Música y francmasonería

No cabe ninguna duda: el binomio música-masonería es una de las relaciones más características de las prerrogativas del esoterismo.
Sabemos que ya en el origen de la denominada francmasonería moderna (Londres, 1717), la música tuvo un papel importante, en especial como «base» de determinadas actividades y ritos.
Además, la música fue el soporte de los coros entonados por los masones; en general, los instrumentos privilegiados eran los de viento (clarinetes, trompas, fagots), y el órgano no se utilizaba, debido a su relación con la música religiosa.
Los ejemplos más antiguos de música masónica se remontan a 1723. Son cuatro himnos oficialmente inscritos en las Constitutions of the Freemasons; a partir de ahí tomaron forma muchísimas otras experiencias musicales, a menudo producidas por las diferentes logias.
En la mayoría de los casos, estas obras eran muy sencillas y estaban constituidas por frases y versos masónicos adaptados a aires y motivos ya conocidos. En algunas ocasiones las músicas eran elegidas porque se consideraban esotéricas y, por tanto, caracterizadas por símbolos masónicos ocultos para la mayoría de los hombres, identificables sólo para los iniciados. Entran en este grupo obras como Zoroastro y Las Indias galantes de Jean-Philippe Rameau (1683-1764) o la Lucile de André Modeste Gréty (1741-1813). Más tarde se reconocieron símbolos masónicos también en La Marsellesa.
Más allá del aspecto eminentemente ritual, cabe señalar que la música tuvo una función importante en los horizontes masónicos; y es que numerosas logias se convirtieron en promotoras de conciertos públicos.
El interés radicaba, por un lado, en ofrecer una ayuda a los compositores menos conocidos y, por otro, en que las sociedades filarmónicas podían ser una tapadera útil para las propias logias.
Algunas logias se dedicaron a encargar músicas ad hoc, a músicos conocidos e importantes. Recordemos las once sinfonías (de la 82 a la 92) de Joseph Haydn (1732-1809), compuestas para la Logia Olímpica de París, y los seis cuartetos de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). En general, sin embargo, se trataba de músicas encargadas por la francmasonería que no guardaban ninguna relación directa con el lenguaje simbólico de la sociedad esotérica.
El caso de las obras destinadas al público de los iniciados es distinto, puesto que poseen contenidos evidentes y alusiones masónicas. El ejemplo más emblemático es La flauta mágica de Mozart, de la que volveremos a hablar con detalle.
En cuanto experiencia de una cultura esotérica negada a los no iniciados, no conocemos qué particularidades eran necesarias para transformar la música en algo propiamente masónico. Quizás en la mayoría de los casos este contenido concernía a los textos; algunos especialistas señalan, además, la posibilidad de que estas músicas hubieran sido marcadas por una secuencia métrica particular.
Algunas obras fueron inscritas en la tradición masónica en virtud de la pertenencia del autor a una logia. Ese fue el caso de la Música fúnebre masónica de Mozart, que no debía relacionarse con la muerte física, sino considerarse una alegoría del adepto iniciado en los secretos masónicos. La obra de Haydn también puede inscribirse aquí, así como Los elementos y Lecciones de tinieblas de J. F. Rebel (1666-1747).
El cuarteto K. 465 de Mozart está relacionado con el simbolismo masónico. Al ser un «hermano» de la logia vienesa, «A la beneficencia», quizá Mozart escribió algunas obras con la voluntad real de atribuirles connotaciones mediante símbolos esotéricos.
Algunos ejemplos que indican un comportamiento así son La alegría masónica (K. 471), El viaje del compañero (K. 468) y la Pequeña cantata masónica (K. 623). Mozart, que llegó al tercer grado de la jerarquía en la logia, inició en la masonería a Léopold y Haydn.
Y encontramos a muchísimos otros músicos entre sus miembros. Recordemos, por ejemplo, a los siguientes: C. W Gluck (1714-1787), J. S. Bach (1732-1795), F. Geminiani (1687-1762), G. B. Viotti (1755-1824) y A. Salieri (1750-1825).
De este último, citaremos una obra, Tarare (escrita en el libreto de Pierre-Austin Carón de Beaumarchais y representada en la Opera de París el 8 de junio de 1787), considerada por los expertos rica en símbolos masónicos. Quizá Beethoven también estuviera afiliado a la francmasonería: sin duda existen algunas alusiones esotéricas en Fidelio o en la 9.a Sinfonía. La última sinfonía fue encargada por la Philarmonic Society de Londres, detrás de la cual se ocultaba una poderosa logia que obraba en la clandestinidad porque en aquella época, en Alemania y Austria, la masonería no estaba bien vista. El famoso Himno a la alegría, con música de Beethoven y texto de Schiller, a menudo es designado como la «banda original» masónica de los años en que Beethoven colaboró estrechamente con algunas logias, si bien carecemos de elementos sólidos para certificar que perteneciese a ninguna.
La música, por tanto, desempeñó una función importante en la tradición masónica: «Los hermanos la observaban con una atención particular como la materia en que parecían concretarse los ideales de universalidad y de unión de los espíritus perseguidos por la Orden».