Embajadores del mundo subterráneo

allan kardec

Médium Eva Los médiums son a veces capaces de generar figuras ectoplasmáticas absolutamente «reales» durante el trance. En el caso de la fotografía, el ectoplasma está brotando de la oreja.

Se crea o no en la existencia de seres desencarnados, una mezcla de asombro, estupor y angustia es el sentimiento generalizado que quienes los invocan despiertan. Los médiums son capaces de ofrecernos una realidad donde no existe la lógica y donde todas las leyes del universo son despreciadas.
Desde los albores de la Humanidad se conoce la existencia de personas que, según el pensar de sus coetáneos, parecían poseer cualidades extraordinarias que trascenderían el espacio, el tiempo y las leyes físicas conocidas. En la antigua Grecia se las conocía como Pythias. Damas sacerdotisas que tras aspirar vapores embriagantes o beber extrañas pócimas que hoy identificaríamos con ciertos narcóticos de efectos alucinógenos, caían en un estado de sopor hipnoidal y en tal fase (trance) se creían poseídas por un dios de la mitología helena. Ante sacerdotes y fieles, con voz cadenciosa y lejana, ofrecían sus mensajes que, a veces, tenían un marcado carácter premonitorio.
Sin embargo, hasta mediados del siglo pasado, la figura del «médium» no aparece en el panorama occidental con todos los atributos de su tenebrosa y taumatúrgica identidad. El siglo de los grandes médiums, como ha sido denominado, iba a ofrecernos una figura humana de características tan misteriosas y espeluznantes que sólo en muy raras ocasiones ha vuelto a repetirse en el marco de nuestra cultura. La asombrosa historia de Daniel Douglas Home, «el Irlandés Volador», que relatamos a continuación, da idea del ambiente, mágico y real a la vez, que entonces se vivía, y cuya evocación continúa sobrecogiéndonos.

Levitación en trance

Los conserjes del Hotel Cox en la calle de Jermyn se miraban inquietos aquella tarde invernal de 1855. Barruntaban que algo estaba ocurriendo en una de las habitaciones de la segunda planta, alquilada a un tal Mr. Home. El patrón había estrechado su amistad con aquel caballero de gestos afeminados, pero cuya mirada penetrante impresionaba vivamente al personal del establecimiento.
Mientras la lluvia repicaba en los ventanales de cuchilla, cuatro personas se agrupaban alrededor de una pesada mesa: lord Broughan, sir David Brewster, Mr. Cox y Daniel Douglas Home. Brewster era profesor de Física y quedó muy impresionado por lo que aquella desapacible tarde ocurrió. La mesa comenzó a vibrar de una forma inquietante. La luz tamizada a través de las húmedas cristaleras permitía perfectamente ver todo lo que ocurría. En un momento dado las trepidaciones casi insoportables del mueble se trocaron en inquietantes golpes, como si un puño invisible batiera furiosamente el tablero. Sin embargo, ninguno de los conmovidos asistentes a la sesión tenía contacto con aquél. Espontáneamente la mesa se levantó unos palmos sobre el pavimento. Levitando en el aire oscilaba de una manera extraña durante unos minutos, para caer luego bruscamente.
Mr. Cox colocó una campanilla sobre la alfombra. Durante largo rato permaneció estática hasta que ahfin comenzó a tocar, agitándose violentamente sin que nadie hubiera establecido contacto con el instrumento de bronce. El inductor inconsciente de aquellos sorprendentes fenómenos parecía ser Mr. Home, un irlandés nacido en Edimburgo el 20 de marzo de 1833. Las singulares dotes de este hombre con aspecto enfermizo y delicadas maneras se pusieron de manifiesto en su infancia.

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