Embajadores del mundo subterráneo 1

Espiritista convencido, no dudaba de que las entidades de ultratumba se manifestaban a través de su persona.
En 1857 fue invitado a las Tullerías, en París, y Napoleón III pudo comprobar las maravillosas facultades del joven Daniel. Una mesa de madera maciza fue proyectada hacia el techo y un lápiz manipulado misteriosamente trazó la caligrafía de Napoleón Bonaparte. De él contó lord Adare que, el 16 de diciembre de 1868, estando en fase de trance, salió por una ventana a la calle y flotando en el espacio volvió a penetrar en el piso ante la angustiosa expectación de los presentes.
Hasta William Crookes, el eminente físico a quien se deben los más importantes análisis de los rayos catódicos —que hacen posible la televisión de nuestros días—, descubridor del elemento químico talio (1861) e inventor del radiómetro, se sintió interesado por estudiar los fenómenos generados por aquel singular británico. En 1869 inició sus trabajos con Home. Sus instrumentos de laboratorio permitieron valorar la intensidad de las fuerzas misteriosas que el médium ejercía sobre la materia. Las postrimerías del siglo XIX presentan una generosa proliferación de personas —preferentemente mujeres— capaces de repetir las hazañas de Daniel D. Home en los gabinetes de investigación de los grandes científicos de la época.
Fue llamada, como decimos, la época de los «grandes médiums». Junto con el personaje ya citado, descuella, como una lumbrera que no ha tenido parangón en años venideros, Eusapia Palladino, una italiana nacida en 1854 en un pueblecito de los Abruzzos. Una triste adolescencia. Huérfana desde su llegada a la vida, sufrió una grave fractura ósea y poco después se vio inusitadamente obligada a servir como pequeña criada. Años más tarde, sus nuevos señores, la familia Migaldi, comprobaron que la joven Eusapia, mientras quedaba dormida espontáneamente e inmóvil en su silla, desencadenaba en su entorno asombrosos movimientos de enseres y muebles.
Una mañana, la Palladino había caído en estado estuporoso. Sus ojos inmóviles parecían orientarse hacia la lejanía. Estaba en el patio de la mansión. Los sillones de mimbre comenzaron una inquieta danza, se agitaban y golpeaban el suelo con violencia como empujado por manos invisibles.

Distintas culturas, idénticos síntomas

El fenómeno de la mediumnidad, que en antropología adopta el nombre de chamanismo, es una constante universal. En el seno de todas las culturas, hombres y mujeres cuyos rasgos de personalidad son idénticos, han experimentado el mismo cuadro psicofisiológico, matizado o iluminado, en cada caso, por las características del marco social.
Siempre se ha dado el papel de «mediador» entre los espíritus de los muertos y los hombres de la tribu. Tanto en Siberia como en la América precolombina o el Asia Central, el chamán se comporta de la misma forma, de acuerdo con un cuadro que la psiquiatría mecanicista consideraría de «histérico», pero cuya misma universalidad constituye un serio motivo de reflexión.

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