Los francmasones

Gracias a una investigación efectuada hace unos años por el sociólogo Morris Ghezzi, sabemos que la información sobre la francmasonería es casi exclusivamente periodística. Sólo un dos por ciento de las personas interrogadas la consideran «una asociación libre con objetivos benéficos»; casi el cuarenta por ciento la ven como «un lobby de poder», y el veintisiete por ciento, como una «secta secreta». Los orígenes de la francmasonería son bastante vagos: para algunos se remonta a los tiempos del rey Salomón, cuando este colaboró con Hiram, considerado el padre espiritual de los francmasones, en la construcción del templo de Jerusalén.
Otros creen que hay que buscar el origen de esta asociación en los rituales secretos de los caballeros de la Orden del Temple o en los de la Rosacruz. En el estado actual de las investigaciones, es más razonable vincular el origen de la franc
masonería a las corporaciones profesionales medievales y, en particular, a las que están relacionadas con la arquitectura sagrada.
Hay eruditos que consideran a los maestros escultores y arquitectos de los siglos XII y XIII los primeros en haber conferido un valor esotérico a su trabajo. Este tipo de posicionamiento se revelaría, en particular, en el lenguaje simbólico que caracteriza las catedrales, pero, una vez más, la historia se mezcla con la leyenda. Sin duda, hay determinados elementos de verdad en la tradición que une la francmasonería a las corporaciones de constructores, y una prueba de ello es la etimología. El término masón proviene del francés magon, «albañil», y este, a su vez, del latín medieval machio, «tallador de piedra».
La francmasonería es una sociedad iniciática que busca el perfeccionamiento y la elevación del hombre sin distinción de lengua, etnia, religión o ideología política. Sus valores fundadores son la libertad, la tolerancia, la fraternidad y la trascendencia (creencia en una entidad superior definida como «Gran Arquitecto del Universo»). La francmasonería está estructurada en logias, término que hace referencia a la antigua sede de las corporaciones, es decir, la cabana situada cerca del edificio en construcción en el que se aprendía y se perfeccionaba el arte. Las herramientas del arquitecto y del masón, como símbolos de construcción efectiva del progreso universal, constituyen los signos emblemáticos del francmasón: escuadra, compás, llana, plomada, etc. Sus matrices culturales se remontan a la sabiduría egipcia y al esoterismo (hebreo, cristiano, griego, romano) de la Antigüedad.
Como la francmasonería sigue una vía iniciática, está estructurada en grados y símbolos, para permitir la transmisión de valores y conocimientos útiles para el perfeccionamiento espiritual gradual del individuo.
La iniciación puede definirse conceptualmente como una búsqueda del sentido de la vida y del mundo, que el ser humano puede desear emprender para hallar su vía espiritual. El secreto masónico no debería afectar más que a los aspectos íntimos de esta búsqueda y seguramente también a los aspectos asociativos que deben ser conformes a las leyes de los países de origen.
La formación del iniciado tiene lugar en el desarrollo de tres momentos de vida interior que corresponden a los tres grados masónicos tradicionales:
— voluntad: aprendiz;
— intuición: compañero;
— conciencia: maestro.
En la Edad Media, la masonería, gracias a sus finalidades prácticas y a su composición, era denominada «operativa», por estar formada básicamente por constructores.
En la época moderna —ya en la segunda mitad del siglo XVT— cuando su función empezó a agotarse, las logias se dedicaron a acoger en su seno a intelectuales, librepensadores, hombres de cultura que no practicaban la masonería pero que fueron denominados «masones aceptables». Con el tiempo, representaron la mayoría de la composición de las logias y, al final, se convirtieron en su componente principal: se trata de la «masonería especulativa».
El 24 de junio de 1717, día dedicado al nacimiento de San Juan Bautista, en Londres, se reunieron cuatro logias y dieron vida a la Gran Logia de Londres, que luego pasó a ser la Gran Logia Unida de Inglaterra. Había empezado la francmasonería moderna. En Italia, la primera logia apareció en Florencia hacia el año 1733.
La Iglesia católica rechazó de inmediato la francmasonería: Clemente XII, en 1738, y León XIII, en 1884, expresaron en dos encíclicas diferentes su condena. Del Concilio Vaticano II (1962) a 1983, el magisterio pontificio dejó de citar la francmasonería. En 1983, el nuevo Código de Derecho canónico no menciona la francmasonería, lo cual es interpretado como una abolición de la excomunión. En realidad, el 26 de noviembre de 1983, una declaración de la Congregación Sagrada para la Doctrina de la Fe confirma que la inscripción en asociaciones masónicas sigue estando prohibida.
El 23 de febrero de 1985, un artículo del Osservatore romano señala que el método masónico sigue siendo incompatible con la fe católica, puesto que se basa en una concepción simbólica relativista absolutamente inaceptable para un cristiano.
Ni siquiera en el marco sumario de nuestras reflexiones podemos olvidar algunos aspectos de la estructura organizadora de la francmasonería que pueden parecer bastante confusos. En realidad, al no existir el derecho exclusivo de utilizar el término masonería y, aún menos, poder ser registrado en el tribunal, existen muchas organizaciones denominadas masónicas que se desea oficializar o constituir. Por tanto, un problema persiste: el de la «regulación masónica». Esto afecta a dos acepciones del término: una regulación de origen y una regulación de comportamiento.
Para la historia, hay que decir que una gran logia puede estar constituida por tres logias regularmente constituidas o mediante acta de una gran logia regular. La Gran Logia Unida de Inglaterra, fortalecida por su prioridad exclusiva, se ha autoproclamado desde siempre «obediencia madre», es decir, única depositaría de la autoridad masónica capaz de reconocer a las demás obediencias.
Esta posición fue contestada por el Gran Oriente de Francia, que reúne al noventa por ciento de los masones franceses, y por otras obediencias de Europa. Así fue como se formaron dos corrientes: la dogmática, que se declara de tradición inglesa, y la liberal, que se inspira en la tradición francesa, que, por otra parte, abolió la creencia en el Ser supremo.
Todas las obediencias europeas, que no se reconocen sin la tradición inglesa, están reunidas desde 1996 en el seno de la AML (Asociación de Masonerías Liberales), que ha reemplazado a la asociación análoga anterior de 1971, llamada CLIPSAS (Centro de Enlace y de Información de las Potencias masónicas Firmantes del Llamamiento de Estrasburgo).
Además de la regulación de origen, existe una regulación de comportamiento masónico que cada obediencia debe respetar. Está codificada en los principios de los «antiguos deberes» (old charges), de los reglamentos que se remontan al periodo «operativo», contenidos en unos ciento veinticinco manuscritos masónicos. Entre los más importantes tenemos el Poema Regius de 1390, el Manuscrít Cooke de 1410 y los Landmarks, principios formalizados oficialmente por la Gran Logia Unida de Inglaterra en 1929.
Existen todavía 7.800 logias en Inglaterra y en el País de Gales, que engloban a 350.000 asociados (un hombre inglés de cada treinta es francmasón, y en Escocia la cifra llega a uno de cada veinte). En Estados Unidos había, en la década de 1990, 16.000 logias con 3.300.000 inscritos. En suma, la francmasonería anglosajona representa aproximadamente el noventa y cinco por ciento de la masonería mundial.
En Italia, las instituciones masónicas principales son el Gran Oriente de Italia (GOI), llamada Obediencia de Palazzo Giustiniani (con unos 15.000 inscritos), con sede actualmente en Roma, en Villa Médicis, y la Gran Logia de Italia, denominada Obediencia de Piazza del Gesú, surgida de una escisión del GOI en 1908 a causa de una votación parlamentaria sobre las lecciones de catecismo en las escuelas, y con sede en Roma, en el Palazzo Vitelleschi. En Italia no existe en la actualidad ninguna obediencia reconocida por la Gran Logia de Inglaterra. Podemos decir que la francmasonería italiana, después de haber sido implicada en 1980 en el escándalo de la logia Propaganda 2 (P 2), reconstruye con dificultades su propia credibilidad. Esta logia fue fundada en 1877 con el fin de desarrollar una actividad de proselitismo para con prestigiosas personas de la sociedad. En la década de 1970, esta logia se desvió de los principios institucionales bajo el mandato de Licio Gelli, que la convirtió en una logia «cubierta» (secreta) y la implicó en diferentes «asuntos» políticos oscuros (el caso Sindona, el supuesto «golpe burgués», etc.). Fue objeto de un expediente parlamentario que duró diez años, pero no comportó ninguna condena de sus afiliados.
En España la masonería moderna ha vivido diversas suertes: escasa presencia en el siglo XVIII, implantación de una masonería bonapartista a raíz de la invasión francesa, represión durante el reinado de Fernando VII, resurgimiento a partir de 1868 y prohibición desde 1937. Tras la muerte de Franco se sucedieron los intentos por reconstruir la masonería. En el panorama actual conviven logias y obediencias diversas: Gran Logia de España y Gran Logia Simbólica, de obediencia exclusivamente española, junto a la Federación Española del Derecho Humano y Gran Oriente de Francia, de obediencia internacional.
Las bases de la francmasonería nunca han sido puestas en duda por los secesionistas y siguen existiendo en la actualidad. Son las siguientes:
— creencia en una entidad superior, que no corresponde necesariamente al Dios cristiano y que es denominada Gran Arquitecto del Universo;
— en una logia hay tres luces (maestro venerable, primer vigilante y segundo vigilante) que corresponden a los tres símbolos fundamentales: el libro (habitualmente la Biblia, pero no en todos los ritos), la escuadra y el compás;
— fe inquebrantable en la inmortalidad del alma;
— presencia de, al menos, siete miembros, necesaria para la fundación de una logia;
— presencia en el templo de dos columnas, el candelabro de siete ramas, el triángulo con el ojo de Dios y otros símbolos inmutables.
Tras una lenta y compleja evolución, la masonería pasa de la dimensión típica de la corporación a la de sociedad de pensamiento, conservando determinados símbolos fundamentales (mandil, llana, compás y escuadra) y manteniendo como unidad de base la logia, término cuya raíz se remonta al sánscrito loka («universo») o al griego logos («palabra»).
La francmasonería conserva, de las primeras corporaciones medievales, los tres grados de la jerarquía: aprendiz, compañero y maestro. Las ceremonias masónicas más importantes se desarrollan en el templo, constituido por una estructura caracterizada por toda una serie de elementos simbólicos que subrayan la dimensión esotérica que flota sobre la ritualidad de los «hermanos masones».
La francmasonería tradicional permite una participación exclusivamente masculina, mientras que otras asociaciones, como la Gran Logia de Italia, aceptan a las mujeres entre sus adeptos.
Cuando se forma parte de la francmasonería, ya no es posible salir de ella; sin embargo, es posible «adormecerse», es decir, dejar de participar en las distintas actividades.