El camino del médium

espiritismo

«El rey de los médiums», Daniel Douglas Home, era capaz de cosas tan extraordinarias como salir levitando por una ventana, dar la vuelta a la esquina y entrar por otra. Acabó loco.

Mucho más simple de lo que se supone, el ejercicio de la mediumnidad, al despertar sus facultades dormidas, puede aportarle experiencias fabulosas… o conducirle al peor de los infiernos.
La mala literatura, espiritista o no espiritista, ha hecho retratos tremebundos de los médiums, seres a los que se nos ha querido presentar como a medio camino entre este mundo y el otro, individuos cuasi sobrenaturales y un tanto excéntricos, cuyos «poderes» podían decidir, o poco menos, la suerte de la Humanidad… Personas reconcentradas, ceñudas, sibilinas, capaces en el mejor de los casos de echarnos «mal de ojo» y con quienes era preferible tener los menos tratos posibles. Mucho han tenido que ver las inquisiciones de varios colores en tan esperpéntico retrato, tan alejado de la realidad como todas las caricaturas hechas con mayor o menor dosis de mala fe.
Otra variante de la misma leyenda negra nos presenta al médium como a un individuo delicado, enfermizo, hipersensible, de extremada palidez, poca vitalidad y a dos pasos de la neurosis. Y aunque este segundo dibujo tal vez se acerque más a la realidad que el primero, peca de parcial, tópico y tendencioso. La finalidad de ambas «instantáneas», tan profusamente divulgadas, es la misma: desprestigiar por principio unas prácticas no demasiado bien comprendidas ni toleradas por quienes pretenden imponernos sus inflexibles ortodoxias.
En realidad, médiums lo somos todos, en mayor o menor medida. Porque la mediumnidad no es más que el resultado de una cierta actitud de la conciencia radicalmente distinta de la que adoptamos de ordinario: en vez de acercarnos al mundo tratando de resolver, uno por uno o todos a la vez, nuestros problemas, nos olvidamos de ellos y esperamos que el mundo se acerque a nosotros para manifestarse tal y como es. El grado más alto de esta actitud tan poco utilitaria es la pura contemplación que conduce al éxtasis.
Tanto para jugar a la «ouija» como para intentar la escritura automática, es necesario que los participantes gocen, en mayor o menor medida, de ese especial estado de gracia que es la mediumnidad. Lo mismo cabe decir si lo que se intenta es establecer «comunicaciones» por medio de las psicofonías.
Lo que no quiere decir que para realizar tales experiencias se precisen condiciones mediúmnicas excepcionales, ya que ni la «ouija», ni la escritura automática, ni las psicofonías son prácticas paranormales «duras» que requieran la presencia de experimentados «especialistas». Conviene, sin embargo, que el lector sepa cómo aparece la figura del médium desde las perspectivas del espiritismo y de la parapsicología. Del médium, por supuesto, capaz de hacer cosas excepcionales, no del médium corriente y moliente que habita en cada uno de nosotros.
Pero el espiritismo, naturalmente, ha elaborado teorías «metapsíquicas» para tratar de explicar la extraña fenomenología mediúmnica. Parece ser que existe, según dicen, una fuerza enormemente positiva circundando el planeta, a la que los médiums tienen fácil acceso gracias a un especial desarrollo de su «periespíritu», especie de fluido sutil, a mitad de camino entre el espíritu y la materia, que le permite desdoblamientos varios y comunicaciones ultramontanas de índole diversa. Algunos estados de trance especialmente profundos son explicados a plena satisfacción (de los propios espiritistas) con el «blandiblú» del «periespíritu» que, abandonando el cuerpo del médium, aunque unido a él por un cable coaxial o «cordón de plata» que surge del ombligo (hemos visto una imagen similar en los vuelos espaciales), es capaz de alargarse hasta extremos inconcebibles…
Más interesantes resultan algunas observaciones sobre la mediumnidad realizadas por quienes han preferido estudiar el fenómeno desde sus vertientes verificables.
Por ejemplo, según Lombroso, «la inteligencia del médium puede variar desde la ultramediocridad de Politi, al espíritu superior de Mlle. d’Espérance, pero en trance el médium más estúpido puede manifestar una inteligencia extraordinaria. Por lo que toca a la moralidad, unos médiums son lascivos, mientras que otros se acercan a la santidad, como Miss Smith y Stanton Moses».
Otra observación interesante y frecuentemente constatada es la de que, tratándose de fenómenos intelectuales y de «posesión», las relaciones entre «espíritu» y médium son iguales o parecidas a las que hay entre hipnotizador e hipnotizado… El médium profundo cede a la fascinación que se ejerce sobre él y renuncia a su voluntad y a su consciencia de modo absoluto… Luego, al despertar del «trance», preguntará a los reunidos qué ha sucedido.

Peligros y advertencias

Está claro que tales cosas sólo las pueden hacer los grandes médiums auténticos. Junto a ellos pululan multitud de falsos médiums, a quienes toda persona medianamente observadora e instruida en estos asuntos puede fácilmente desenmascarar… Pero no siempre. Y aquí viene la mayor dificultad del asunto: muchos médiums auténticos recurren en ocasiones al fraude para quedar bien con sus investigadores o con su público.

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