Ouija: una práctica fascinante 1

Una fiesta, no un entierro

•Atención a las fases de la Luna. Las comunicaciones más claras, inspiradas y emocionantes (también a veces las más sugestivas y, en ocasiones, las más peligrosas) suelen coincidir cuando la Luna llena brilla en todo su esplendor. Si se trata de jugar a la «ouija» sistemática y sucesivamente, lo mejor es adecuar el ritmo de las sesiones al movimiento creciente de la Luna.
• El campo, especialmente la montaña y de modo particular la orilla del mar si se trata de un rincón apartado, es el lugar ideal para establecer este tipo de comunicaciones. Psíquicamente, la ciudad no es buena para nada, y para esto tampoco. De todas formas, si no le queda más remedio que experimentar en una gran urbe, lo mejor es hacerlo en una zona tranquila y silenciosa hasta donde sea posible, y si es en un ático, mejor.
• Nuevas vibraciones equivalen a buenas comunicaciones. Como todo en este mundo, lo semejante atrae a lo semejante. Si usted está de buen ánimo, si se siente cordial, receptivo y dispuesto a comunicar una cierta dosis de calor humano a todo cuanto le rodee, no dude que la sesión de «ouija» constituirá un éxito tan completo como provechoso.
• No se desanime si las primeras sesiones no son todo lo satisfactorias que se espera. Se requiere un cierto entrenamiento, que da la práctica, un poco de paciencia y algo de tenacidad. No prolongue nunca las sesiones cuando aparezcan los primeros síntomas de fatiga nerviosa. Con la práctica, comprobará que el vaso o la plancha van desanquilosándose por sí solos y no tardarán en moverse con sorprendente soltura. Pero no «empuje» a los acontecimientos ni fuerce las circunstancias. La fluidez es algo que nace con toda espontaneidad si no se le oponen obstáculos. Imagínese que la mesa es una pista de hielo…

Nadie debería experimentar el más ligero temor al acercarse por primera vez a la ouija, ya que, pese a cierta literatura descalificadora, se trata de un juego inocuo a poco que los participantes sean personas normales y gocen de una dosis habitual de sentido común. Y ello, independientemente de cuáles sean las opiniones personales sobre la posible existencia o no de los «espíritus» desencarnados.

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