Los samurais

A través de la poesía de Akira Kurosawa, una gran parte de europeos ha podido aproximarse a la compleja y misteriosa experiencia de los samurais, término que deriva del japonés samura («estar al servicio de»).
El código de estos individuos ha hallado una descripción poética en las obras y en la vida del escritor Yukio Mishima.
Los samurais son la expresión de la clase guerrera en la que el arte del combate se combina con una importante serie de reglas atávicas, una parte de las cuales se basa en conocimientos esotéricos reservados exclusivamente al combatiente.
Según la versión más divulgada, los samurais vieron la luz en 1192: ese año, el emperador confirió al guerrero Minamoto ho Yoritomo el título de seutaishogun, es decir, «alto general enviado para someter a los bárbaros». Más tarde, el término fue abreviado como shogun. Las victorias de Minamoto le garantizaron una importante cuota de poder y autonomía, lo cual determinó el nacimiento de una tradición feudal, con un ejército propio constituido por hombres seleccionados: los samurais.
La estructura de gobierno japonés, basada en una jerarquía rígida, fue mantenida hasta 1853, cuando los americanos determinaron la caída de los feudos y abrieron las puertas de Japón al modernismo occidental. Cuando, con la restauración imperial, fueron restablecidas las tradiciones y las reglas anteriores, ya no había espacio para los samurais en un nuevo mundo en el que aparecían como anacrónicos e inútiles.
Los samurais utilizaban un código de comportamiento que se transmitía primero oralmente y luego fue transcrito, hasta asumir una forma definitiva en el Bushido, «Vía de los samurais». Se trata de una obra compleja con claras influencias del sintoísmo, el confucionismo, el taoísmo y el budismo. Una suma de comportamientos en los que las reglas de combate se combinan con las morales y religiosas.
El Bushido pedía a los guerreros el respeto de estos valores fundamentales basados en los principios más elevados del hombre de honor, consciente de la necesidad de vivir en función de su propia realización interior y del amor por sus semejantes.
Antes de comenzar su recorrido, el samurai debía expresar cuatro votos fundamentales:
— respetar siempre el Bushido;
— poder ser útil al soberano;
— cultivar la piedad filial hacia los padres;
— autorre alizar se de cara al bienestar de los demás.
Los samurais debían basar su comportamiento, ante todo, en la tradición, sabiendo que esta procede del conocimiento del que son depositarios los antepasados. El Bushido indica lo siguiente al respecto:

Aprendemos los dichos y las acciones de los antiguos para remitirnos a su sabiduría, y para impedir que se imponga el egoísmo. Si abandonamos nuestros prejuicios, nos referimos a los dichos de los antiguos y consultamos a nuestro prójimo, no sufriremos ninguna contrariedad ni nos expondremos a las quejas.
El samurai no teme a la muerte, porque cree en la reencarnación de la fe budista. La idea de la muerte acompaña constantemente a este guerrero, en la búsqueda continua de símbolos esotéricos que puedan indicar el recorrido que debe seguir en la Tierra.
La idea esencial para el samurai es la de la muerte. Frente al espíritu, esta idea debe estar presente día y noche, noche y día, desde el alba del primer día hasta el último minuto del último día del año. El samurai debe considerar cada día de su vida como si fuera el último.
Esto es lo que escribía, en el siglo XVTI, el guerrero Daidoji Yran. En estas palabras podemos percibir el comportamiento mental del samurai con relación a la existencia, siempre vinculada a la certeza de vivir muy cerca de la muerte.
La capacidad del samurai para «estar más allá» procede de la gran autodisciplina que, desde su infancia, ha aprendido a respetar. La resistencia al calor y al frío, al hambre, a la sed y, sobre todo, al dolor constituye el patrimonio principal de esta casta de guerreros, dispuestos a inmolarse si se sienten culpables por haber fracasado en su misión o por haber faltado a los principios de la ética guerrera. El gesto extremo está constituido por el suicidio ritual denominado seppu-ku, que en Occidente se conoce también con el nombre de haraquiri y consiste en abrirse el vientre según un ritual complicado y severo.
El simbolismo de las armas desempeña un papel muy importante y tiene su expresión más elevada en la espada tradicional (katana). También encontramos el arco (daikqu), la lanza recta (yari) o la curvada (naginata) y la armadura (yoroi), con un yelmo sobre el que reina el emblema familiar.
Forjar la catana constituía una operación en la que el dominio técnico y la ritualidad se unían de forma indisociable; además, el herrero que daba forma al arma era depositario de conocimientos reservados a unos pocos escogidos. Y es que tenía la extraordinaria capacidad de dar a la espada un aura que la hacía única, dotada de un poder fuera de lo común, destinado a expresar su fuerza en osmosis con el samurai.
El guerrero que ha dejado una huella más profunda en la cultura occidental ha sido Miyamoto Musaski (1584-1645). Su vida puede leerse en El libro de los cinco anillos, manual de estrategia del propio Miyamoto, y en Musaki, novela de Ei-ji Yoshikawa. Estos textos, en particular el primero, se transforman en una especie de recorrido iniciático en que los principales valores de los samurais constituyen los puntos cardinales de una existencia fiel al sogún y vivida en el respeto de las reglas, morales y militares, que convierten la casta de los guerreros en una categoría propia en el universo esotérico japonés.