Las cofradías del Libre Espíritu

esoterismo

El jardín de las delicias (detalle)

Muchos de los conocimientos y las leyendas que circulan sobre el grupo esotérico que responde al nombre de Libre Espíritu nos han llegado gracias al artista holandés El Bosco, uno de los miembros más singulares de la pintura esotérica.
Según algunos expertos, al parecer El Bosco fue un adepto al Libre Espíritu, una secta misteriosa que probablemente practicaba ritos sexuales y cuyas historias han provocado numerosas fabulaciones y suposiciones a cuál más fantástica.
Aunque no existen pruebas del vínculo entre El Bosco y este grupo, algunos especialistas han subrayado la solidez de una unión así, descubriendo en ello una de las principales razones que condujeron al pintor a realizar elecciones simbólicas que alcanzaron la apoteosis en El jardín de las delicias (1503-1504), tríptico conservado en el Museo del Prado de Madrid. Wilhelm Fraenger fue uno de los que sostuvieron la supuesta relación del artista con la secta; en su ensayo The millennium of Hieronymus Bosch (Chicago, 1951), considera el tríptico como una especie de manifiesto simbólico del grupo esotérico.
En realidad, las tesis de Fraenger no son más que parcialmente aceptables, ya que muchas de las interpretaciones propuestas también pueden ser aplicadas a contextos más amplios que el que se limita a los adeptos del Libre Espíritu. En realidad, no conocemos mucho sobre esta secta. Sus miembros también eran llamados Homines Intelligentiae o adamitas, a causa de la desnudez que caracterizaba sus ceremonias. Suponemos que deseaban recuperar la inocencia primitiva con una serie de prácticas basadas principalmente en la promiscuidad y el sexo, reflejo de una libertad total, en recuerdo de la anarquía atávica adámica. Los adeptos habrían buscado así, siguiendo un itinerario ritual misterioso, el amor espiritual y sensual expresado metafóricamente en la figura hermafrodita obtenida por la unión entre Adán y Eva.
Es posible que la creencia en la restauración universal del Libre Espíritu fuese incomprendida hasta tal punto que se convirtió en objeto de acusaciones virulentas y de evoluciones imprecisas a menudo desconectadas de la realidad.
Hoy quedan fuentes fragmentarias y, sobre todo, el inquietante Jardín de las delicias, dominado por una desnudez en que el combate eterno entre el bien y el mal no está en absoluto solucionado, sino que reaparece, de forma muy lúcida, en una espiral de símbolos sin fin.
Sin embargo, la «regla anunciada» se había iniciado ya antes incluso de que El Bosco entrara en la secta del Libre Espíritu. Aegidius Cantor confirmó esta hipótesis. Este laico dirigía, con su hermano Willen van Hildernissen, los Homines Intelligentiae de Bruselas. Tal vez este reinado fuera pintado por El Bosco casi un siglo después de las visiones heréticas de Cantor: «Soy [Cantor] el redentor de la humanidad, y a través de mí los hombres verán a Cristo, como ven a Cristo a través del Padre». El conocimiento de un solo hombre, de un iluminado, quizás había hallado en El Bosco la posibilidad de extenderse sin el uso de la palabra, por medio únicamente de la imagen, que, transfigurando el rito oscuro y misterioso en la espiral dialéctica de la pintura, describía a los adeptos las luces y las sombras del reino milenario.
Así pues, hay dos posibilidades: o El Bosco pintó el tríptico siguiendo las órdenes de alguien que conocía las bases teóricas de la secta y su sublimación en el magma del símbolo (¿un gran maestro?), o bien el pintor mismo ocupó entre los adamitas un puesto importante. Sólo nuevas investigaciones podrán resolver el dilema.