Método de escritura automática

Una entidad tan extraña que todo se ignora de ella (salvo que puede llegar a ser extremadamente peligrosa) se apoderará de su mano, desencadenando un río tumultuoso de palabras que usted escribirá «al dictado», sumido en la estupefacción.
La escritura automática es un afilado cuchillo de doble filo y todas las precauciones son pocas. Así como los riesgos derivados de la «oui-ja» o de la práctica de las psicofonías son despreciables, no ocurre lo mismo con la escritura automática, puesto que nadie se salva de llevar en su mente el germen de la esquizofrenia; y esta práctica, si se realiza de forma desordenada o abusiva, entraña algunos riesgos, salvo para unos pocos «supermanes». Es de sentido común. Se requiere un poco de entrenamiento y ser fiel a unas cuantas normas.
Sin embargo, la escritura automática, practicada con la necesaria moderación, es uno de los más formidables tónicos para el espíritu que se conocen: desarrolla la fantasía, la imaginación, la sensibilidad y, sobre todo, la curiosidad por este extraño y fascinante universo en que vivirnos. No afirmaremos —ni negaremos— que por medio de ella se conecte con los «espíritus»; pero sí que abre puertas inéditas a la mente y que, en definitiva, puede ser un medio excelente para enriquecer la personalidad.
Papel y lápiz es todo lo que hace falta en el plano material. En el plano mental se requiere traspasar ciertos umbrales de percepción a los que se accede tras aminorar en lo posible la tensión consciente. Hay que «dejarse llevar» por lo que venga.
Como es bien fácil deducir, se trata de un sistema de «comunicación» al alcance de cualquiera, lo que no quiere decir que cualquiera pueda practicar la escritura automática con éxito; pero todo el mundo puede, al menos, intentarlo.
Si se decide a ello, observará cosas muy curiosas. Al cabo de unos segundos o, en el peor de los casos, varios minutos, su mano empezará a moverse de forma inhabitual, como empujada por una fuerza que no fuera la suya. Sobre el papel primero dibujará algunos rasgos inconexos y luego palabras con mayor o menor ilación entre sí. En la mayoría de los casos, ni los caracteres gráficos ni el estilo corresponden a lo que normalmente escribe el sujeto. La escritura se produce de forma espontánea, o bien respondiendo a las preguntas de algún testigo, que han de formularse, preferentemente, en voz baja. A veces el sujeto escribe de forma invertida (se puede leer colocando el escrito delante de un espejo), otras veces es el orden de las letras el que se invierte, apareciendo —por ejemplo— la palabra «Súsej» por «jesús». No tardará en aparecer la presencia escrita de un «personaje» que se atribuirá la paternidad de los párrafos. Si antes de iniciar la sesión se ha hecho una típica invocación espiritista, el «personaje» aparecerá casi indefectiblemente. Otra curiosidad más: cada «personaje» tiene su estilo propio, y en muchos casos, sus propios rasgos caligráficos.
En algunas sesiones mediúmnicas de «profesionales», el ambiente está tan cargado de energía psíquica que la mesa —aparentemente— se mueve por sí sola. Se trata de un fenómeno clásico que la parapsicología etiqueta como «telequinesia». Pues bien, en ciertos casos se ha sujetado un lápiz a una pata de la mesa y ésta se ha puesto a escribir su mensaje sobre una superficie adecuada. Tanto en esta modalidad, conocida como psicografía indirecta, como en la anteriormente reseñada, las características de los escritos son las mismas: a cada personaje corresponde un estilo y una caligrafía que le son propios.
Al contrario de lo que ocurre con las «comunicaciones» recibidas a través de la «oui-ja» o las psicofonías, con la escritura automática los «espíritus» se explayan a placer, llegando a veces a rellenar cuartillas y más cuartillas a velocidades increíbles. Se cuenta de ciertos médiums que son capaces de transmitir miles de palabras en pocos minutos, empujados frenéticamente por una extraña actividad… Le advertimos que a usted podría sucederle lo mismo.

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