La montaña, arquetipo de la ascensión

videncia

Alegoría de la montaña según el simbolismo alquímico

Las características físicas, los mitos y las tradiciones religiosas han convertido a las montañas en lugares sagrados, presencias determinantes en culturas muy diversas.
Aventurarse por la montaña siempre ha representado una empresa rica en implicaciones místico-esotéricas, relacionadas con la ascensión y, a menudo, narradas mediante símbolos fuertemente arraigados en la mitología. Sin duda, el carácter sagrado que emana de la montaña fue percibido ya por el hombre en el alba de la civilización, de tal forma que la criatura evolucionada vistió las cumbres con sus divinidades y sus espíritus, aun cuando estas figuras no estaban bien definidas, cuando todavía carecían de una definición precisa en el terreno antropológico.
La montaña ha sido transformada así en una especie de tierra del medio, una separación entre el mundo de los hombres y el espacio de los dioses y los seres superiores a los mortales. Por tanto, el recorrido ascensional que caracteriza a la montaña puede ser entendido como un laberinto vertical que resulta indispensable atravesar para alcanzar un nivel más elevado. Este tema de la elevación halla una respuesta precisa en la arquitectura religiosa. Del menhir a la pirámide, del zigurat al stupa, pasando por los campanarios de nuestras iglesias, en todos ellos se manifiesta el deseo de crear una estructura que pueda convertirse en una especie de «vínculo» entre el cielo y la tierra, y que prolonga claramente una tradición iconográfica que no presenta ningún debilitamiento simbólico, sino que mantiene tal como es su propia profundidad atávica.
Así pues, podemos constatar que el arquetipo de ascensión se revela ya en los comportamientos religiosos de la prehistoria y, luego, se consolida en la realidad cultural del hombre mediante múltiples connotaciones que oscilan entre religión y superstición, entre leyenda e historia.
Los testimonios arqueológicos relativos a los periodos durante los cuales los últimos glaciares habían empezado a deshacerse, abriendo nuevos espacios de conquista hacia las cumbres, confirman que el hombre del Neolítico y sobre todo, más tarde, el de la era de los metales necesitaba honrar a este dios que habitaba en las zonas inaccesibles de la montaña. Mientras el ser humano está todavía ocupado elaborando una especie de lenguaje cultural para entrar en contacto con las divinidades, maestros absolutos de la naturaleza y de sus numerosas fuerzas, muchos grabados rupestres y otros documentos (pequeños aglomerados líticos, restos de cultos, etc.) atestiguan una frecuentación asidua de las laderas de las montañas.
Todas las civilizaciones han divinizado una o varias montañas y las han personificado de manera particularmente significativa en el interior de la religiosidad local. Desde los Montes Albanos, en cuya cumbre se yergue un templo dedicado a Júpiter, hasta el célebre Olimpo, desde el Parnaso hasta el Helicón, cadena montañosa griega considerada el hogar de las musas, las montañas clásicas son muy conocidas, porque han sido ampliamente descritas en la tradición mitológica, convertida luego en modelo para muchas culturas.
Las religiones orientales también han hallado en el relieve montañoso un elemento sólido para subrayar la importancia de la ascensión como hecho iniciático: no hay más que pensar en Meru, de la tradición védico-brahmánica, morada de los dioses, identificada con el Kailas (6.700 m), en el Tibet occidental; o en el Kun Lun, del cual, según la leyenda, descendió el primer emperador.
En general, el tema dominante de las mitologías construidas alrededor de la montaña es el de la ascensión, el arduo viaje hacia la cima. La ascensión se ha convertido en un requisito para obtener poderes extraordinarios, buscar tesoros ocultos o conquistar lo que normalmente está prohibido al ser humano. En la montaña, por tanto, hay «recompensas» para quienes han encontrado la fuerza para superar a sus semejantes (fuerza que puede ser natural o bien obtenida con la contribución de los dioses o de otras criaturas señoras de la magia), que entran así en el espacio de los inmortales, de los superiores. Sin embargo, entre este espacio y el mundo de los seres humanos existen obstáculos naturales (geomorfologia del entorno exagerada por la tradición oral) o criaturas míticas que se interponen. La montaña es también, por tanto, una especie de filtro, un lugar que impone la sumisión a unas reglas ineludibles si se desea avanzar hacia la cumbre.
La montaña, en el fondo, es otro mundo, un universo todavía desconocido en el que el espacio y el tiempo alteran sus relaciones para crear una atmósfera en la que realidad e imaginación se aproximan de forma increíble.

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