Los chamanes del fuego

El estudio de los hogares permite reconstruir numerosos aspectos de la vida del hombre prehistórico, recreando sus actividades: las que afectan a la organización de la vida cotidiana, como la alimentación, y otras, artesanales, vinculadas al trabajo de la cerámica, por ejemplo.
El fuego, en efecto, fue el protagonista de otra gran revolución cultural: permitió modelar la materia y solidificarla, dándole las formas deseadas. Junto a la cerámica, los metales hallaron en el fuego el empuje energético necesario para convertirse en herramientas, armas y objetos de culto. Gracias a ello, los herreros empezaron a ocupar, poco a poco, un lugar culturalmente importante; llegaron a estar envueltos de un aura sagrada y esotérica.
Por ejemplo, entre los fan, una tribu de África occidental, el jefe es brujo y herrero, porque se cree que este oficio es sagrado y sólo un jefe posee la autoridad necesaria para ejercerlo. En países del norte de África, las ancianas y los Filósofos herméticos y un alquimista trabajando herreros tienen en común la posiilidad de desempeñar la función de portavoces del grupo y gozar de competencias superiores en el ámbito de la magia y los ritos menores.
Herreros y chamanes del pasado forjaron la imagen del alquimista, conocedor de los secretos de la materia y capaz de explotar estas mismas energías naturales que el común de los mortales sólo podía recibir.
Poseer el fuego, en las diferentes tradiciones mitológicas y religiosas, es como poseer un bien divino, un patrimonio reservado únicamente a quienes cuentan con una morada en los cielos. Y este bien ha podido llegar a estar entre los hombres sólo por la voluntad de los dioses, como homenaje, o porque les ha sido robado…
En este sentido, es emblemática la historia de Prometeo. Este personaje, famoso por haber robado el fuego a Zeus, era culpable de una grave transgresión: construir estatuas casi perfectas. Compitiendo con la divinidad, quiso, partiendo de la arcilla, crear vida, según un método que pertenecía exclusivamente a los dioses. Sin embargo, para permitir la transmutación de la materia, se necesitaba una chispa de fuego (según la concepción griega, el ser humano estaba compuesto de tierra y fuego). Y así fue como se le ocurrió la ambiciosa idea de robar el fuego a Zeus. El padre de los dioses, enojado por la afrenta que se le había causado, ordenó a Hefestos, el herrero de los dioses, que fabricara una cadena indestructible. Con ella Prometeo fue encadenado a una montaña del Cáucaso, donde un ave rapaz (águila o buitre, según las diferentes versiones) le despedazaba el hígado, que, sin embargo, volvía a formarse indefinidamente. El fuego regresó así al Olimpo, pero, como sabemos, los hombres, de una manera u otra, consiguieron apropiárselo…
La dimensión esotérica del fuego se expresa partiendo de la figura del herrero y del chamán, que «fueron señores del fuego, al igual que los alquimistas, y todos, ayudando a la obra de la naturaleza, aceleraron el ritmo temporal y acabaron por sustituir el Tiempo». Así se riza el rizo. El antiguo mito del herrero chamán se mezcla con el más intelectual del alquimista. La decadencia, ya en el universo de la mitología, ha sido nutrida, sobre todo, por la presión cristiana satanizadora, que ha visto en la herrería pagana el arquetipo del infierno y que le ha atribuido los modelos y las imágenes típicas de la tradición apócrifa y apocalíptica.
El aura negativa que acompaña a los herreros se remonta a una tradición muy antigua: en el Génesis, Tubalcaín es un maestro herrero, «instructor para todo amolador de cobre y de hierro», descendiente de Caín (Génesis 4, 22) y, por tanto, perteneciente a un linaje maldito y esclavo del mal. Además, G. L. Beccaria destaca que el nombre de Caín «en las lenguas semitas significa herrero». En el Nuevo Testamento, San Pablo hace alusión a un calderero «confiado a Satanas», con el nombre de Alejandro (Primera epístola a Timoteo 1, 20; Segunda epístola a Timoteo 4, 14); tal vez la combinación entre la profesión de pescador y su vínculo con el demonio sea fortuita, pero se inscribe de igual modo en la prolongación de una tradición extendida y no limitada a un área geográfica exigua. En la cultura cristiana occidental, el comportamiento de sospecha, desconfianza o incluso de miedo con relación a los herreros conllevaba secuelas al avivar el terror al diablo y desembocaba en un combate permanente contra toda forma superviviente de paganismo. Así pues, los herreros eran considerados igual que brujos aislados; vivían al margen de la sociedad, en los bosques, en las carboneras, y dominaban las fuerzas terribles y secretas del hierro y del fuego; siempre estaban en contacto con las visceras de la madre tierra y, cuando forjaban armas —instrumentos de muerte—, murmuraban todavía los antiguos carmina. Estos, por supuesto, eran excepciones aisladas: no es casualidad que su oficio e incluso su aspecto exterior, el hollín en su rostro, sus toscas ropas, fueran adoptados como herencia por el folclore europeo de los enanos y los demonios.
Entre los aspectos que pueden ser designados como señales de alteridad del herrero, encontramos su sociedad esotérica, acompasada por los ritos de iniciación, en la que se aprenden los secretos del arte de la forja (lugar que se presta a expresar el símbolo del laboratorio alquímico) que no deben ser desvelados.
En la forja, cuya sacralidad se establece por la presencia del fuego en particular, tiene lugar la transformación de la materia, que del estadio inferior adquiere una forma definida, cargándose de atributos mágicos, cuando el autor de la transmutación es una divinidad o un semidiós.
Consideramos que la pérdida del valor sagrado que se atribuía al herrero puede estar determinada por la evolución de la tecnología y por su difusión más allá de las fronteras del grupo limitado y definido por el deseo divino. En efecto, representaciones religiosas y capacidades técnicas están en un principio en estrecho contacto, aun si el progreso de la técnica acaba por alejarlo del mundo religioso y representa un obstáculo para el descubrimiento retrospectivo de este contacto primitivo, es decir, con la desacralización.
El uso del hierro se extendió en Europa alrededor del siglo VII a. de C. La consecuencia fue que a los pueblos instalados en zonas ricas en minerales de hierro les resultó mucho más fácil desarrollar la metalurgia ampliando conocimientos que aumentaban sus posibilidades de éxito en el terreno de la guerra.
Entre los celtas, cuya técnica metalúrgica está muy bien documentada gracias a las excavaciones arqueológicas, los herreros gozaban de una excelente reputación. Sólo un hombre libre podía ejercer dicha profesión; cuando moría se ponían sus utensilios junto a su cuerpo en la tumba, como se acostumbraba a hacer con las armas del guerrero. Su arte era secreto y estaba estrechamente vinculado a los conocimientos de los druidas.
La sacralidad del trabajo de los metales fue enfocada en parte hacia la espada: en esta arma, en su forma y su manejabilidad, se concretaba el antiguo saber de los herreros, y en algunos casos esta arma poseía incluso poderes mágicos. La mitología es abundante en espadas divinas forjadas por los dioses, los gnomos o los demonios, destinadas a unos héroes que encarnaban las esperanzas de los pueblos guerreros conscientes de que el arma representaba una especie de hiero-fanía divina. La fuerza atávica primordial se halla comprimida entre la hoja y la guarnición, acomodándose así al emblema de la cruz, lo cual le conferiría luego una fisonomía que se inscribía en el mecanismo de lo sagrado. La guarnición, que recoge las reliquias de los santos, es el nuevo imprimátur para el héroe cristiano, combatiente y mártir, defensor del Verbo gracias al arma divina. La forja se convierte en el infierno, la espada es confiada a los arcángeles y el fuego creador se transforma en el emblema del castigo.
El eco del trabajo de los antiguos herreros es cada vez menos claro, y los depositarios salvajes de los secretos de Hefestos y Vulcano se hunden cada vez más profundamente en las visceras de la tierra entre el fuego y el hollín, «a las puertas del infierno».