba la esposa, acostada en la cama; era el lugar más magnífico que había visto en su vida. Después de ayudar a la madre a dar a luz felizmente, la anciana se dirigió al fuego para arreglar al niño; y cuando lo hubo hecho, el marido se le acercó y le dio una botella de ungüento para que untara con él los
ojos del niño; pero le rogó que no tocara sus propios ojos con él. La cuestión es que, tras dejar la botella a un lado, la anciana sintió picor en un ojo, y se lo frotó con el mismo dedo que había utilizado para frotar los ojos del pequeño. Y entonces vio con ese ojo que la esposa yacía sobre un montón de juncos y heléchos secos en una gran cueva, con grandes piedras a su alrededor, y con un pequeño fuego en un rincón; y también vio que la dama no era otra que Eilian, su antigua sirvienta, mientras que, con el otro ojo, contemplaba el lugar más magnífico que había visto en su vida. No mucho tiempo después, la vieja comadrona fue al mercado de Carnarvon y encontró al esposo, y le dijo: «¿Cómo está Eilian?»
«Está muy bien» -contestó el hombre-. «Pero, ¿con qué ojo me ve usted?»
«Con éste» -fue la respuesta; y el hombre cogió un junco y le sacó el ojo al instante.
En la conversación, el viejo Solomon mencionó las enormes cantidades de lino hilado por Eilian cuando se sentaba en el prado con las hadas. Aquí tenemos la historia de la muchacha de cabellos dorados amada por las hadas o la Tylwyth Teg, el bebé semihumano que necesita el ungüento feérico para aclarar su visión, el encanto lanzado a los ojos humanos y la pérdida del ojo que ve. Estos relatos de comadronas son corrientes y, según la historia de la morada de las hadas de Selena Moor, las puras hadas se reproducen poco, pero no parece irrazonable deducir, de este relato y del de Cherry de Zennor, que los niños feéricos que necesitan el ungüento son híbridos.

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