En los límites de la muerte

espiritismo

Para Allan Kardec, padre del espiritismo moderno, existe un «Fluido Universal» por medio del cual los seres humanos pueden entrar en contacto con entidades desencarnadas.

El suceso de las hermanas Fox corrió como la pólvora por Estados Unidos primero y por toda Europa después. ¡Se había logrado establecer un contacto «telegráfico» con los muertos! Es difícil imaginarse lo que tal «acontecimiento» supuso para la mentalidad de aquel tiempo. El desarrollo industrial estaba comenzando a adquirir una velocidad vertiginosa. Hasta entonces, y desde sus primeros pasos, la Humanidad no había conocido medios de transporte más rápidos que el barco de vela y el caballo. Con el ferrocarril y sus «caballos de vapor», se había sobrepasado un límite inaudito. El ingenuo optimismo decimonónico había concebido la idea de que todos los límites serían sobrepasados. Incluso los límites de la muerte. De ahí el éxito de una doctrina que, basada en las experiencias de las hermanas Fox y otras médiums que comenzaron a proliferar como hongos, había adoptado el nombre de «Espiritismo».

Los pilares teóricos en que Allan Kardec basaba su doctrina espiritista son muy simples. Al igual que el cristianismo, el espiritismo considera la existencia de Dios, ente de la naturaleza espiritual, inmortal e intemporal que ha sido el creador del Universo. Pero con la particularidad de que esta entidad suprafísica se ocupó primero de crear el mundo de los espíritus para posteriormente sacar de la nada el mundo material que nos rodea.
El ejército de los espíritus, consecuentemente, tiene sus grados. Según la visión de Kardec, éstos son, a grandes rasgos, los diferentes espíritus existentes:

El espíritu y el periespíritu

Un espíritu no es más que un ser humano despojado de un cuerpo físico. El hombre consta de tres partes: un alma, que sería inmortal; un periespíritu, también llamado cuerpo astral o cuerpo etéreo, y un cuerpo físico.

En el momento de la muerte el alma se retira del cuerpo rodeado del periespíritu que la individualiza y la mantiene en su forma humana. La forma del periespíritu es la forma humana, y cuando se nos aparece es generalmente aquella bajo la cual hemos conocido al espíritu en su vida; no tiene la tenacidad ni la rigidez de la materia compacta del cuerpo; es, si podemos expresarnos así, flexible y expansible; por esto la forma que toma, aunque calcada sobre la del cuerpo, no es absoluta: se pliega a voluntad del espíritu, quien puede darle tal o cual apariencia y le ofrece una resistencia insuperable. Desembarazado de esta traba que le comprimía, el espíritu se extiende o se estrecha, se transforma; en una palabra, se presta a todas las metamorfosis, incluso a las más inauditas, según la voluntad que obra sobre él. Merced a esta propiedad de su envoltura fluídica es como el espíritu que quiere hacerse reconocer; puede, cuando es necesario, tomar la exacta apariencia que tenía en vida, hasta la de los accidentes corporales que pueden ser signos de identidad.
El periespíritu o «Fluido Universal» se definiría como semimaterial, siendo el intermediario entre la materia y el espíritu.

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