Sociedades secretas y culturas arcaicas

En las culturas tradicionales por excelencia, constatamos que las sectas secretas, caracterizadas por una profunda huella esotérica, aunque con un papel que las hace inquietantes y misteriosas, se sitúan en la sociedad con posiciones funcionales muy precisas.
Tanto si se trata de los hombres leopardo como de la sociedad secreta Gelede entre los %ruba, la función de estos grupos es mantener en equilibrio la tradición defendiendo sus raíces culturales. En la práctica, un papel «elevado» que, generalmente, alienta a todo grupo esotérico.
En las culturas a menudo designadas como «primitivas», las sociedades secretas hacían reinar el respeto y el miedo: en África y en Oceanía, en particular, se limitaban casi siempre a los hombres y eran depositarías de determinados privilegios fundamentales, que se negaban a los demás miembros de la sociedad.
En África, las sociedades secretas predominaban en el Sudán occidental, en particular en los territorios comprendidos entre Sierra Leona y Ghana, y entre Nigeria y Camerún.
En general, dos tipologías caracterizaban a estas sociedades: el libre acceso de todos los miembros de un grupo o el acceso limitado.
El primer grupo englobaba las sociedades en que la admisión era permitida a todos los hombres, pero sólo después de haber sido sometidos a la iniciación. Todos los hombres adultos (estado reconocido después de las pruebas iniciáticas) podían formar parte de la sociedad secreta y, por consiguiente, compartir el papel que les garantizaba el conocimiento de las prácticas religiosas, mágicas y médicas. Asimismo, podían esculpir las efigies de los ídolos y los antepasados. La parte esotérica de los conocimientos no podía ser transmitida a los miembros exteriores a la sociedad, que, de hecho, sólo tenían la posibilidad de observar su vertiente exotérica durante los ritos colectivos.
Todavía hoy, el lugar de encuentro es la «casa de los hombres», rigurosamente cerrada a los demás miembros de la sociedad: no está permitido a nadie acercarse y, en el pasado, quien infringía esta regla sufría severos castigos, incluso podía ser condenado a muerte.
Las sociedades secretas exclusivas, en cambio, acogían únicamente a individuos que, tras la fase determinante de iniciación necesaria para acceder a la categoría de adultos, debían soportar pruebas difíciles antes de poder acceder progresivamente a los conocimientos de los que el grupo era depositario.
En el pasado este tipo de sociedades secretas masculinas estaban muy extendidas por África central. En la actualidad sobreviven en la región occidental de la Melanesia, en Oceanía. Sus conocimientos esotéricos no se limitan a la religión, sino que, ante todo, están destinados a permitir que antiguos saberes no pasen a manos de toda la colectividad.
En muchos casos, estos grupos fundamentan su legitimidad en mitos de creación y fundación, que, por consiguiente, los ponen en relación directa con la divinidad. De este modo, su autoridad adquiere un poder notable y les confiere el derecho a asumir el papel de jueces.
En el pasado, utilizando disfraces y máscaras, los miembros de las sociedades secretas operaban según sus propias leyes, interviniendo en disputas interétnicas, en la administración de los bienes colectivos, y concediéndose el derecho de castigar a los individuos considerados culpables de infracciones y crímenes.
Las sociedades secretas femeninas eran poco habituales; había algunos grupos activos en Sierra Leona, pero al estar prohibido el acceso a los hombres, incluso a los antropólogos occidentales, su actividad es desconocida. En general, los miembros de estos grupos se ocupaban de la asistencia a mujeres que debían dar a luz y presidían los ritos.
El poder jurídico siempre ha estado en manos de los hombres. Por ejemplo, los miembros de la sociedad Njembe de los mpongwe de Gabón afirman poseer el conocimiento mágico que permite desenmascarar a los culpables de un delito. Entre los yoruba, en Nigeria, también había sociedades secretas que poseían esta particularidad: en algunos casos, en el pasado, los grupos instauraban un régimen terrorista que los llevaba a golpear sin distinción, empleando máscaras para ocultar su identidad. La Sociedad de los Oro, una de las más antiguas, junto con las de los yoruba, se atribuyó el poder de controlar las acciones de los soberanos.
Se encargaba de guardar los secretos de la tradición y, además, tenía el derecho de pronunciar sentencias de muerte y ejecutarlas.
Entre las prácticas efectuadas contra las brujas por las culturas arcaicas, hallamos las de la sociedad secreta africana Gelede, que, una vez al año, escenifica un singular espectáculo en el que se representa la revuelta de las brujas, que, al final, son vencidas y destruidas.
Naturalmente, los grupos secretos que operan en las culturas tradicionales son muchos y muy diversos, por lo que existe una gran cantidad de ritos, prácticas y valores sociales y culturales.
Estas sociedades tienen en común su posición «alternativa» con relación a la comunidad: sus miembros son respetados, a menudo temidos y vistos como privilegiados.
La complejidad del fenómeno ha sido subrayada por Evans-Pritchard, que ha demostrado el papel determinante de los grupos poseedores de secretos y conocimientos en las sociedades en que suelen estar ausentes los instrumentos para combatir el mal de ojo, los conflictos sociales y las fracturas. La intervención del exterior, casi siempre relacionada con lo sobrenatural, permite efectuar así un control de la colectividad redimensionando las angustias de los individuos que proceden del ámbito de la magia.

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