Paracelso y la «magia» de la creación

esoterismo

Supuesto retrato de Paracelso

En el contexto de los temas abordados, creemos que es necesario profundizar en la obra de un personaje que intentó recoger las particularidades de la naturaleza en el lenguaje, no sólo simbólico, de la alquimia. Nos referimos al filósofo y médico Theophrastus Bombastus von Hohenheim, conocido como Paracelso, o como le gustaba hacerse llamar: Philippus Aureolus Teophrastus Paracelsus.
Paracelso nació en Einsiedeln, Suiza, el 10 de noviembre de 1493. Fue mago —en la acepción más amplia e iluminada de la palabra—, pero un mago, bajo determinados aspectos, anunciador del método científico. Su concepto de poder mágico tomaba a Dios como punto de referencia: sólo imitando las obras divinas podía el hombre alcanzar la perfección.
El hombre puede obtener del fiat divino —el magma a partir del cual se forma la materia original constituida de tres elementos básicos: el azufre (el principio combustible), la sal (el principio volátil) y el mercurio (el principio de resistencia al fuego)— la energía para conocer la verdad, y poseer el poder energético, bien expresado en el motivo de la «quintaesencia», que representa la clave para descifrar los mayores secretos.
Asimismo, el estudio de la medicina que realizó Paracelso se basaba en la teología, la filosofía, la astronomía y la alquimia, y lo llevó a cabo mediante métodos un poco «alternativos», profundamente vinculados al hermetismo y siempre condicionados por el simbolismo. Naturalmente, todos estos métodos de análisis, realmente poco ortodoxos, le valieron al sabio mucho odio por parte de sus contemporáneos académicos y de los depositarios del saber científico.
Paracelso murió el 23 de septiembre de 1541 en Salzburgo. En el cementerio de San Sebastián, sobre su tumba, se puede leer un epitafio que atestigua una última vez la particularidad del personaje:
Anno MDXLI die XXIII septembris, vitam cum morte mutavit.
El tema de la mutación aparece como una constante en la vida de Paracelso: se dice que era capaz de devolver la vida a los muertos y de curar todo tipo de enfermedades, pero también se fabulaba en torno a su supuesta facultad de cambiar el sexo a las criaturas vivas.
El examen de sus restos contribuyó a alimentar estas fantasías, ya objeto de estudio y de conjeturas en el pasado. Y es que al analizar el esqueleto del investigador suizo, algunos sabios creyeron hallarse ante un ser hermafrodita.
Según el análisis antropológico realizado mediante monitorización, los restos pertenecen a un hombre de unos cincuenta años y un metro sesenta de altura. El examen químico, además, reveló una notable presencia de mercurio en los tejidos: se trata de un dato muy importante, puesto que se sabe que Paracelso, como alquimista, trabajó con este metal. Cabe añadir que no hay nada en el esqueleto que indique que murió de forma violenta. La conformación del cráneo es típicamente femenina, con fisuras poco acentuadas de las órbitas, arcus super-ciliaris poco desarrollado y abombamiento iridiano; la pelvis también es típicamente femenina. En la práctica, se combinan todos los elementos para hacernos pensar en una especie de androginia y, por tanto, de hermafroditismo. Además, la vida de este gran pensador, que viajó mucho, autor de numerosos estudios, está repleta de misterios, y se narra en tono de leyenda; todo ello hace difícil cualquier tipo de descodificación de su difícil biografía.
Más allá de las causas de su muerte, que las recientes indicaciones necrológicas parecen atribuir a razones naturales —envenenamiento involuntario por ingesta de cantidades excesivas de mercurio—, parece que al final de su vida Paracelso había encargado a un alumno que rociara su cadáver con un polvo misterioso. El adepto habría respetado las indicaciones del maestro y, transcurridos nueve meses, apareció un embrión entre los restos… Otro misterio que la investigación tendrá que aclarar.
«Paracelso era una mujer». Aunque este titular de un periódico austríaco pueda parecer excesivo, debemos constatar que hechos de este tipo consiguen aumentar el aura mágica creada en torno al personaje y su mito.
Será la ciencia oficial la encargada de descifrar este último secreto, interpretando la ciencia que Paracelso, entre sombras, luces y posicionamientos contra eminencias, «estafadores y plaga de Dios», defendió hasta el fin, en busca siempre del bien y de la verdad. Siguiendo esta ética, naturalmente, había muchos enemigos a los que, sin embargo, consiguió burlar hasta que vitam cum morte mutavit…

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