Ouija: una práctica fascinante 3

• El silencio absoluto ha de ser norma a seguir en todo momento. Salvo, naturalmente, cuando el médium formule las preguntas. Puede darse el caso, y es bastante frecuente, que en el transcurso de una sesión a algún participante se le ocurra alguna cuestión interesante y sienta deseos de transmitirla al «ente» que parece estar flotando sobre la mesa. En ese caso, lo mejor es recurrir al «notario», que está junto a la mesa apuntándolo todo y pedirle, por señas, los útiles de escribir, y una vez formulada la pregunta por escrito entregársela al médium o a la médium para que la lea en voz alta.
• El sexo femenino, en general, suele ser más sensible que el masculino. Y ésta es la razón por la cual, de haber mujeres en la reunión, debe pedírsele a una de ellas que haga las veces de médium. Si la elección ha sido acertada, debe conservársela en su puesto durante las sesiones posteriores.
• Suele ocurrir, sobre todo en las primeras sesiones, que alguien haga comentarios inoportunos, se ría por lo bajo y cometa cualquier otra inconveniencia más o menos conscientemente; hay que separarlo del juego. Lo sepa o no, su actitud es consecuencia de un deseo de «bombardear» la posibilidad de comunicación.

Divertidos, ocurrentes, amistosos

• Esto no quiere decir que haya que celebrar las sesiones de acuerdo con algún rito determinado o adoptando la severa actitud de quien asiste a un oficio religioso. Esto nace del temor y, como ya hemos dicho, no hay que tener temor alguno al acercarse a la ouija. Por el contrario, uno debe sentirse en posesión de toda su voluntad. Pero si el silencio o una cierta clase de compostura se pierden, lo más probable es que el «ente» a quien se ha convocado desaparezca del escenario, tal vez definitivamente. Los «espíritus», en este aspecto, suelen ser
muy quisquillosos. Y, desde luego, parece no gustarles en absoluto que se les tome en broma.
• Pero, hay que insistir una vez más, no les tengamos miedo. ¿Quién puede temer a un amigo, al que sabernos afín a nosotros, aunque sea la primera vez que lo «veamos»?
• Si los «espíritus» han gozado durante tanto tiempo de muy mala prensa, ello se debe a nuestra manía de relacionarlos obsesivamente con la muerte, y a relacionar con la muerte toda clase de horrores imaginarios. Las convicciones religiosas los han marginado, generalmente, del círculo de sus preferencias. Sin embargo, ¿qué puede hacer pensar que algo que se manifiesta «inteligentemente» puede ser mejor o peor que la persona cuya inteligencia recibe el mensaje? Si hay receptor y transmisor, quiere decirse que ambos están en la misma onda, Nadie, a nivel moral, puede hacerle daño a uno, sino uno mismo.
• De hecho, quienes han practicado durante algún tiempo el juego de la «ouija» coinciden en señalar que la mayoría de los «espíritus» que aceptan acercarse a la mesa suelen ser de buen «carácter»: divertidos, ocurrentes y amistosos. Quienes han experimentado durante más tiempo dicen algo más interesante: cada uno de ellos tiene una «personalidad» propia…
• Una cuestión a tener en cuenta para evitar sorpresas desagradables es la muy simple de preguntar, antes que cualquier cosa, si el «ser» que se va a acercar a nuestra reunión es de naturaleza «buena» o «mala». En la mayoría de los casos se obtendrá la primera respuesta. Pero si se produce la segunda, lo más sensato es cesar de inmediato en el juego para intentarlo de nuevo, si se desea, al cabo de unas horas. O puede dejarse para la próxima reunión.
• Es bastante improbable, pero también puede ocurrir que la segunda respuesta siga apareciendo en las reuniones sucesivas. Quiere decirse entonces que alguien del grupo no es la persona óptima para realizar la comunicación.
• Debe presionarse la plancha —o, en su caso, el vasosuavemente con el índice, formando todos los dedos índices un círculo. Hay quien, en su ingenuidad, piensa que el vaso o la plancha cobran fuerza y se mueven por sí solos. Aunque a veces, y esto es asombrosamente cierto, ocurre, lo normal es que sea la fuerza física de los presentes, ejercida más o menos conscientemente, la que imprima sus movimientos a la plancha. Pero la sensación subjetiva que se produce, al haber varios participantes, es muy curiosa: parece que se moviera por si sola…
• Si hubiera que resumir en una sola norma todas las anteriormente reseñadas, esa norma sería: tranquilidad. Un ambiente sosegado, donde reine un estado de ánimo de calma incluso voluptuosa, no sólo es excelente para que lleguen a recibirse mensajes oportunos, claros y positivos. Es, también, el mejor «salvoconducto» para sortear toda clase de peligros en este mundo de sombras.
• Finalmente, una sencilla norma de carácter práctico: tenga la precaución de embadurnar ligeramente el tablero, antes de cada sesión, con una pequeña cantidad de polvos de talco. De este modo el vaso o la plancha podrán deslizarse con toda suavidad.
Tal vez usted no se conforme, al cabo de cierto tiempo de práctica, con recibir estos escuetos «telegramas» y quiera ir más allá, quiera recibir verdaderas «cartas» de ese impreciso y vertiginoso territorio que jamás percibiremos con la sola fuerza de nuestros cinco sentidos. A continuación le hablaremos de la temible escritura automática. Pero vaya por delante una seria advertencia: aquí ya no se traía de un juego de niños…

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