Caligrafía del Diablo 2

Los oscuros hechos de los apóstoles

Geraldine Cumminns, hija de un profesor irlandés, de Cork, primero lentamente y luego a una velocidad desconcertante, comienza a «dejarse» escribir en diciembre de 1923. ¡Y qué cosas escribe! Pierde casi completamente el sentido cuando lo hace, y, lo más sorprendente del caso, jamás había sentido el menor interés, hasta esa fecha, por los temas a que su abandonada mano hace mención. Tampoco había visitado, ni tenido intención de hacerlo, los parajes que describe. Jamás se había sentido atraída por la arqueología bíblica, la historia de las religiones o la teología. Aunque había viajado mucho a lo largo de su vida, nunca estuvo en Palestina ni en Egipto, países abundante y precisamente «filmados» en sus prolijas narraciones.
Las «Crónicas de Cleofás», su primer libro, ha sido considerado, en cierta forma, como un complemento de «Las Epístolas de San Pablo» y «Los hechos de los apóstoles». Según narra San Lucas, Cleofás era uno de los discípulos que Jesucristo encontró después de su resurrección en el camino de Emaús. La historia de la señorita Cumminns comienza inmediatamente después de la muerte de Jesús y termina cuando San Pablo abandona Macedonia para viajar a Atenas. Hay abundantes descripciones de los comienzos de la Iglesia y de la obra llevada a cabo por los apóstoles. A continuación publica un segundo libro, «San Pablo en Atenas», y un tercero, «Los grandes días de Éfeso», que describe acontecimientos de los años 52 a 55 de la Era Cristiana; entre ellos, cómo San Pablo funda una importante comunidad en una ciudad de Asia Menor célebre por su templo de Artemisa.

Una historia alucinante

El doctor Prince, miembro de la Sociedad Americana de Investigaciones Psíquicas, publicó en 1927 un libro que levantó ampollas, sembró vientos y distribuyó tempestades por esta porción del planeta que se considera a sí misma como «civilizada». «El caso de Patience Worth», así se llamaba el libro, se refería a las misteriosas facultades de la señora John H. Curran, autora de bastantes historias escritas o que le habían sido dictadas en estado de trance; facultades, por otra parte, bastante inverosímiles en una mujer poco cultivada y de condición bastante modesta. Nacida en 1833, en Mount City, se había visto obligada a abandonar la escuela a los catorce años, con conocimientos muy reducidos, tanto en historia como en cualquier otra materia.
En el más vulgar de los anonimatos habría de pasar todo el siglo xix y los primeros años del xx, sin que ningún rasgo de su personalidad pudiera dejar traslucir la fama que iba a adquirir después. Así las cosas, cierto día de 1913, un amigo le mostró un tablero de «ouija», sin que la señora Curran mostrara especial interés por el tema. Jugó con desgana y obtuvo del vaso algunas palabras inconexas»
Sin embargo, algún tiempo más tarde, exactamente el 8 de julio de ese mismo año, la señora Curran volvió a apoyar su dedo sobre el vaso, y entonces apareció por primera vez un «personaje» que no habría de abandonaría durante mucho tiempo, una extraña «entidad» femenina que manifestó llamarse Patience Worth y que, a través de! vaso, primero, y después utilizando las cuerdas vocales y la pluma de la propia señora Curran, dio a conocer al mundo una historia alucinante.
La señora Curran se muestra en las primeras sesiones bastante confundida, cree haberse equivocado y duda de la verosimilitud del «personaje» que la visita. No es para menos, puesto que los mensajes estaban formulados en un «inglés bastante antiguo y conciso, muy diferente del que se habla en los Estados Unidos…». «La propia Patience se encargará de explicar la razón de su anticuado lenguaje, pues aseguró haber nacido en 1649 en una granja de Dorsethire, Inglaterra, y haber recibido la muerte, tras una serie de azarosas vicisitudes, a manos de un indio en América…». «Patience» tiene clara memoria de la casa de su padre y del paisaje que la rodeaba, y da una serie de detalles, algunos de los cuales se revelaron exactos al ser comparados «in situ».
No ha de conocer ya el descanso la señora Curran tras su «amistad» con «Patience», quien le «dicta» historias y más historias hasta completar una producción literaria superior a los tres millones de palabras.
Multitudinarias palabras, sí, pero desarrolladas con una coherencia impecable a lo largo de narraciones tan hermosas como sorprendentes. La primera de ellas, «The sorry Tale», transcurre en la época de Cristo. Historiadores y literatos dudaban entre la confusión y el asombro: era increíble que una obra de tal belleza literaria, de tal precisión histórica, en la que el ambiente de la época estaba tan perfectamente reflejado, fuera el producto de una mujer sencilla y, como hemos dicho antes, semianalfabeta.
Y se amontonan, claro, las preguntas. ¿De qué forma la señora Curran, que no hablaba más que el americano corriente, podía conocer las particularidades de la lengua inglesa antigua tan a fondo? Y, sobre todo, ¿quién era esa enigmática «Patience» que hablaba y escribía por intermedio de la señora Curran? ¿Quién está en condiciones de resolver satisfactoriamente, hoy por hoy, tales enigmas? ¿A tanto llegan las facultades y posibilidades del inconsciente humano?
Preguntas sin respuesta posible, que son las que más espolean la curiosidad humana. Cualquiera de nosotros, sin em bargo, podría plantearse preguntas semejantes —y tal vez, incluso, obtener una respuesta— si reuniera los arrestos suficientes para practicar la escritura automática.

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