Los berserks

Los primeros datos sobre los berserks, «guerreros salvajes», de la tradición nórdica provienen de las sagas escandinavas, muy abundantes en creencias en la transformación del hombre en animal feroz. En la saga irlandesa de los Volsung (siglo XIII, aunque tal vez anterior) y en la de los Egill, se describe claramente la transformación de hombres en lobos mediante un catalizador mágico constituido por la piel del animal.
En la tradición de los berserks, una gran parte de los rituales de origen germánico, típicos de la ideología de numerosos pueblos indoeuropeos, se centraban en el simbolismo del disfraz a base de pelos de animales (oso o lobo). Con el revestimiento de la piel ritual se determinaba un cambio radical del comportamiento que permitía a los adeptos vivir según unas reglas totalmente contrarias a las del grupo civil. La piel llevada por el combatiente se convertía así en una forma de transformarse en animal salvaje para adquirir, en virtud de las potencialidades mágicas inherentes al médium, la energía bestial del animal encarnado.
Las características principales de los berserks, las que se traslucen, en todo caso, con mayor claridad en las fuentes de que disponemos, consistían en la certeza que tenían de haberse transformado en animal, en la exaltación, a menudo en el éxtasis, y siempre en una violencia desenfrenada.
En la mitología y en las narraciones que hacen referencia a las transformaciones de hombres en animales, vestirse con la piel del animal equivale a menudo a provocar la transformación. De ahí deriva la hipótesis, a veces exacta, según la cual los mitos de metamorfosis podrían haber sido provocados por determinadas interpretaciones de comportamientos rituales y de culto (sobre todo, cazadores y pastores), durante los cuales, los operantes, llevando pieles de animales, son identificados con estos mismos animales. Por citar algunos ejemplos, según Bonifacio de Maguncia (siglo VIII a. de C.), los germanos se transformaban en lobos cuando llevaban pieles de lobo, o un cinturón de piel humana. Así, en la antigua tradición latina, los Hirpi Sorani, probablemente sacerdotes del monte Soratte, aparecían como «lobos de Soratte», con relación a una leyenda según la cual asumían las pieles y los comportamientos de los lobos para liberar a su país de las miasmas que quedaban después de que manadas de lobos asaltaran los altares de sacrificios de Dis Pater (el rey de los muertos) y se hubieran llevado trozos de carne. En China, en el ritual de expulsión anual (no) de los demonios, los exorcistas (fang-siang shi) se disfrazaban con pieles de oso y celebraban una danza de los osos para atemorizar a los espectros. Uno de los poderes que se atribuía a estos operantes rituales y a los brujos de este tipo era la capacidad de asumir la apariencia de los animales cuya piel llevaban.
Según la tradición, uno se convertía en berserk tras llevar a cabo un rito iniciático basado en pruebas de carácter eminentemente guerrero. Por ejemplo, Tácito dice que entre los chatti, que estaban en condiciones de entrar en la secta esotérica de los berserks, uno no podía afeitarse la barba ni el cabello antes de haber matado a un enemigo. Además entre los Taifa, el joven debía matar un jabalí o un oso, mientras que entre los Heruli debía participar en un combate sin armas a su disposición. Con estas pruebas, el adepto aspirante podía apropiarse de la forma de ser de un animal salvaje: se convertía en un guerrero temible en la medida en que se comportaba como una fiera. Se transformaba así en superhombre al haber conseguido asimilar el poder mágico-religioso que compartía con los propios carnívoros.
Recordemos, además, que la transformación simbólica en lobo desempeñaba también un papel importante en los ritos iniciáticos de determinados grupos indígenas de América del Norte, en que la mutación daba un sentido a las reglas tribales de la sociedad y, al mismo tiempo, contribuía a la búsqueda de una identidad por parte del futuro iniciado.
Una parte de la tradición nórdica fue absorbida por otras regiones y se divulgó entre las poblaciones de guerreros y cazadores, entre cuyos cultos y símbolos pudo encontrar una resonancia.
El caso de los dacios, llamados «lobos», quizá sea el ejemplo que mejor nos permita descubrir las huellas evidentes de la penetración del mito en las leyendas sobre el origen de una etnia:
El hecho de que un pueblo deba su apelación étnica al nombre de un animal siempre ha tenido un significado religioso. Más exactamente, este hecho sólo se puede comprender como expresión de una concepción religiosa arcaica. En el caso que nos ocupa, podemos
plantearnos varias hipótesis. En primer lugar, podemos suponer que el pueblo saca su nombre de un dios o de un antepasado mítico licomorfos o que se han manifestado bajo la forma de un lobo. En Asia central existe, en distintas variantes, el mito de la unión entre un lobo sobrenatural y una princesa, unión que dio nacimiento a un pueblo o a una dinastía.
El concepto de transformación en animal, aunque no sólo en esto, tal vez sea el tema más recurrente dentro de las sectas esotéricas de las civilizaciones arcaicas. Y es que la metamorfosis fue objeto de discusión desde la Antigüedad; no obstante, fue en la Edad Media cuando esta improbable fenomenología se relacionó con las prácticas demoniacas. Había en ello un sustrato folclórico formado por seres mixtos, híbridos, que estaban llenos de mirabilia, pero, sobre todo, de superstitiones y de sortilegia, que con su maravilloso contenido proponían experiencias fuera de la realidad. Experiencias en las que a menudo Dios era considerado en el mismo nivel que las divinidades paganas.
Según Santo Tomás, la animalidad estaba vinculada al pecado: quienes se entregaban al mal eran homines animales (Epístola I). La metamorfosis, por tanto, no era física, sino moral; cuando la persona repudiaba su estado superior para seguir al diablo se convertía en animal. Por consiguiente, pensar que una persona podía transformarse físicamente en animal era como reconocer el abandono de su estado de gracia para seguir un camino dominado por el diablo.
San Agustín observaba:
Estos hechos (la transformación en animal) son falsos o bien tan extraordinarios que hacemos bien en no creer en ellos. Sin embargo, lo que hay que creer muy firmemente es que Dios todopoderoso puede hacer todo lo que quiera, ya sea para castigar, ya sea para ayudar a la persona; y que los demonios, estas criaturas angelicales pero pervertidas por un vicio voluntario, no pueden ejecutar nada por el poder de su naturaleza, salvo lo que permite Dios, de quien muchos juicios son ocultos, pero ninguno de ellos es injusto. Sin duda, los demonios no crean en absoluto naturalezas realizando prodigios como de los que es cuestión; pero transforman en su apariencia las que Dios ha creado, de manera que parezcan ser lo que no son. Por ello no acepto en absoluto que los artificios o el poder de los demonios puedan realmente metamorfosear el alma, ¿qué digo?, ni siquiera el cuerpo del ser humano en miembros y figuras de animales. Lo que yo creo es que el fantasma del hombre, que en el pensamiento o el sueño se transforma según la infinita diversidad de los objetos y, aunque incorpórea, reviste con una sorprendente rapidez formas parecidas a las de los cuerpos, una vez los sentidos corporales relajados o inhibidos, puede ser ofrecido, desconozco cómo, a los sentidos de otros bajo una forma corporal. Por consiguiente, si el propio cuerpo de la persona yace en algún lugar, vivo sin duda, pero en un bloqueo de los sentidos más vigoroso y más acentuado que en el sueño, este fantasma se mostrará a los sentidos de otros como incorporado a alguna figura de animal, y el propio hombre podrá creerse tal como aparece, como en la ilusión de un sueño.
La creencia en la metamorfosis es, en cualquier caso, muy antigua y común a varios pueblos; una transformación así estaba considerada un efecto de magia, pero, a veces, podía ser el indicador de una infracción contra la divinidad.