Los espacios «sagrados»

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Monte Kilimanjaro

La arquitectura religiosa, tanto si se trata de construcciones simples como de megalitos o conjuntos más articulados, como el santuario de Angkor, en Camboya, constituye una parte importante del culto. Y, sin embargo, dicha presencia podría ser una paradoja, puesto que la práctica de la religión no requiere ninguna estructura arquitectónica para conferir sentido a su propio credo. En efecto, una gran parte de las religiones pueden desarrollar sus celebraciones en ámbitos que no están necesariamente relacionados con la práctica exclusiva del culto. A pesar de ello, todas las religiones han experimentado la necesidad de poseer edificios dedicados al culto, en los que prevalece la referencia a la idea de hogar. Para los judíos, es el heit Elohim («casa de Dios»); en los hinduistas domina el de-valaya («residencia de Dios»); incluso el templo de los japoneses puede ser traducido por «casa»; el monte Kilimanjaro, entre Kenia y Tanzania, es designado por los masáis como «casa de Dios».

El templo, que, con motivo del lugar preeminente que ocupa, se convierte en lugar de encuentro (por ejemplo, domus ecclesiae, o sinagoga, que deriva del griego sunagogé, «reunión»), contiene a menudo determinados símbolos en los que se manifiesta la presencia divina; el ejemplo más notable es el del arca de la alianza.
El templo asume esotéricamente la función alegórica de la vinculación de los hombres con la divinidad. Así, el zigurat babilónico es «la casa de unión entre el cielo y la tierra»; la Kaaba de La Meca es el axis mundi de la cosmología islámica; el pináculo del stupa budista es designado como una especie de lugar de paso y de elemento de contacto entre la dimensión humana y la dimensión divina.

Por muy simple y arcaica que pueda ser la religión, el templo, con su estructura, se convierte en el lugar en el que Dios y los hombres se aproximan. Sin embargo, ante todo es el espacio donde lo divino ha dejado señales. Estas señales pueden ser tangibles y se designan como «pruebas»: por ejemplo, la piedra negra, conservada en la Kaaba, o rastros invisibles, como el agujero en la roca creado por el ángel del Señor en la gruta de Patmos, donde San Juan recibió el Apocalipsis. No obstante, se trata sobre todo de indicios esotéricos que fascinan a los especialistas. Así entran en juego los decorados, la orientación, las alegorías por las que sólo el iniciado descubre un itinerario salpicado por el lenguaje de los símbolos.
Y es que, reforzando su interpretación con la autoridad del Nuevo Testamento, los esoteristas subrayan que «el Altísimo no vive en las edificaciones creadas por la mano del hombre» (Hechos de los Apóstoles 7, 48).

Además, existen testimonios e indicios que dan un sentido histórico a la presencia de Dios en el interior del templo. Los más populares son las reliquias y los signos: por ejemplo, la huella del pie de Visnú en el templo de Hardwar en la India, la de San Pedro en Roma o la de Gautama en el monte Adán, en Sri Lanka. Sin embargo, también hay rastros más complejos, como la decoración de las fachadas, los capiteles, las esculturas, todo un patrimonio de símbolos que sólo algunos expertos afirman saber interpretar confiriéndoles la naturaleza de una especie de libro de piedra.

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