Los «misterios» de los elementos naturales 1

videncia

Representación de la tierra y de la bóveda celeste según la interpretación propuesta por la religión egipcia

Tierra
La tierra es el cuerpo de la gran madre. Da a luz a todos los seres y todos los seres regresan a ella. En el mundo hindú, es prakrit, la sustancia universal recién separada de las aguas. Fecunda por naturaleza, crea espontáneamente los minerales, los metales y los manantiales de agua; si es trabajada por el ser humano, la tierra virgen se abre al surco del arado y se convierte en portadora de semillas, que, a su vez, producirán los alimentos para sustentar a las criaturas.
En numerosas civilizaciones, está estrechamente vinculada y a menudo se superpone al seno materno. Job (2, 21) sostiene: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él». Es el mismo concepto que encontramos en la mitología griega cuando, por ejemplo, Esquilo afirma: «Da vida a todos los seres, los alimenta, y luego recibe de ellos de nuevo la fecunda semilla» (Las coéforas). Gaia, la tierra, dio primero a luz a los dioses, luego a los seres humanos y, por último, a los animales y las plantas.
En algunas tribus africanas, cuando una mujer se da cuenta de que está embarazada, come tierra, y son las mujeres embarazadas quienes tienen la función de sembrar para que las cosechas sean mejores.
Los druidas enseñaban a implicar la tierra en los juramentos: de esta manera, se convertía en garante de las intenciones humanas.
En la relación compleja que desde el origen de los tiempos une al ser humano con la tierra, la piedra siempre ha estado presente. Se trata de un elemento en el que, sin duda, se encuentra un aura velada de sacralidad. Además, la materia lí-tica está dominada por una profunda tradición esotérica. Todo lenguaje religioso ha necesitado la piedra como material «eterno», signo concreto capaz de atestiguar la inmortalidad de la materia primordial: expresión antropológica simbólica de la relación entre lo terrenal y lo divino. La piedra entendida de este modo se convierte en omphalos, centro focal del contacto entre el ser humano y la divinidad, lugar privilegiado para la plegaria y el contacto con el ser supremo.
Son múltiples los ejemplos extraídos de todas las religiones: no hay más que citar el sueño simbólico de Jacob, aquel en el que la piedra es, de hecho, un elemento necesario para la comunicación con Dios a través de la visión onírica (Génesis 28, 11-13).
Fuego
El fuego ocupa un lugar importante en nuestro imaginario: su patrimonio simbólico está profundamente arraigado en cada uno de nosotros, procedente de recuerdos ancestrales que han dado forma a un lenguaje simbólico que nunca se ha apagado. Este elemento fundamental empezó a formar parte de la cultura del hombre hace unos cuatrocientos mil años, cuando la criatura más evolucionada aprendió a utilizarlo, a controlarlo, atribuyéndole un papel predominante hasta sacralizarlo. El dominio del fuego es una capacidad exclusiva del ser humano, lo cual determinó el fundamental salto cualitativo realizado por los homínidos anteriores al Homo sapiens con relación a sus lejanos parientes de cuatro patas. Salto que estableció un foso difícil de llenar que se convertiría en el signo incontestable del mecanismo de la evolución.
El fuego ha tenido enormes repercusiones en el ámbito de la cultura humana. Gracias al fuego, la agricultura y la ganadería se desarrollaron notablemente, porque también gracias a su utilización el ser humano empezó a sedentarizarse, pasando del estadio de simple colector improvisado al de auténtico cultivador.
Asimismo, el fuego permitió a los primeros artistas del Paleolítico dedicarse a la decoración de algunas cavernas, realizando obras que hoy son designadas por los arqueólogos como auténticas «capillas sixtinas de la prehistoria», en las que aparecen representados los mitos, las prácticas diarias y, tal vez, también los aspectos sagrados del Homo sapiens y sapiens sapiens.

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