Caligrafía del Diablo 1

Sin embargo, el verdadero «boom» del fenómeno se produjo en los Estados Unidos, corriendo el año 1874, cuando un hasta entonces desconocido dio a la imprenta el final de una obra que la Parca no permitió acabar a Carlos Dickens. Una hemorragia cerebral acabó súbitamente con la vida de este gran escritor inglés el 8 de julio de 1870, cuando sus ilusorios afanes terrenales estaban dirigidos a la redacción de su novela «El misterio de Edwin Drood». Es muy posible que este infatigable creador no lamentara tanto morirse como hacerlo sin dejar concluida su última obra.

Crear después de morir

Dos años más tarde, un obrero no demasiado cualificado, T. R James, empieza a recibir extraños mensajes que hacia la Navidad de 1872 se hacen insistentemente frecuentes. El buen hombre vive en un lugar de tan infame fonética como Brattleboro, en el Estado de Vermont, un lugar al que suponemos provinciano y aburrido a más no poder, lo bastante al menos para que el señor James ceda a las persistentes indicaciones que recibe no se sabe de dónde y se ponga a escribir, en estado de semitrance, largas y para éi incomprensibles parrafadas.

Sin embargo, James es lo bastante inteligente para comprender que está captando la continuación de una novela, y a ello se entrega totalmente hasta que la escritura se concluye en julio de 1873.

Si somos capaces de acercarnos a este hecho extraordinario sin prejuicios, no nos quedará más remedio que sorprendernos profundamente. Como se sorprendieron los críticos literarios y los especialistas en Dickens a! !eer ei manuscrito de! honrado y anónimo trabajador. Estos especialistas constataron que la línea de pensamiento, el estilo y hasta las faltas de ortografía —que ya es afinar— correspondían perfectamente a las características dickenianas…

Por supuesto, la escritura automática se convierte en una moda que hace furor; y algunos escritores de primera fila se dejan seducir por sus encantos. Citaremos a dos: Osear Wilde, que recurre con frecuencia a este método, y William Blake, el gran poeta visionario, quien en el prefacio de su obra «Jerusalén» confiesa que este trabajo le ha sido «dictado», incluso a su pesar y sin que durante la redacción del mismo haya tenido tiempo de reflexionar.

Otra curiosidad más: John Newbroug recurre en 1881 a un método completamente nuevo de escritura automática al utilizar por primera vez la máquina de escribir, recién inventada. Sale así a la luz pública un título con resonancias teosóficas muy propias de la época, «Oasspe, una nueva Biblia».

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